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El delito de pensar diferente y usar bata blanca

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(15 de octubre, 2013).- Se llama Julio y estudia medicina. Lo reconozco en cada foro, en cada encuentro de comunidades indígenas, en Ciudad Universitaria o en el transporte público con su impecable bata blanca.
En alguna ocasión, mi estómago se volteaba en mi contra y Julio, con su gran paciencia, me invitó a tomar un té y me vigiló el resto de la tarde. Ese es el Julio al que el Gobierno del Distrito Federal llama con adjetivos tan variados que van desde vándalo, pasando por anarquista y concluyen en peligro de la sociedad.
He tenido la fortuna de conocer a un hombre con estetoscopio al cuello, preocupado honestamente por la situación que aqueja al país. 
También tuve el infortunio de leer las noticias hace unos días y ver el nombre de Julio en una lista de incitadores a la violencia, de “anarquistas” peligrosos que habría que detener a la brevedad para que la paz reinara la capital.
Me he indignado y solidarizado con Julio, pero sobre todo, me he precupado por el rumbo de esta capital que ve en sus avenidas, en sus plazas, el regreso del dinosaurio. 
Reproduzco la carta publicada por Julio en el medio Subversiones, esperando que la indignación y preocupación se extienda en el horizonte:
 

Mi nombre es Julio Pisanty Alatorre. Soy médico, y actualmente estoy por terminar el Internado Médico de Pregrado en un hospital público en la Ciudad de México. El día viernes, mientras revisaba a una mujer embarazada, me habló un amigo para informarme que, al parecer, soy uno de los once “anarquistas” más peligrosos de la ciudad. Así, por lo menos, dice un artículo publicado en el periódico Reforma, y replicado en otros medios, supuestamente basado en un informe realizado por el gobierno del Distrito Federal.

La noticia me tomó por sorpresa. No pude más que preguntarme: ¿será que sí soy peligroso? Evidentemente, es falso que mi “peligrosidad” radique en mi “grado de violencia y participación constante en las manifestaciones que terminan en actos vandálicos” (como dice el afamado diario). Lo que de mí se dice –salvo que estudio en la Facultad de Medicina– es pura y llana mentira. El absurdo se hace tanto más evidente cuanto que la dinámica actual de mi formación profesional no me permite “la participación constante en las manifestaciones”

Surge, entonces, una nueva duda: ¿por qué soy peligroso?

¿Será que soy peligroso por pensar que otra forma de hacer medicina no sólo tiene que ser posible, sino que es necesaria y urgente? ¿será que soy peligroso por pensar que algo no anda bien cuando veo gente abandonar mi hospital “público” por no tener el dinero para pagar tratamientos que les salvarían la vida, y a esto se le llama “alta voluntaria”? ¿será que soy peligroso por expresar constantemente la postura de que las enfermedades que padece la gente son producto de una estructura social injusta? ¿será, tal vez, que soy peligroso por afirmar que un sistema que se basa en el trabajo de médicos en formación con jornadas de más de 32 horas sin dormir no puede ser lo mejor para el público? ¿será que soy peligroso por pensar y expresar que una reforma que pasa la factura de los gastos en las escuelas a los padres de familia no puede ser llamada reforma educativa? ¿por creer que, como médico, es mi deber oponerme a una guerra absurda que ha sembrado mi país de muertos que tenían mi edad? ¿por participar en un movimiento que puso el dedo sobre la manipulación mediática, esa misma de la que ahora soy víctima? ¿será que lo peligroso es que somos muchas y muchos los que pensamos así?

A mi parecer, lo que de mí dice este “informe”, y la forma en que algunos medios lo han replicado, muestra el maniqueísmo con el que actúa, en este caso, el gobierno del Distrito Federal. Muestra también la falsedad de sus supuestas investigaciones, que buscan presentar explicaciones simplistas sin molestarse en acercarse aunque sea un poco a la realidad. El GDF y los medios hoy buscan construir personajes linchables, en lugar de mirar a la marginación y la desigualdad en el origen de la situación actual. Mi caso, creo, desenmascara su farsa: ¿un médico que aún cree en el humanismo, que hace teatro, que intenta ser congruente en la clínica y la calle, es el radical peligro que invocan cuando intentan regular las manifestaciones públicas?

Como médico, y como habitante de esta tierra entre el Bravo y el Suchiate, veo con gran preocupación el rumbo autoritario en que camina el país. Hoy me tocó vivir un ejemplo, quizá menor en comparación con los golpeados, los muertos y desaparecidos, de este autoritarismo que deja clara la necesidad de, como sociedad, ponerle un alto.

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