“Crónicas en la ciudad de Mancera” es una serie de vivencias contadas a partir de los recorridos que hacen los reporteros de REVOLUCIÓN TRESPUNTOCERO por la capital del país. Lo que ven es lo mismo que viven millones de capitalinos gobernados por un hombre a quien la popularidad se le escapa de las manos.
En esta primera entrega, Valentina Pérez recorre el Metro y vive la hazaña que significa reponer o comprar una tarjeta de acceso. Una ventana al deterioro del transporte público.
(14 de octubre, 2013).- Es un sonido que crispa, de alerta, una indicación clara de que no podrás pasar. El guardia se da cuenta, la persona que seguía en la fila hace cara de enfado: la tarjeta para entrar al Metro está dañada o no tiene saldo. Se prende una luz roja, miras la fila para recargarla o comprar boletos, está larguísima. Suspiras. Pierdes tu turno en el torniquete y te formas. No hay otra opción.
Es imposible que la tarjeta no tenga saldo. Hace dos días la recargaste con 20 viajes equivalentes a 60 pesos mexicanos. Después de 25 minutos llegas a la ventanilla, la señora habla irremediablemente por teléfono y de manera mecánica reparte: uno, dos boletos y el cambio. Tapa el articular para preguntar. Ni hace contacto visual ni responde; pasa la tarjeta por el lector. Se repite el ruido.
“No sirve”, dice mientras vuelve a tapar la bocina del teléfono. “Tiene que ir al Metro Chabacano”. Está cerca, es la línea café-verde-azul, tomará otros 20 minutos. Los pendientes no apremian y te preguntas ¿por qué no solucionar esto hoy?
El Metro tarda. Es época de lluvia y los trenes disminuyen la velocidad para evitar accidentes. No hay modo de inyectarle prisa a la humedad tibia que se concentra en el vagón mientras esperas. Llegas a la estación Chabacano.
Derecha, derecha. Unas escaleras eléctricas, un local de pizza, segundas escaleras, el pasillo: la ventanilla está cerrada, son las 3:30 pm y quien lo atendía partió desde hace hora y media. Comprendes que desde que saliste tenías la batalla perdida.

Quizá no la guerra.
Un anuncio dice que en el Metro Juárez cierran a las 5pm. Calculas: tomará máximo 40 minutos. Hay esperanza de que la tarjeta sirva al final del día.
***
“Saliendo a la derecha, lo solucionan en el primer piso”, dice lacónico el guardia del torniquete. Te recibe otro guardia, volteas a mirar donde te indica: no hay nadie. No ha habido nadie desde la una de la tarde en que se dañó el sistema. Alguien llega detrás, agita la tarjeta. Descubres que tiene el mismo problema. El guardia repite “está cerrado”.

La otra mujer se va con resignación aprendida. Con la expresión en la cara que tienen todos los defraudados por la burocracia. La certeza de que quien te atienda seguro no hará nada, te mandará con otro y con otro hasta que decidas perder los diez pesos que te costó la tarjeta más el dinero con que la habías cargado.
Persistes. El guardia te dice que quizá se desmagnetizó. Optas por seguir los pasos de la señora y regresar al Metro. Dar por perdida la inversión. Comprar otra.
La taquilla te recibe con la sorpresa: no hay tarjetas.

Recuerdas que tampoco había en la primera estación. Regresas al segundo guardia, quieres poner una queja. En el segundo piso a la derecha está el cubículo de quejas y sugerencias. Te quieres quejar, que alguien te escuche, que te solucione.
Está cerrado. No hay nadie. Nadie.

Alguien aparece del baño y te enseña un formato de queja. Un señor aparece detrás del cubículo, le enseñas tu tarjeta y te dice: aquí no es, su tarjeta no la compró en el Metro. Aparentemente es del Tren Ligero. ¿Tren ligero? Sabes que es imposible. Nunca has tomado ese transporte.
El señor admite que pasa. Estuvieron vendiendo tarjetas que no correspondían en los distintos puntos. Si eres alguno de esos usuarios te jodes, debes ir a lugares que no frecuentas, que nunca has ido, por una respuesta que puede tardar hasta 20 días hábiles. En este punto la decisión de la señora parece más sensata. Irse, valorar el tiempo, perder el dinero.
Van a dar las cinco de la tarde, el sistema no ha vuelto y todo el mundo quiere irse a casa. El señor de la ventanilla sigue explicando “habrá un nuevo proveedor” por eso sólo hay tarjetas disponibles en la Línea 12 –porque no recibe boletos- y el sistema se cae continuamente.

Decides que quieres una nueva tarjeta. La necesitas. Pierdes la batalla en las oficinas. Respiras, la Línea 12 te queda a 8 estaciones.
Repasas lo increíble: sólo en la Línea Dorada venden tarjetas. En el resto de las once es una misión imposible conseguir una; es decir, en 175 estaciones no hay plásticos, sólo papel que se moja, se atasca, descompone torniquetes cuando se le dobla una esquinita. Ciento setenta y cinco estaciones desabastecidas de modernidad, que obligan a filas largas en horas pico.
Vas a la taquilla, quieres asegurarte que la tarjeta que te vendan en el Metro sea del Metro. Y la señorita te da un nuevo modelo, te dice que con esa ya no pasará. Es nueva. Le crees. Quizá en quince días se repita. Vuelvas a las oficinas y decidas perder 10 pesos más. Ya son 20.
A pesar de esto, quieren encarecer la entrada al Metro.

