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Dar la vida por el oro negro: la historia de Olga

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Hay quienes no se van a cansar de luchar. Personas a quienes los años sólo los vuelven más sabios y fuertes para defender lo que piensan. Una de esas personas es Olga, quien a sus 95 años es activista contra la privatización del oro negro… como lo hizo hace 75 años, cuando participó en la expropiación petrolera.

(28 de octubre, 2013).- Tiene 95 años, se llama Olga y ayudó al general Lázaro Cárdenas en la expropiación petrolera recabando alhajas, animales, dinero, y todo lo necesario para lograr arrebatar el petróleo de las empresas extranjeras y que quedara en manos de los mexicanos.

Su lucha para que el país retuviera el control de uno de los bienes estratégicos más importantes ocurrió hace 75 años, pero hoy Olga siente que el reloj retrasó sus manecillas siete décadas y un lustro: es 2013 y ella está, de nuevo, en las calles para defender el oro negro mexicano.

Llegar a ella es un doble viaje: uno a su casa y otro a la historia de México, porque detrás de un portón de herrería se visualizan un par de edificios construidos en 1832, cuyos elevadores, al igual que el portón, dejan ver entre las rejas a quien decide subir en él cuando las escaleras de mármol no son elegidas para llegar a los departamentos.

“Ya llegó”, anuncia la nuera de Olga después de que toco la puerta. Al entrar, los años viajan en el aire y conforme el piso de madera rechina, el tiempo se detiene. Mejor aún: retrocede.

OLGA peleó hace 75 años por nacional el petróleo en México; en 2013 vuelve a  hacerlo para impedir su privatización.
OLGA peleó hace 75 años por nacional el petróleo en México; en 2013 vuelve a hacerlo para impedir su privatización.

Pinturas de Diego Rivera, de Frida Kahlo, esculturas miniatura, muebles rústicos del siglo XVIII y unas alfombras que aminoran el sonido de los pasos, reciben al visitante en casa de Doña Olga. Ella sale por el pasillo con un vestido rojo que combina con su collar de ámbar, sus aretes, y su rubor. Su hijo, desde la entrada, ya había advertido sobre la vanidad de Olga: “dale unos minutos, a sus 95 años no permite que la vean sin un lindo peinado y un poco de maquillaje”.

La primera vez que vi a Olga fue en el pódium al lado de Cuauhtémoc Cárdenas en un mitin contra la Reforma Energética propuesta en agosto pasado por Enrique Peña Nieto. Mientras le cuento que la vi tan emocionada frente a miles de manifestantes,  ella me ofrece un café y, sin rodeos, comienza a narrar su vida, a narrar pequeñas historias de la historia de México.

“En la expropiación, empezó el pueblo a dar sus alhajas, venía gente a dejar sus animalitos, tengo tan presente a una señora un poco gordita con sus animalitos ahí en la plaza de Bellas Artes, tan presente como si fuera ayer, yo venía desde Texcoco, y desde allá venía a la Ciudad a solidarizarme con el General, a apoyarlo”.

Narra de viva voz lo que hoy algunos defensores del petróleo saben  por fotografías: señoras con abrigos caros formadas detrás de hombres humildes y con sombrero campesino, unidos en oro y animales de granja, con la intención de recuperar el petróleo para dinamizar al país.

El general Cárdenas había logrado una proeza: que, sin distinciones, los mexicanos salieran a donar lo que faltaba para indemnizar a petroleras estadounidenses, canadienses, británicas y francesas para comprarles su boleto a casa y no verlas más por territorio nacional.

Ahora, el hijo de ese hombre que encabezó la lucha no une esfuerzos con el principal opositor del país y eso, a una mujer con la historia de doña Olga, le molesta.

Detiene la narración y me cuestiona, ¿cómo es posible que gente como Cuauhtémoc Cárdenas no asista hoy a los mítines de Andrés Manuel? ¿Cómo es posible que no estén unidos?, ¿Por qué prevalecen sus diferencias ante un hecho tan importante como es participar en estos eventos? El silencio se prolonga unos segundos mientras ella mira pensativa hacia la ventana.

