Crónicas en la ciudad de Mancera: mandar en una ciudad sitiada

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Antonio Jiménez y Oswaldo Varillas / @hvioleta3_0 y @Rebelion3_0

“Crónicas en la ciudad de Mancera” es una serie de vivencias contadas a partir de los recorridos que hacen los reporteros de REVOLUCIÓN TRESPUNTOCERO por la capital del país. Lo que ven es lo mismo que viven millones de capitalinos gobernados por un hombre a quien la popularidad se le escapa de las manos.

En esta quinta y última entrega, Antonio Jiménez y Oswaldo Varillas caminan una ciudad irreconocible. La urbe emblemática de la izquierda en México, amurallada, tomada por la policía con el consentimiento del policía Mancera.

(18 de octubre, 2013).- Las vallas están encadenadas, imposibles de penetrar. Detrás de las rejas, un convoy militar se abre paso entre un aséptico corral de acopio. Los cascos y los escudos descansan, los granaderos tienen tiempo para conversar. Lucen tranquilos. Por ahora no hay peligro: los barbaros están controlados, han sido desplazados. La acechanza es siempre exterior y los salvajes vienen de afuera, son exteriores.

Es preciso, entonces, levantar las murallas.

Es necesario en una ciudad que amuralla policialmente sus calles, sus avenidas, su cultura. Hoy Oswaldo y yo ocupamos el Zócalo y acompañamos a la clase magisterial disidente en un intento por apropiarse de este espacio que pertenece a la ciudadanía. Nosotros estamos dentro; la maquinaria estatal yace fuera.

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Es 13 de Septiembre de 2013 y el Gobierno Federal, en colaboración con el gobierno capitalino que encabeza Miguel Ángel Mancera, ha dado un ultimátum: cuando el reloj alcance las 16:00 horas, las fuerzas del Estado desalojarán a los disidentes que sigan en pie.

El maestro Eliel Román López de la región de Miahuatlán, sección XXII, está apostado en la barricada que ha improvisado la Coordinadora Nacional de Trabajadores de la Educación (CNTE) en la calle 5 de Mayo. Nos dice que en Oaxaca, durante la batalla magisterial del 2006 que casi logró derrocar al gobernador priista Ulises Ruíz, era más fácil crear el humo blanco con hogueras para despistar al enemigo que apuntaba desde sus helicópteros.

Pero aquí, recuerda el profesor, solo hay asfalto, así que hay que buscar otros medios.

Nunca pensaron que, en la ciudad emblemática de los gobiernos progresistas en el país, Eliel y sus colegas tendrían también que pelear por sus vidas contra la represión.

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Junto a los maestros, Oswaldo y yo vemos la irreverente constitución de una popular máquina de guerra: con palos y tubos, barricadas y hogueras se afirma una resistencia que no recula, que hace frente a los helicópteros Blackhawk que la Policía Federal utiliza para terminar de destruir lo que queda del campamento magisterial. El aparato de Estado intensifica su violencia.

Hay una guerra difusa que se afirma progresivamente. Una guerra que bien podría llamarse de los Iguales contra los Desiguales. Una batalla por el mantenimiento de las distancias y los privilegios, por el mantenimiento de la distinción. Esta guerra es, pues, una guerra de destrucción del espacio público para convertirlo en monopolio de unos cuantos individuos privados.

La ciudad vibra con el ritmo de un mapa movedizo, una cartografía en continua construcción, una geografía que pulsa con la arritmia de las convulsiones políticas que promueve un gobierno refugiado en desmedidos dispositivos de control.

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Los dos superponemos mapas fechados: 1 de diciembre, 10 de junio, 13 de septiembre, 2 de octubre. Un palimpsesto hace de las calles de la Ciudad de México un continuo flujo de desafíos para la libre manifestación, el libre tránsito y la libre exigencia de nuestros derechos.

La libertad de recordar y conmemorar es hostigada, encapsulada, toleteada, pateada, detenida.

Mientras escuchamos el discurso de toma de protesta de Miguel Ángel Mancera, el 5 de diciembre del 2012 en la Asamblea Legislativa del Distrito Federal, otros datos, acaso contradictorios, se anuncian en las palabras del  ahora Jefe de Gobierno:

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“Nuestra ciudad es cuna de los grandes ideales de libertad, justicia social, paz, democracia y soberanía.

 “La grandeza de nuestra capital (1DMX) radica en la fortaleza (106 personas fueron detenidas a partir de 22 declaraciones falsas  de policías) y vigor de nuestros pueblos. (5172 efectivos y 195 vehículos -información de la Recomendación7/2013 de la Comisión de Derechos Humanos del DF -más policías federales).

“Mi gobierno será (13SMX) un gobierno humanista (31 detenidos), veraz, honrado, transparente, democrático y unido al  pueblo (3 mil 600 agentes federales, según información de la Comisión Nacional de Seguridad más policías capitalinos, tanquetas y blackhawks).

“Los jóvenes (2 de octubre) constituyen una de las principales prioridades (102 detenciones arbitrarias, 22 reporteros agredidos) del gobierno progresista (7 mil policías, mil 700 federales y 5 mil 300 policías capitalinos, apoyados con 151 vehículos, incluidos cuatro helicópteros y 45 ambulancias, de acuerdo con la Secretaría de Seguridad Pública del DF)”.

Hasta aquí las citas. Los datos y las fechas interrumpen la transparencia del discurso oficial.

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En el Monumento a la Revolución le mostramos al profesor de Tuxtepec, Sección XII, Víctor Manuel Hernández nuestro artesanal palimpsesto: las citas del Doctor Mancera intervenidas por los datos arrojados durante la actividad del gobierno del DF le parecen interesantes.

Sí sabe leer, a diferencia de lo que pregonan los automovilistas molestos con el bloqueo. No le importa. El maestro Víctor lee atento y, esbozando una sonrisa, nos comenta “el 13 de septiembre fueron muchos más granaderos”.

Su desconfianza ante dichas cifras nos parece razonable.

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Mientras vemos las proyección cinematográfica que el Frente Autónomo Audiovisual, conformado por estudiantes de cine, ha preparado para los maestros y que se realiza sobre los muros del Monumento a la Revolución, recordamos el potente tronar de los rotores de helicópteros militares que sobrevolaron el Zócalo durante el desalojo, con los que se hacía ostensible una guerra declarada por el gobierno contra la libre manifestación política.

Pensamos: la guerra requiere un control y una gestión del territorio. Induce una sistematización de la vigilancia. Establece un estado de sitio e inocula la desconfianza, la criminalización y el desprestigio.

La guerra fuerza a situar y señalar al enemigo, obliga a detener, perseguir e infiltrar. También exige elevar murallas, demarcar territorios y señalar a los que ya no podrán transitar por los espacios públicos.

La guerra reclama una distinción entre aquellos que resguardan las murallas y los bárbaros que se manifiestan contra ellas, entre unos y otros fluctúa el mismo pueblo. Y donde se erigen murallas estallan igualmente las zonas de rebelión, aquellas que mantienen las calles abiertas, políticamente, para los ciudadanos.

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 Contra el deseo Miguel Ángel Mancera de acostumbrar a la ciudadanía a transitar entre granaderos, contra la pulsión del Gobierno Federal, así como de sus órganos de propaganda, de alejarnos de forma insultante y tranquilizante de las zonas de rebelión, tenemos el ejemplo de la lucha magisterial.

Tenemos su reivindicación de la apropiación política de los espacios públicos.

Aunque la ciudad esté amurallada.

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