Escrito por: Octavio Martínez Michel / @Octilius
El tema de los derechos humanos tiene un lugar singular: es mal visto y políticamente incorrecto, no hablar en favor de ellos. En general, podría parecer positivo un consenso social en el que nadie pueda expresarse contra estos valores y principios, sin que ello le provoque una situación delicada. Esto indicaría que, en alguna medida, el discurso de los derechos humanos ha permeado en nuestra cultura y que los fundamentos del discurso no nos son del todo ajenos.
El problema, sin embargo, es que el consenso generalizado provoca que personajes que a todas luces son indiferentes a la protección de los derechos humanos, o que incluso los consideran un obstáculo para el desarrollo de sus fines políticos, puedan -con la mano en la cintura- colocarse bajo la máscara de la defensa y el respeto a esos derechos.
Todos los políticos, jueces, empresarios y periodistas los mencionan en algún momento, o los toman como referente para algún discurso; con ello cumplen el formalismo y se sitúan dentro del consenso. El resultado es que en una comunicación de masas, donde resulta fácil esconderse y generar una apariencia relativamente convincente, se utilice un discurso favorable a los derechos humanos como mera pantomima.
Se trata de la mejor arma en la arena de la simulación y del teatro político: el disfraz de un ser humano conciente y comprometido con la sociedad. En la creación de una imagen política, nada mejor que disfrazar al bribón, con un traje de luchador social o un activista. Los derechos humanos se han incluido así, en el “selecto grupo” de slogans políticos.
Así las cosas, el actor político puede mantener un discurso favorable a los derechos humanos, al respeto, a la pluralidad, a la libertad, e incluso mostrarse indignado cuando desaparece un periodista o cuando asesinan cobardemente a 72 migrantes. Después de repetir la formula mágica: “se aplicará todo el peso de la ley”, baja el telón y puede volver a sus oficinas a despachar prebendas, favores, cobros y a administrar los asuntos “verdaderamente importantes”.
Pero insistamos, ningún político, juez o embajador podría enmascararse tan convincentemente si no hubiera un escenario propicio para ello. Los medios de comunicación masiva juegan un papel importante en la simulación: logran hacer de los derechos humanos un concepto tan abierto y ambiguo, que cualquiera puede utilizarlo para los más diversos (y perversos) fines.
Ahora, también habrá que señalar que el asunto no se queda en la simulación y la propaganda, ese es sólo un primer paso que permite captar la atención de una audiencia. Una vez hecho esto, se le da voz a un discurso con el que se reproduce una ideología y con el que se apunta el verdadero sentido de la propaganda[1].
En efecto, detrás del telón mediático de los derechos humanos, de la reiteración ad nauseam de la palabra libertad y de la insistencia en la defensa de las instituciones democráticas, se esconde un programa de exclusión donde se caracterizan grupos perfectamente escogidos como “detractores de la libertad” o “enemigos de la democracia”.
Sobra decir, que quienes no compran la simulación, o quienes no aplauden en la presentación de la farsa, son los candidatos perfectos para convertirse en los “enemigos públicos” sujetos a la excomunión.
En los años 80’s y 90’s nos acostumbramos a escuchar construcciones discursivas cuyo centro narrativo incluía conceptos como democracia, libertad y paz. Mientras tanto, tras bambalinas, gobiernos y empresas se disputaban encarnizadamente petróleo, diamantes y otros recursos estratégicos. Con el pretexto de la democracia, de la protección de la libertad, de la defensa de los derechos fundamentales, se pisotearon los derechos de cientos personas en todos los rincones del mundo.
En México, sin ningún miramiento, se pisotearon los derechos de indígenas, de estudiantes, de obreros y campesinos mientras en las pantallas se reproducía una y otra vez la imagen del progreso y escuchábamos hasta el hartazgo “spots” sobre el fortalecimiento democrático, la construcción de la paz, de la libertad y de la justicia.
Hoy, nos seguimos encontrando con una dinámica similar: radio, televisión, periódicos y redes sociales nos bombardean con discursos, conferencias y titulares sobre el fortalecimiento del estado de derecho y la protección de los derechos fundamentales. En su contraparte, lo que experimentamos en nuestra vida cotidiana y lo que encontramos en otro tipo de medios, evidencía de que aún existe una enorme distancia entre derechos y hechos: periodistas desaparecidos, arrestos arbitrarios e innumerables manifestaciones racistas y discriminatorias dan muestra de ello.
Nos hemos acostumbrado tanto al discurso, como a su incumplimiento. Compramos en un mismo paquete el ideal de los derechos humanos y la cultura de la violencia. Todo esto nos lleva, a defender de forma irresponsable esta falacia jurídica: “es válido restringir o cancelar los derechos de algunos si eso representa defender los derechos de la mayoría”. Falaz, pues contra la estructura pluralista e incluyente de los derechos humanos, se acepta que la vida de determinadas personas puede estar supeditada a la voluntad o intereses de la mayoría. Así, se sustenta una lógica en la que ciertas personas podrían ser utilizadas como fines.
Esto no sólo es falaz, sino hipócrita y perverso. Hipócrita, porque en realidad lo que se quiere decir, es que los derechos humanos pueden hacerse a un lado cuando éstos estorban los intereses de quienes gozan del monopolio de algún recurso o privilegio. Perverso, porque medios masivos y gobiernos se abrogan unilateralmente el derecho de interpretar los “deseos de la mayoría”, mientras intentan intervenir espacios que en la lógica de los derechos humanos deberían ser infranqueables. Así, leyes para regular la libertad de expresión, para restringir el contenido en internet o para espiar, terminan por entenderse como defensas audaces del bienestar social.
Tienen los medios -ya lo sabíamos- la capacidad de hacernos creer grandes mentiras. Con un “enfoque adecuado” pueden convertir un “pillo de siete suelas” en un defensor atrevido de los derechos humanos. Debajo de la vestimenta de abuelita, estaba un lobo esperando poder abrir el hocico para “comernos mejor”.

