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José Emilio Pacheco, el poeta que apostó por la memoria

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“No tenemos raíces en la tierra.
No estaremos en ella para siempre:
sólo un instante breve.

También se quiebra el jade
y rompe el oro
y hasta el plumaje de quetzal se desgarra.

No tendremos la vida para siempre:
sólo un instante breve”.

JEP

 

(27 de enero, 2014).- La noche del domingo despedimos al gran poeta, narrador, ensayista y periodista José Emilio Pacheco; al escritor alegre,  cuya grandeza es latente en su obra prólija, en el interés por el otro, en sus incursiones exitosas en los distintos géneros literarios.

Imposible dejar de lado su búsqueda por la perfección, lejos del afán narcicista, empujado por su amor a la palabra, por sus ganas de dejar un legado, si acaso, digno de cualquier lector. La reescritura, que para muchos es un estorbo, era una tarea orgánica para alguien como José Emilio Pacheco, quien declaró en varias ocasiones que uno de sus grandes anhelos en la vida era “escribir bien”.

En su trabajo resaltan la sencillez del lenguaje, la claridad de las ideas, características que lo hicieron accesible a un mar de lectores. Y es que es imposible recordar a otro José Emilio que no fuera el gran humilde, aquél que declarara hace unos años que dejaba algunas obras suyas en la Caja de las Letras “para que quien abra esto en 100 años sepa quién fui, porque no creo que nadie recuerde mi obra”.

Pero José Emilio Pacheco nunca le apostó al olvido. De hecho, fue la memoria, los recuerdos, uno de los temas y motivos más recurrentes en su obra. Así como se dedicó a pulir sus poemas, sin descanso fue puliendo el pasado, retocándolo en cada verso, afinándolo en cada frase, sin nostalgia de por medio, para dejarnos memorias que ganaban en brillo lo que podían perder en fidelidad.

Sin embargo, quizá entre la lectura de la obra de Pacheco escuchemos en un susurro una disculpa sincera del escritor, porque incluso entonces tendrá que discrepar: en cada rescate del pasado hay un dejo de ansiedad por el olvido; más que miedo, la comprensión tácita de los tiempos, el entendimiento de la secuencia lógica de los hechos que nos llevan a desaparecer.

“Antes de que seas vieja ya me habrás olvidado./ Y si por confusión sueltas mi nombre/ a tu lado una joven dirá:/-¿Quién era ese?”, escribió.

Elena Poniatowska, su grande amiga, lo describe como un niño que no se olvidó de hacer preguntas. Es quizá uno de los detalles que lo conviertieron en alguien tan cercano a los lectores, a los jóvenes: no llegaba a dictar; dialogaba. En tiempos en que los escenarios se llenan de personas que disfrutan de dar cátedra, Pacheco se dio el tiempo de escuchar, de aprender incluso de esas conversaciones en auditorios llenos de sus jóvenes seguidores.

Miles de adolescentes llegaron hasta Las batallas en el desierto, o recitaron Alta traición con ese sentimiento ambivalente que genera ver el paraíso caerse a pedazos. José Emilio Pacheco logró escribir textos que sirvieron como espejos a sus lectores. El reflejo no pretendía ser vergonzoso; por el contrario, nos mostraba desnudos y más humanos de lo que nos solíamos entender.

México despide a uno de sus grandes escritores. Miembro de la Generación de Medio Siglo a la que pertenecieron Carlos Fuentes, Carlos Monsiváis, entre otros, José Emilio Pacheco deja tras su partida el sentimiento de ausencia que puede dejar la muerte de un familiar, alguien tan entrañable como digno de admiración.

Es difícil escribir sobre José Emilio Pacheco en pasado. No es sólo el tiempo, las escasas horas de su muerte, lo que dificultan la tarea. No es sólo recordarlo tan reciente en las fotografías de los diarios recibiendo los grandes galardones de la lengua española. Si algo nos hereda o nos contagia José Emilio, el eterno presente, es ese afán por mantener el pasado vivo, pulirlo, hacerlo el aquí y ahora perfecto, contra todo diagnóstico, contra todo calendario y todo reloj.

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