Camp Mystic, Texas, huele a tierra revuelta y miedo. Hoy solo queda lodo, escombros y padres caminando con fotos en la mano, buscando un milagro entre colchones empapados.
El río Guadalupe, que alguna vez fue postal de verano, se tragó en una noche casas de piedra, cabañas de madera y hasta la vida de 14 niños y 18 adultos que no volvieron a casa. En total, ya son 32 muertos confirmados por la crecida brutal de un afluente que se volvió bestia desatada tras las lluvias.
La zona es un campo de batalla natural: autos dados vuelta como latas vacías, paredes arrancadas, árboles arrancados de raíz. En Kerrville y Kent, pueblos vecinos, la fuerza del agua tumbó cercas, gasolineras y hasta calles enteras. Los vecinos, incrédulos, miran al río convertido en monstruo.
“Esto pasa cada cien años”, dice Gerardo Martínez, restaurantero que ahora ve pasar drones y helicópteros donde antes servía café caliente. “Pero uno nunca cree que le toque”.
Mientras tanto, los equipos de rescate siguen peinando Camp Mystic. Hay padres que ya recibieron la noticia que nadie quiere escuchar. Otros, caminan mojados de pies a cabeza, colgados de una última esperanza.
Autoridades declararon que al rededor de 850 personas han sido rescatadas, algunas incluso por vía aérea, con ayuda de helicópteros.
Texas continúa con la realidad de que la naturaleza no avisa y que en un abrir y cerrar de ojos, un campamento de verano puede volverse tragedia.
Y así, entre llantos, bulldozers y drones, la cifra sube.


