En 2026 se cumplen cien años del nacimiento de Iván Illich. No es una efeméride académica: es una oportunidad para recuperar una conversación que abandonamos demasiado pronto. Illich nos dejó una advertencia sencilla y brutal: las herramientas no son neutrales. Organizan la sociedad. Distribuyen poder. Deciden qué es posible y qué se vuelve imposible en la vida cotidiana.
Su ejemplo más conocido sigue siendo el automóvil, y no por nostalgia ambientalista. Illich observó que una tecnología pensada para ahorrar tiempo y ampliar la libertad individual termina produciendo el efecto contrario cuando rebasa cierto umbral. Si se suman las horas trabajadas para pagarlo, mantenerlo, asegurarlo y las horas perdidas en tráfico, la velocidad real del automovilista se acerca peligrosamente a la de una bicicleta. Más grave aún: el auto reorganiza la ciudad para servirle. Expulsa al peatón, encarece el suelo, fragmenta barrios, obliga a recorrer distancias cada vez mayores para trabajar, estudiar o comprar pan. La promesa de movilidad se convierte en dependencia estructural.
México conoce bien esa paradoja. Durante décadas apostamos a la expansión vial, al coche como símbolo de progreso, al crecimiento horizontal de las ciudades. El resultado es visible: congestionamientos crónicos, tiempos de traslado que devoran la vida diaria, contaminación, infraestructura carísima que nunca alcanza. No es un problema de mala planeación aislada; es un problema de escala y de modelo.
Por eso resulta tan interesante que el país esté regresando —con todas sus tensiones y errores— a pensar en trenes, en transporte masivo, en Cablebús, Metrobús, metro. No es solo una discusión de obras públicas. Es una discusión sobre qué tipo de movilidad queremos: una que multiplica autos privados o una que reconstruye lo común. Illich habría dicho que ahí se juega la diferencia entre herramientas que emancipan y herramientas que someten.
La misma pregunta vale para nuestras tecnologías digitales. Las redes sociales prometieron conexión y democratización; hoy concentran atención, datos y poder. Los algoritmos ordenan lo visible, moldean conversaciones públicas, administran la ansiedad colectiva. Como el automóvil, empezaron como solución individual y terminaron creando problemas sistémicos. También aquí hay umbrales que hemos cruzado sin deliberación.
Illich llamaba a esto contraproductividad: cuando una herramienta produce más daño que beneficio precisamente por su éxito y su expansión. Su respuesta no era apagar las máquinas, sino aprender a poner límites, a discutir escalas, a recuperar control social sobre los sistemas técnicos. Lo llamaba convivencialidad: tecnologías al servicio de la autonomía, no de la dependencia.
A cien años de su nacimiento, volver a Illich es un ejercicio de lucidez política. Nos obliga a dejar de preguntar solo qué tan avanzada es una tecnología y empezar a preguntar qué tipo de vida construye. En un país que vuelve a debatir su infraestructura y en un mundo atrapado por plataformas digitales, su obra funciona como brújula crítica.
Este 2026 es una buena excusa para releerlo —La convivencialidad, Energía y equidad, La sociedad desescolarizada— y, sobre todo, para traerlo de nuevo a la conversación pública. No para venerarlo, sino para usarlo. Pensar en la tecnología también es una forma de defender la libertad y construir soberanía.


