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Carta a Paz

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Por Andrés Piña/ @RHashtag

Poeta:

Un ciprés llora una cascada de flores hermosas, un barco navega y cae por esa misma cascada, de flores psicodélicas y rosas polifónicas, un ciprés sembrado en un barco, unos ojos azules, un beso que no deja de crecer, un canto de quetzal en la selva; la entropía azul de la creación poética. Octavio Paz a cien años de su nacimiento, recitando poesía en los últimos días de la República Española, su “has muerto camarada” se expande en la edad joven de un siglo paradójico y horrible, no terrible sino horrible. Un fresno, un caballo, un fresno lleno de un verde más verde que el verde, un caballo cabalgando por ese color que no termina, que se extiende, que se revuelve y se separa, a veces contrapunto otras veces mole oaxaqueño, unas veces el surrealismo se cuela por la venta en sus poemas, otras veces Ramón López Velarde despunta en la madrugada Zacatecana de Jerez, con olor a estiércol y a perfume de violetas, es esa sombra que cubre la temática de su obra. Octavio Paz escribiendo un poema, Octavio Paz recitando “Piedra de Sol”, “Piedra de Sol” como el poema príncipe de la literatura mexicana, hay otros miembros de la familia real, pero ninguno tiene esa composición rocosa y esa pesadez de luz que se escapa en cada verso. El poema es de una belleza madura, con una acústica elíptica en donde el tiempo es tan relativo, pero tan relativo como los besos de una mujer.

Una historia, una voz que busca un rostro, un rostro que busca un espejo. Un espejo que se encuentra escondido en un laberinto. Octavio Paz a cien años de su nacimiento recitando poesía  en la India. Territorio vedado para los escépticos, para los que no creen. Aquí termina el viaje de Dionisio, una orgia un poema, una línea que viene siendo trazada o dibujada desde su inicio en las columnas griegas, pasando rápidamente por Persépolis y llegando  hasta los territorios perdidos de Kali.

Otro laberinto antes del laberinto, una soledad dentro de otra, una dialéctica que busca aproximarse a la tristeza de saberse producto de dos culturas. Y es que  no vale tanto para un poeta estar plenamente en la verdad, lo que vale es la aproximación, la caricia por debajo de la blusa, la relatividad de los besos, el juego del ir y venir por una muchacha. Octavio Paz renegando de un gobierno y sus puestos, se está mejor con los estudiantes, “agarren maletas que nos vamos”. Los caminos llenos de máscaras, aparentan ser críticas pero están al mismo tiempo llenas de alabanzas, la poesía aquí no se juzga se juzga al poeta, un absurdo que se muerde la cola, la poesía es un ejercicio crítico, el poeta un adicto de poemas no un sujeto a revisión. Ahora viene la decepción, el distanciamiento, el “no me moleste que escribo”.

Al final esto no es un ensayo, ni tampoco una carta, es más bien Séneca hablándole a  Lucilio en la otra vida;  Nerón no está de humor y mañana todos muertos. Una plática, una conversación de la vida a la muerte y de regreso. La lluvia de palabras moja el texto, la poesía por su parte empapa a las palabras. Octavio Paz recitando poesía entre Villaurrutia y Huerta, entre una generación de hojas púrpura que nace y otra generación de hojas púrpura que muere. Octavio Paz el maestro, el fundador de revistas, vuelta plural a la luna en tres tiempos y en barquito hecho con periódico. Octavio el de la foto, el político, el conservador; pero sin embargo su poesía sigue latiendo en la tierra, es lo importante, es lo que verdaderamente vale la pena. Octavio Paz un ciprés que llora una cascada de flores hermosas, un barco que navega, una rosa polifónica.

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