La lucha es contra la reforma energética de Enrique Peña Nieto, que busca regresar a manos extranjeras el petróleo que ya se expropió, dice Olga.
La lucha es contra la reforma energética de Enrique Peña Nieto, que busca regresar a manos extranjeras el petróleo que ya se expropió, dice Olga.

Una felina aprovecha el silencio para sorprenderme y Olga exclama “no te asustes, es mi compañerita”. A pesar de que la gata no tiene nombre, su dueña le llama indistintamente “Michulina”, “Nenita” o “amiguita” el resto de la tarde. Con ella comparte sus días de luchadora petrolera.

Doña Olga dice pecar de mala memoria, sin embargo, narra los pormenores de su viaje a la entonces llamada Unión Soviética, describe el frío de Londres, presume las autorías de cada cuadro de su sala y, sea de paso, narra la batalla del 7 de julio de hace más de 500 años cuando Cuitláhuac, junto con los tlaxcaltecas y los otomíes, mandó al general Matlatzincatzin a Otumba, de donde es originaria Doña Olga.

Ha visto el mundo y le preocupa México. Específicamente, le preocupa el petróleo, le preocupa México.

“Yo tengo disciplina, tengo la idea de participar en todo lo que se trata de defender los intereses del pueblo, me adhiero a los electricistas, a los profesores, a la tragedia que significa la entrega del petróleo”.

Entrelaza sus manos, cuestiona su memoria, sus recuerdos, pero también cuestiona su presente.

“Yo no lo entiendo por más que me hago preguntas, ¿cómo es posible que el presidente del país esté dando un bien que pertenece al pueblo?, ¿Con qué derecho? Con ese acto, él está contra millones de personas”.

Prefiere cambiar de tema, no quiere enojarse de más hablando de Peña Nieto. Dice que le puede elevar la presión tan sólo por seguir nombrándolo. Se echa a reír.

Doña Olga está cercana a cumplir un siglo de vida y el cúmulo de historias brillan en sus ojos. Se respira en su casa, la tranquilidad de vivir la relaciona con la tranquilidad de haber colaborado a la historia. Dice ser feliz con su esposo John MacGhee, un renombrado pintor nacionalizado mexicano, aunque Olga dice que se volvió mexicano por varias razones y, entre ellas, el amor.

John y Olga salen a todas las marchas que sus ideales les permiten. La gente poco a poco los va reconociendo en las protestas y se acercan a tomar fotos, a platicar con ellos, a decirles qué admirable es que los años de indignación se acumulen en sus pasos.

“En un mitin de Andrés Manuel, había una señora que me estaba tomando un montón de fotos, yo dije ‘pues bueno, que esta persona sepa que estuve en la expropiación petrolera’, se lo comenté y ¡ay! No se despegó de mí. Me hizo fotos todo el día”.

Toma un respiro, mira a su gatita y mientras intenta explicar a qué se dedica actualmente, se levanta de su lugar y va hacia su recámara unos segundos para volver con tres collares y explica de dónde salieron.

En los mítines, Olga y su esposo causan furor. Es vista como una guerrera, que a sus 95 años sigue peleando por lo que cree.
En los mítines, Olga y su esposo causan furor. Es vista como una guerrera, que a sus 95 años sigue peleando por lo que cree.

“Ahora yo hago estos collares, si me porto bien, hago uno al día, pero hay cosas que yo no puedo hacer y debo ir con el joyero para que haga los engarzados en oro o en plata” y presume con una sonrisa en el rostro, un collar de resina de ámbar, misma que dice haber traído de Rusia para convertir en colije. Cuando habla de “si me porto bien” es no ir a la lucha social, pero algo en ella es irremediable: Olga pelea, incluso cuando hace bisutería.

La observo: su lucha le da orgullo. La pasada, presente y futura. Si las fuerzas le alcanzan, peleará esta batalla también hasta el final. Hasta que el desenlace sea como quiere: que no se toque ningún artículo constitucional.

Y si por Olga fuera, narraría por días enteros su vida, sin embargo, me invita un café para otra ocasión, que estas pequeñas y tan grandes historias la han agotado.

“Regresa y te sigo contando más”, dice Doña Olga mientras después de un abrazo, el mismo rechinar de la puerta que me recibió, me despide.

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