El silbatazo final en la televisión desató una marea humana que, por inercia y tradición, congestionó las arterias principales de la Ciudad de México hasta confluir en su epicentro festivo: la glorieta del Ángel de la Independencia.
La Selección Mexicana había firmado un contundente tres a cero frente a Chequia, y el júbilo contenido se transformó de inmediato en un carnaval urbano que desafió tanto al clima como a los decretos oficiales.
El asfalto de la Avenida Reforma se tiñó rápidamente de blanco. No por el granizo, sino por las toneladas de espuma que los asistentes se arrojaban sin tregua, dejando una densa capa pálida sobre el piso, justo frente la Glorieta del Ahuehuete, también conocida como de los desaparecidos, que atestiguaba la euforia.
En medio de ese paisaje improvisado, la inocencia se abría paso: varios niños, ajenos a las formaciones tácticas del fútbol pero contagiados por la energía de sus padres, saltaban y jugaban en los charcos formados sobre la glorieta de Ángel de la Independencia, convirtiendo el agua y la espuma en su propio parque de diversiones.
La restricción alcohólica impuesta por el Gobierno de la Ciudad de México para la jornada pasó a ser una anécdota ignorada por la astucia del comercio ambulante. A pesar de la ley seca, los ríos de cerveza corrieron con total impunidad.
Los ya famosos “Azules” —esas vistosas bebidas preparadas que desafían cualquier paladar— se cotizaban a cien pesos exactos, al igual que los codiciados duos de cervezas Victoria individuales. El desacato se enfriaba en hieleras de unicel ante la mirada resignada de las autoridades.
Frente al mismo cordón policial encargado de vigilar el orden, una artista independiente plantó su propio escenario callejero. Con una voz templada , comenzó a entonar narcocorridos de Peso Pluma, ganándose los aplausos de quienes rodeaban el cerco de seguridad.
Sin embargo, el clímax de la noche llegó cuando las trompetas del mariachi irrumpieron en la escena. El gentío se unió en una sola voz masiva cuando sonaron los primeros acordes de “El Rey“.
La obra maestra de José Alfredo Jiménez encendió definitivamente al público; miles de gargantas roncas reclamaron su derecho a cantar que, con dinero o sin dinero, esa noche la victoria y la calle eran suyas.
Hacia la madrugada, cuando el alcohol y el cansancio empezaron a disipar la masa de camisetas verdes, la postal de la fiesta reveló una faceta distinta. Entre los remanentes de la espuma y el confeti, las cuadrillas de limpieza comenzaron a organizarse para limpiar la basura esparcida por el suelo, recolectando latas y bolsas plásticas.
Fue el cierre de una jornada donde el fervor futbolístico demostró que, tras el desahogo del triunfo, la ciudad siempre encuentra la manera de recuperar su propia normalidad.
En lo deportivo, el contundente tres a cero sobre Chequia consolidó el gran momento táctico de la Selección Mexicana de Javier Aguirre, que anuló por completo el orden europeo desde los primeros minutos del encuentro.
La victoria de ayer también marcó historia porque nunca, en 18 apariciones mundialistas, el Tri había ganado sus tres partidos de fase de grupos y además lo hizo sin recibir un solo gol.
La presión alta y la velocidad por las bandas fueron las llaves para abrir un partido que, en el papel, lucía mucho más físico y cerrado. Con transiciones verticales perfectas, el conjunto azteca liquidó el mediocampo checo, permitiendo que la ventaja en el marcador se construyera de forma fluida y sin sufrir grandes sobresaltos en la línea defensiva.
El planteamiento técnico brilló especialmente por la contundencia en el área rival, una de las asignaturas pendientes que más preocupaba a la prensa especializada y a la afición. Cada anotación fue una inyección de confianza que se reflejó en la soltura del plantel, el cual manejó los tiempos del segundo tiempo con una madurez impecable.
La superioridad técnica de los jugadores mexicanos desarmó cualquier intento de reacción por parte de Chequia, dejando el partido prácticamente resuelto mucho antes del silbatazo final.
Este resultado no solo mete de lleno a México en la pelea por los objetivos del torneo, sino que además reconcilia plenamente al equipo con sus seguidores tras una racha de dudas.
Los apuntes de la jornada táctica confirman que el funcionamiento colectivo alcanzó su punto más alto, dejando una sensación de optimismo generalizado. La victoria categórica en la cancha fue el combustible perfecto para la catarsis colectiva que, minutos más tarde, transformaría por completo las calles de la capital.

