Alejandra Moreno /@achearta81
(24 de febrero, 2014).- ¿Qué es el amor? Qué difícil resulta definir un sentimiento tan amplio. Yo puedo amar un libro, puedo amar mi pijama y puedo amar a mi pareja. Pero hay una gran diferencia entre mi pijama y mi pareja, porque mi pijama no corresponde a mi amor, mientras mi pareja dice que soy lo máximo en su vida. Así que queda claro que sólo otra conciencia con deseos puede verme como alguien deseable o no.
Así que la búsqueda del amor podría ser definida como el deseo de ser deseable para otro. Lo que nos lleva al eterno problema humano sobre el amor: ¿Cuán deseable y amable soy?, y ¿Qué hago para que los otros, los que me importan, me sigan amando y deseando siempre?
Hace algún tiempo los individuos solían encontrar la respuesta en las reglas sociales. Tenías que jugar un papel específico dependiendo de tu género, tu edad, tu estatus social, y lo único que tenías que hacer era apegarte al rol que te había sido asignado por la comunidad a la que pertenecieras. La mujer tenía que llenar unos requisitos para ser elegida en matrimonio. El muchacho tenía que elegir la carrera correcta y seguir las instrucciones de vida que su padre le enseñara, y que él a su vez había aprendido y obedecido de una sociedad patriarcal.
Pero años después esto cambió creando una de las mayores crisis de la humanidad .La modernidad trajo consigo como consecuencia un cambio completo en la manera de vernos y relacionarnos como humanos.
Ahora los individuos somos libres de valorar o rechazar cualquier actitud, cualquier elección, cualquier objeto. Pero ese mismo individuo sabe que los demás tienen la misma libertad de valorarlo o rechazarlo a él mismo también.
En el libre mercado de los deseos individuales las personas negociamos nuestro valor cada día. Un ejemplo sería la ansiedad que puede tener un hombre común. Se pregunta “¿Qué tan deseable soy? ¿Cuánta gente me encontrará deseable y me amará?”. ¿Y qué hace con la ansiedad que esto le genera? Coleccionar y acumular histéricamente símbolos que cree que lo harán más atractivo.
Podríamos llamar a esto tener un “capital de seducción”, lo cual es perfecto en una sociedad completamente basada en el consumismo. Creemos que debemos tener una serie de cosas dependiendo de nuestra edad. Acumulamos objetos, títulos, propiedades para comunicarnos con los otros. Para que nos amen, para seducirlos, para que nos acepten.
No hay nada con un trasfondo menos materialista y sí más emocional que el adolescente que corre a comprar los jeans perfectos para la fiesta en la que estará su crush del mes. El consumismo no es algo materialista, en realidad tiene que ver más con las emociones. No decimos “me sacrificaré dejando las tarjetas de crédito al tope por apoyar el capitalismo”, no, decidimos sacrificarnos en nombre ¡del amor! (lo dice mientras pasa su tarjeta por la terminal de algún establecimiento del Defe).
Basándonos en este análisis del amor contemporáneo, ¿cómo podemos concebir el amor en los años por venir?
Podemos plantear dos hipótesis. La primera sería que este narcisismo capitalista se intensificará y tomará la forma que la sociedad, la moda y las innovaciones tecnológicas vayan presentando. En las páginas para conocer pareja y en las redes sociales uno muestra sus “puntos de capital de seducción”: mi edad, mi carrera, mi estado civil, mi peso y estatura, la universidad a la que asistí, cuantos “me gusta” tiene mi perfil. Claro que en esta carrera de seducción y competencia entre unos y otros generamos la necesidad de una satisfacción narcisista y con ella una gran soledad y frustración.
Pero ¿cómo renunciar a esta histérica necesidad de ser valorados? Bueno, podríamos vendernos y ser valorados también dependiendo de nuestro grado de utilidad. Sí, yo soy muy útil y tú querido lector también. Todos somos útiles para alguien. Esto si nos basamos en la idea de que para ser alguien valioso necesito que los demás me deseen y encuentren valioso, porque si no es así entonces siento que no tengo un valor inherente por ser yo mismo. Todos podemos tener un ídolo, todos podemos querer ser el ídolo de alguien. Fingiendo ser muy cool pero siempre atentos a los ojos que nos rodean.
Creo que si tuviéramos una mayor conciencia de nuestras poses y de lo impostores que podemos ser, nuestras relaciones de pareja serían más sencillas. La histeria de la seducción existe porque quiero ser amada de la cabeza a los pies, quiero ser perfecta para que el otro me ame y pueda entonces sentir que tengo un valor. Pero además quiero que el otro sea perfecto para que no quede duda alguna de que soy alguien perfecto y valioso que es amado por otro ser perfecto y valioso a su vez. Las parejas que se miden así están condenadas a que si en algún momento sucede algo que rompa con esta perfección, su valor baje y tienen que terminar.
En contraste con esta actitud, podríamos encontrar la ternura y la aceptación. ¿Qué es ser tierno? Aceptar la debilidad propia y aceptar la debilidad del otro. No digo que nos convirtamos en dos espantapájaros sin deseos o emoción alguna, no. Pero nada se compara al encanto, la paz y la alegría que brinda la ternura, sentimiento tan poco apreciado y utilizado en nuestros días.
La liberación que produce el reírse de uno mismo y la paz que da el saberse y saber al otro imperfecto me parece la fórmula más genuina y que da mayor disfrute y estabilidad para que una relación de pareja perdure.
Lo humano y bonito que es aceptar que soy imperfecta, que tengo miedos y soy demasiado pequeña como para juzgar al otro y lastimarlo, y viceversa.


