José Antonio García Apac #impunidadmata from Article19 on Vimeo.
Óscar Balderas / @oscarbalmen
(24 de enero, 2014).- El auto ronrronea por la noche. El motor es lo único que suena en ese tramo carretero, poco iluminado, que conecta los municipios Coalcomán y Tepalcatepec en Michoacán. José Antonio García Apac va al volante y desconoce que ocho años después de esa noche, en 2014, el mismo camino por el que conduce después de una jornada de trabajo como director del semanario Eco de la Cuenca, será escena de una cruenta guerra entre el gobierno mexicano y el cártel Los Caballeros Templarios. Por ahora, noviembre de 2006, sólo es un sendero que lo lleva a casa.
Está agotado, pues sus labores como director las completa como reportero de la fuente policíaca para el diario La Opinión de Apatzingán. Apagó su computadora, dijo a sus compañeros que iría a cenar con su esposa Rosa Isela Caballero, y si el tiempo lo permitía, platicar un poco con sus hijos Antonio y Aldo. Ante el temor de que los encuentre dormidos, prefiere llamar para saber sobre su día.
Aldo lo escucha. Hablan, bromean, hasta que los pasajeros de una camioneta marcan el alto en el camino a José Antonio. Se detiene y pide a Aldo que no se despegue de la línea telefónica.
El hijo escucha golpes. Forcejeos. Una voz ordena al periodista que apague el teléfono; otra voz grita groserías. Que se calle la víctima, exigen. “Papá, ¿qué pasa?”, “¿estás bien?”, “¿quiénes son?”. La voz de José Antonio se cuela por los orificios del teléfono doméstico y se escucha que pregunta quiénes son esos hombres, por qué le hacen eso, qué les sucede. Luego, un azote de algo o alguien. La llamada acaba abruptamente.
El calendario marca el día 20 y el teléfono de José Antonio siempre mandará a buzón desde esa fecha. Es el día en que desapareció y desde entonces nadie lo ha visto.
(José Antonio lleva 86 meses desaparecido, no muerto. Es importante escribir sobre él en presente. Nadie abandona la esperanza de volverlo a ver).
José Antonio es tan conocido en la costa de Michoacán y en la zona conocida como Tierra Caliente que la gente le llamaba por un apodo que le encantaba: “El Periodista”. Solía decir que lo describía a la perfección, porque antes que cualquier cosa, eso es él: un periodista al que le gusta dar voz a los que no tienen quien los escuche. Algunos lo recuerdan exigiendo en la calle, a través de un megáfono, justicia para las víctimas que él reporteaba.
El día de su desaparición tenía 54 años, había estudiado Ciencias de la Comunicación y era oriundo de Michoacán, donde formó una familia. Empezó como reportero desde antes de cumplir la mayoría de edad y tuvo desde su inicio debilidad por el periodismo policíaco y político.
Sus colegas le reconocen tres cualidades como director, editor y reportero de a pie: es un hombre generoso, buen padre de familia y valiente. Esto último es un orgullo personal para José Antonio, porque su red de amistades y fuentes le permitía entrar a comunidades donde ni siquiera las autoridades hacían patrullajes. Michoacán se transformaba desde principios del 2000 en una entidad peligrosa y eso sólo hacía más interesante para “El Periodista” recorrer sus recovecos.
Es un testigo privilegiado de cómo Michoacán pasó de un estado seguro a una tierra violenta, donde el narcotráfico empezó a derramar sangre a su paso. Y no se amedrentó cuando quedó en el fuego cruzado.
“Él denunciaba todo lo que pasaba en su zona –Tepalcatepec, Apaztingán–, como la aparición de un nuevo grupo que cobraba cuotas, que ejecutaba, que descuartizaba, y creo que ésa fue la zona donde empezó a hacerse peligrosa la profesión de periodista.
“Si no mal recuerdo, fue el primero que secuestraron”, recuerda Francisco Castellanos, periodista, en el documental “José Antonio García Apac”, publicado por la ONG Artículo 19 México.
José Antonio es también un idealista: después de meses de desenmarañar una madeja que enredaba servidores públicos y capos del narco, el 5 de mayo de 2006 –el año de su desaparición– viajó a la Ciudad de México para entregar a la Subprocuraduría de Investigación Especializada en Delincuencia Organizada (SIEDO) una lista de funcionarios municipales y estatales coludidos con el crimen organizado de su estado natal. Pensó que lo escucharían, iniciarían una investigación y los encarcelarían. Pero nadie hizo algo.
“Si no lo dice alguien, ¿quién lo va a decir?”, respondía “El Periodista” a sus colegas que le recriminaban su frontal lucha contra el crimen organizado en Michoacán. Lo veían con preocupación y le pedían que se cuidara. Él sonreía y decía que no tenía miedo.
Luego de la desaparición forzada de José Antonio, Francisco Castellanos fue “levantado” y amenazado de no seguir escribiendo sobre la mafia michoacana; otros, sin necesidad de una coerción directa, eligieron poner a salvo su vida y dirigir su pluma hacia un periodismo que ignoraba camionetas sin placas, hombres armas, cobro de cuotas y trasiego de drogas empapadas en sangre.
Alguien diría, con razón, que la desaparición forzada de José Antonio significó la muerte de la etapa más reciente del periodismo en Michoacán.
El que pudo alertar con mayor fuerza a la sociedad que un mal endemoniado se enraizaba en esa entidad.
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“Desde entonces nada se ha sabido; en dos gobernadores estatales y tres presidentes de la República, ha recaído la procuración de justicia, pero las investigaciones no han rendido ningún fruto; su familia lo sigue esperando”, dice la sinopsis del documental sobre la vida de José Antonio.
Hasta el momento, los culpables no han sido aprehendidos y extrañas circunstancias rodean el crimen: cuando la policía halló su auto, la credencial de prensa del periodista fue encontrada acomodada en el parabrisas.
Oficialmente, la Procuraduría General del Estado de Michoacán investiga dos líneas: que alguna investigación incomodara a algún jefe de plaza del crimen organizada o una supuesta pelea que tuviera José Antonio con un agente de la extinta Agencia Federal de Investigaciones (AFI) apodado “El Diablo”.
Ninguna de las líneas de investigación ha dado resultados a la familia, que aún espera el regreso con vida del reportero.
“A mí me parece que después de tantos años sólo hay dos formas de hacer justicia. Una, la responsabilidad de hacer justicia que tiene el estado. La otra, la obligación que tenemos nosotros como colegas de decir ¿quién fue Apac?”, pide Balbina Flores, corresponsal mexicana de Reporteros Sin Fronteras.
Once días después de su desaparición, un michoacano –Felipe Calderón– tomó protesta como presidente de México y mandó el Ejército a esa entidad a pelear contra la delincuencia organizada.
Muy tarde para José Antonio, el periodista que le avisó al poder político que algo en Michoacán ya olía a podrido.



