Yautepec, el primer municipio militarizado contra secuestros

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Óscar Balderas / @oscarbalmen

 Crédito foto: Zonacentronoticias.com

(29 de enero, 2014).- Carlos F. no se está muerto, está secuestrado y pronto regresará con vida. Apunte bien eso, joven. Secuestrado, pero vivo, aunque ya tengamos tres meses en este calvario, ¿cómo lo sé? Una madre sabe, lo siente, es una conexión que no se pierde, a menos que la mujer sea mala y no quiera a su hijo. Yo no. Yo amo a Carlos con todas mis fuerzas, con cada partecita mía, es el amor más grande que Dios me dio, ¿cómo no voy a saber si está vivo?

Es una conexión extraña las que tenemos las madres con los hijos. El día que lo secuestraron – 17 de octubre de 2013 – yo estaba trabajando, ¿le dije que soy costurera en un localito? No le doy la dirección porque no sea que me vayan a buscar, pero allá estaba yo cosiendo. Me acuerdo: la falda rota de una vecina que se la quería poner para una boda. Estaba yo en eso cuando me hablaron: señora, señora, que secuestraron a Carlitos. Y yo, la verdad, es que pensé ¡con razón me dolía el estómago desde la mañana! A eso me refiero con la conexión: ese día me levanté mal, muy mal, con un cólico feo y me la pasé preguntándome ¿por qué será? No dije nada en mi casa. Ya ve como somos las madres, que presionamos a los hijos para ir al doctor, pero una mejor se hace un tecito y a seguir con el día. Eso hice: me levanté, preparé una tacita y cuando Carlos se fue a trabajar al taller – tampoco le puedo decir cuál, joven, pero está aquí en Yautepec – lo despedí con un beso. Cuídate hijo, que tengas buen día, le dije.

Me regresé corriendo. Cuando llegué a casa, mi esposo, jubilado ya gracias a Dios, estaba con el rostro triste. O enojado. Bueno, las dos cosas. Le dije ¿qué pasó, Antonio? Y que se pone a llorar. Me dijo… me dijo… yo también lloro, perdón, joven… me dijo que le habían llamado unos tipos, unos desgraciados, que tenían a Carlos. Que él habló con  Carlos y le contó, rapidito, que lo subieron a una camioneta y lo tenían en una casa. Luego, el secuestrador ese habló, que quería un millón de pesos para dentro de tres días, ¿pues de dónde, joven? Costurera y jubilado, ¿de dónde un millón?

Juntamos todo. Dinero, carros, joyas. Pedimos prestado a familiares, amigos, vecinos. Mentimos a todos, joven. Nos dijeron que a nadie podíamos avisar que Carlos estaba secuestrado, entonces dijimos que se había ganado una beca para estudiar en el extranjero, que ya se había ido a hacer trámites, pero que necesitaba mucho dinero allá. A los dos días se comunicaron y les dijimos lo que teníamos: 90 mil pesos. Se rieron. Nos insultaron ¿En tan poco dinero valoras la vida de tu hijo?, me dijeron. Apúrate, júntale, llévatelo para su cumpleaños, anda bien madreado.

Y en eso estamos, joven. Carlos – nombre que yo le puse para contarte esto, pero que no es su nombre real – ya lleva tres meses con esas personas. Ya vamos mejor, juntando más, pero el millón está difícil. Te lo cuento porque necesito decirlo a alguien, ya es mucho, estamos agotados, muertos en vida, comer es una tortura porque no sé si mi hijo está comiendo bien, pero me apuro. Haremos una buena oferta a esos desgraciados y sí, quiero que esté aquí cuando cumpla 24 años el próximo 1 de marzo.

Apunte bien: Carlos no se llama así, pero yo sí soy costurera, tengo 59 años y vivo en Yautepec, Morelos.

Y acá la delincuencia está secuestrando como nunca se había visto.

María N.

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María N. – nombre ficticio para el testimonio ofrecido a REVOLUCIÓN TRESPUNTOCERO vía telefónica – y el caso de su hijo Carlos es uno de los 28 plagios ocurridos en los últimos dos meses en Yautepec, Morelos, según pobladores que han sido consultados por medios locales.

La ola de secuestros inició en diciembre de 2013, cuando distintas bandas dedicadas al trasiego de droga debieron pagar derecho de piso a cárteles como La Familia Michoacana o Los Caballeros Templarios, por lo que vieron en el secuestro una manera de recuperar sus ingresos perdidos con la extorsión de criminales más poderosos.

Ahí los pobladores cuentan historias de terror en este poblado de unos 85 mil habitantes: el campesino secuestrado, la familia acribillada, la vendedora plagiada, la niña “levantada”, el niño que fue a la tienda y no volvió. De acuerdo con sus números, en el pueblo hay un vecino secuestrado cada 2.5 días.

El alza en el plagio en este pequeño municipio ubicado la zona morelense de Tierra Grande es tan inocultable que el alcalde Agustín Alonso, después de negarlo durante meses, tuvo que admitir el 27 de enero pasado que las bandas de secuestradores habían rebasado al gobierno municipal.

Lo reconoció luego de que el 25 de enero, cerca de 500 habitantes marcharon en el municipio contra la inseguridad y exigieron al presidente municipal – quien llegó al cargo postulado por la coalición Nueva Visión Progresista, conformada por el PRD, PT y Movimiento Ciudadano – un cambio urgente de estrategia.

El giro fue abrupto: el primer municipio del año abiertamente militarizado no contra el tráfico de drogas, sino contra el secuestro.

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El 27 de enero de este año, el secretario de Seguridad Pública estatal, Jesús Alberto Capaella, anunció que, ante la petición de auxilio que lanzó el alcalde de Yautepec, el gobierno local a cargo de Graco Ramírez había solicitado formalmente la incursión del Ejército mexicano en la zona.

El reto es tan grande como el incremento del 100 por ciento de los plagios sólo en este mes y para febrero podría ser del 150 por ciento, únicamente si se toman en cuenta los casos denunciados a las autoridades. El secuestro de Carlos F., por ejemplo, no figurará en ninguna estadística por desconfianza hacia las autoridades.

Para ello, en Yautepec ya se encuentran un número desconocido de militares, agentes federales y 150 elementos de la Policía Estatal de Morelos, a través del mando único, quienes resguardarán una comunidad que se autoimpuso un toque de queda desde las 8 de la noche para no ser secuestrados.

Además, los policías municipales irán de nuevo al examen de control de confianza ante las denuncias de vecinos de que los uniformados brindan protección a las bandas criminales.

Al comentarle la noticia, María N. lanza un suspiro largo por teléfono y se explica: ¿teníamos que pasar por esto para que nos hicieran caso?
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