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Aquí hay sexo: los látigos de los locos

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Por Diego Arguedas / Fuente: Radio Nederland

Con el sadomasoquismo he tenido poco contacto y les mentiría si dijera que conozco mucho del tema. Lo que sé, lo leí por internet o escuché de amigos.

Una vez, en una fiesta universitaria que ahora resulta más bizarra que lo que pareció en ese momento, un tipo terminó hablando del látigo que tenía guardado en su cuarto.

Unas horas después yo ya me había ido del lugar, pero me contaron que terminó sacándolo para mostrarlo a los invitados.

No sé si lo usará con otros o si habrá sido que lo prestaba para que lo usaran con él. Si era un poco de las dos, entonces era sadomasoquismo, un mix de dos conceptos que podrían ser tanto antagónicos como complementarios.

Primero, sadismo, que el Marqués de Sade –que tampoco he leído, hoy les quedo mal– tuvo la gentileza de dejarnos claro en su obra (de ahí la palabra sadismo). Esta es la obtención de placer mediante actos de crueldad o dominio. De aquí vienen las dominatrix, esas mujeres que tienen sometidos a tipos o tipas que son virtualmente esclavos sexuales.

Y a ellos les gusta, porque son masoquistas, o la otra cara de esta moneda: personas que disfrutan de ser sometidos a actos de dominio. Digamos, como si usted se excitara cuando su novia fuera cruel (esto puede ir desde electroshock púbico hasta llevarlo obligado a recitales de Arjona).

Hay otra categoría. Los que no son ni chicha ni limonada, pero más bien un combinado. Es como cuando uno pide helado de vainilla Y de chocolate: lo mejor de ambos mundos. Un sadomasoquista igual disfruta de cualquier extremo del látigo, lo cual es bastante conveniente si se le mira desde el punto de vista práctico. ¿Hoy no trajiste tus guantes de cuero? Yo ando los míos. ¿Ya te duele la espalda? Dale, pégame ahora a mí.

Solidaridad, camaradas, solidaridad. Ya lo hemos dicho con buscar juntos chicas o chicos en una fiesta o compartir condones con el colega necesitado o, en casos como este, darle el látigo a la persona que amas. El mundo se mueve con actos de bondad.

No siempre los sadomasoquistas tuvieron la facilidad de comprar el arnés de cuero hoy y usarlo mañana sin temor a morir en la hoguera. A lo largo de la historia han sido tildados de pervertidos o psicópatas (y todavía, estoy seguro) y durante mucho años se consideraron locos y criminales. Antes de 1954, cuando se publicó la novela Historia de O, pocos se animaban a hablar el tema abiertamente. Finalmente, en 1994 fue eliminado del manual usado para diagnosticar males mentales.

Ya en nuestros tiempos el sadomasoquismo debería vivir en paz, acomodado en la encrucijada de “no hagas lo que no quieres que te hagan” y “dejar hacer, dejar pasar”. Si aquellos dos disfrutan este asunto, déjelos ser. Y si realmente prefiere evitar ver los artículos que usan para sus juegos, haga las mías y encuentre una mejor compañía para la noche. No solo de látigos vive el hombre.

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