Rodrigo Rojo / @Eneas
Aquí todos los días es Día de Muertos” es un especial de REVOLUCIÓN TRESPUNTOCERO que repasa lugares donde anidan las muertes violentas, asesinatos y desapariciones con la complicidad u omisión del Estado. En esta ocasión toca el turno a Ciudad Mier, Tamaulipas, donde la ciudad devora a sus hijos.
(08 de noviembre, 2013).- “Por nuestra propia seguridad” mi compañero periodista y yo viajamos con automóvil y chofer del gobierno de Tamaulipas. Es la única manera de hacer lo que hacemos sin atarse a una sentencia de muerte. Llevamos 2 días viajando por diferentes ciudades del estado, atestiguando cómo la “guerra contra el narco” iniciada por Felipe Calderón ha destruido el tejido social de la entidad.
Hay que moverse con cautela. Esta tierra gusta devorar periodistas: en Tamaulipas mataron a Mario Ricardo Chávez, socio del diario El Ciudadano; a María Elizabeth Macías, jefa de Redacción del periódico Primera Hora; a Félix Fernández, reportero de la revista Nueva Opción; a Roberto Javier Mora, editor del diario El Mañana. Y no tenemos intención de sumarnos a esa lista negra de colegas.
“Ni el gobernador se salva”, nos dice el guía y chofer. Su referencia es el actual gobernador, Egidio Torre Cantú, hermano de Rodolfo Torre Cantú, ex candidato del PRI a la gubernatura, quien el 28 de junio de 2010, en plena campaña electoral, fue interceptado y asesinado por un grupo de sicarios. Su hermano “heredó” la candidatura y se hizo mandatario estatal pocas semanas después.

Nuestra ruta comenzó en Ciudad Victoria, la capital del estado. Ahí vimos el impresionante operativo policíaco rodeando la casa del gobernador, y las movilizaciones, día y noche, de grandes contingentes de la Policía Federal, Ejército y Marina. También vimos, como si la presencia de la fuerza del gobierno no les importara, los encabezados de los periódicos en donde a diario se informa de una balacera, nuevas víctimas, ejecuciones recientes.
Desde la capital comenzamos un recorrido por diferentes ciudades afectadas: La Pesca, San Fernando, Valle Hermoso, Reynosa. Pero nunca imaginamos lo que encontraríamos en Ciudad Mier.
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“El pueblo mágico más al norte del país”, dijo su ahora ex alcalde Alberto González Peña, orgulloso, cuando Ciudad Mier logró en 2007 esa denominación turística. Lo presumía feliz, como un logro de su administración, por cosechar un título que supondría la llegada de cientos de turistas nacionales y extranjeros a este poblado fundado en 1753.
Pero con ese título llegó también la violencia, que se exacerbó ese mismo año con la ruptura entre el Cártel del Golfo y sus ex aliados Los Zetas; el pueblo pasó de poblado turístico a rastro sanguinario. La ciudad que alguna vez tuvo 6 mil habitantes se volvió un poblado fantasma con apenas decenas de vecinos, quienes no pudieron huir del asedio del crimen organizado.

“La violencia en Mier se desató porque éste es un punto estratégico de trasiego. De acá para allá cruzan drogas y de allá para acá cruzan armas”, relata Antonio Guerra, el cronista de la ciudad.
“Por acá, el río tiene zonas tan bajas que se puede cruzar caminando”. Según él, tanto el ejército mexicano como el estadounidense lo saben pero ninguno de los dos hace nada: están coludidos para dejar que por ahí se hagan estos intercambios.
Dispuesto a hablar, Antonio nos da algunos datos “para que vean qué tan brava estuvo la perra en 8 meses de guerra”: balaceras que duraban más de 8 horas seguidas, todo el día tumbados con la panza en el suelo porque las balas se metían a las casas, cuatro meses sin abasto de gasolina y durante 15 días ni siquiera llegaron tortillas.
El rostro de Antonio se ensombrece de repente: “Yo tengo 3 desaparecidos en esta cochina guerra: 2 hermanos y mi padre”.
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En agosto de 2011, Mier perdió su categoría de “Pueblo Mágico” y el Gobierno Federal dejó de invitar a los turistas a conocer sus calles pintorescas, a menos que quisieran ver casas baleadas, quemadas y miedo en los ojos de quienes no tuvieron dinero para largarse de ahí.

No siempre fue así: es un poblado con mucha historia. Ahí, Antonio López de Santa Anna defendió a México de una invasión norteamericana en 1842 y posteriormente la ciudad tuvo que decidir si se unía a Texas o se quedaba del lado mexicano; años después, Fidel Castro cruzó por aquí, desde Estados Unidos, las armas que utilizaría para hacer su Revolución en Cuba.
Hubo un tiempo, no muy lejano, en el que la gente ocupaba sus domingos para pasear por la Parroquia de la Inmaculada Concepción, el Templo Casa de Pan y la Plaza Guadalupe, pero a medida que la escaramuza entre grupos delictivos avanzó, el 80 por ciento de la población tuvo que huir, incluyendo a los miembros del Ayuntamiento.
Cientos murieron aquí, víctimas de balas perdidas, ejecuciones por cobro de piso, secuestrados y aventados a la Presa Falcón, amordazados y dejados atrás del Templo Bautista Jezrel. En algún momento, luego de tres narcobloqueos en 2010 que impidieron hasta la llegada de comida para los pobladores, en toda la ciudad quedaron sólo 800 personas: un pueblo fantasma.

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Cuando nos apeamos del automóvil, sobre la calle principal desierta, podemos distinguir todavía el inconfundible olor a muerte.
Mientras mi compañero se adelanta, yo me doy tiempo de recorrer la calle principal. Hay contrastes muy fuertes. Muchas construcciones están abandonadas, con las marcas de la violencia todavía en las fachadas. El Cine México es como una metáfora del país: abandonado, con su rótulo lleno de marcas de balas que recuerdan a los miles de muertos y desaparecidos causados por la violencia. A su lado hay un edificio nuevo, prístino, recién remodelado. El ex presidente municipal nos dijo que ése fue el cuartel de policía: el crimen organizado lo incendió y lo redujo casi a cenizas. Ahora lo reconstruyeron para hacer un centro cultural.
Poco queda de lo que en algún momento fue punto de encuentro entre un par de culturas a veces disímiles: la protestante estadounidense y la católica mexicana. Incluso su iglesia presenta características de ambas tradiciones religiosas. Su iglesia, también, presenta las señales inconfundibles de la violencia: una marca de bala sigue lastimando la cruz que se encuentra en lo más alto de su fachada.

Uno de los pobladores, quien pidió permanecer anónimo, nos cuenta sobre el quiebre absoluto de la sociedad en Mier: “Mi familia es de tiempo en Mier, sobrevivió a las invasiones americanas, a los apaches, a la Revolución. No es justo que unos cuantos desalmados vengan y acaben con nuestra historia”. Nos cuenta que sólo se quedaba en Mier porque su madre estaba enferma “pero ya murió, no me queda nada acá y por eso me voy”.
El presidente municipal no quiere hablar de guerra. Prefiere hablar de que ahora es la etapa de reconstrucción. Nos lleva a conocer los nuevos recintos que han levantado y nos enseña las reparaciones que han hecho: un nuevo museo, un hotel recién restaurado –que no pudimos ver por dentro porque no hubo nadie que nos abriera la puerta, pese a que el alcalde nos dijo que ya estaba en servicio 24 horas al día–, calles vueltas a empedrar. Todo esto se realiza para que la gente sienta confianza de regresar a su ciudad. Mier se debate entre el abandono y la reconstrucción.
Un joven con gorra nos observa fijamente desde una de las bancas del parque. Tal vez un “halcón”. El alcalde se pone nervioso. “Mejor nos movemos a un restaurante”, dice apresurado.
Cuando regresamos al automóvil, nos detenemos para que pueda cruzar un convoy militar que es seguido de cerca por un automóvil particular tripulado por algunos jóvenes con radios.
“Los malos no se han ido”, comenta Antonio con la mirada fija en el auto blanco, “nada más que desde que instalaron el cuartel militar aquí seguro ya se arreglaron con el gobierno y por eso ya le pararon a la violencia, pero aquí siguen”.

Nuestro chofer nos recomienda no quedarnos en Mier, así que decidimos regresar a Reynosa antes de que nos agarre la noche en la carretera. El letrero metálico que nos despide de lo que alguna vez fue “Pueblo Mágico” pronto está atravesado por decenas de marcas de bala.
Aquí ya no hay más muerte, porque apenas queda gente que matar.

