Por Alejandro Melgoza/@RHashtag
Con la llegada de Felipe Calderón Hinojosa a la Presidencia de la República, un nuevo modelo de comunicación se impuso en los espacios públicos: los narcomensajes. Este fenómeno demencial que parecía dar visos de marketing o publicidad criminal -cuyo efecto era y es causar terror entre la población- comenzó a naturalizarse entre la población, el gobierno y los medios de comunicación. Pero este síntoma no ha desaparecido, de hecho ahora mismo impera en la administración de Enrique Peña Nieto, donde siguen siendo un canal comunicativo eficiente para los objetivos del crimen organizado.
En 2006, nadie en México esperaba una estrategia directa contra el narcotráfico. No fue sino hasta el 11 de diciembre cuando el calderonismo inició el “Operativo Conjunto Michoacán” que el país comenzó a acostumbrarse a lpalabras como lebvantón, daños colaterales y guerra contra el narcotráfico. En ese entonces la táctica consistió en desplegar cinco mil efectivos de la Policía Federal (PF) para combatir el crimen organizado en uno de los principales territorios productores de drogas sintéticas.
El narcomensaje, sin duda, fue el nuevo ingrediente psicológico y mediático que sirvió para justificar la militarización en el país. Es en ese contexto que surgió un novedoso cártel de aspiraciones justicieras, llamado La Familia Michoacana, el cual ingresó a la competencia criminal a través de un cuerpo-mensaje inolvidable para los habitantes de Uruapan. El hecho sucedió del siguiente modo: una veintena de hombres armados y vestidos de negro irrumpieron y lanzaron cinco cabezas en la pista de baile del bar Sol y Sombra el 7 de septiembre del 2006.
Allí, el comando también dejó una cartulina fosforescente con el siguiente mensaje: “La familia no mata por paga, no mata mujeres, no mata inocentes, se muere quien debe morir, sépanlo toda la gente, eso es: Justicia divina”. Semejante mensaje abrió una brecha en los medios internacionales, la noticia llegó hasta Europa y México empezó a ser ubicad por esa historia. Hoy es una anécdota más en una región la que acciones semejantes se volvieron costumbre.
Meses antes sucedió un acontecimiento ignorado por los medios de difusión y las fuerzas del orden federal, estatal y municipal. El 20 de abril del 2006 aparecieron dos cabezas clavadas en las rejas de la Secretaría de Finanzas de la Costa Chica, Guerrero, junto con un mensaje: “Para que aprendan a respetar”. Las cabezas pertenecían al comandante, Mario Núñez Magaña, y al oficial, Alberto Ibarra Velázquez, adscritos al Grupo Relámpago. El caso no fue resuelto y con el tiempo se le dio carpetazo.
Durante ese periodo el marketing criminal fue masivo. El catedrático del Colegio de México (Colmex), Gunter Maihold, identificó de junio de 2007 al 27 de octubre de 2008, en artículos periodísticos de 22 estados de la República alrededor de dos mil 61 narcomantas; todas manejaban una lógica discursiva dirigida hacia la ciudadanía, las autoridades y sus rivales.
La reproducción progresiva de narcomantas alrededor de los 31 estados –“no aparecen casi nunca en una sola ciudad o estado”, como indica Maihold, por ejemplo el 2 de febrero de 2010 cuando un presunto mensaje de la Familia Michoacana se reprodujo 48 veces en 21 ciudades de Querétaro, Guanajuato Michoacán y Guerrero– y su constante bombardeo mediático convirtió el tema en un referente del imaginario colectivo. Prueba de ello es el catálogo semántico implementado por los informadores: “levantón, sicario, descuartizado, decapitado, etc”.
Aquí, sin embargo, lo grave, fue que las empresas de información asumieron -y siguen asumiendo- que el nombre del cártel del narcotráfico que aparece en los mensaje pertenece realmente a ese grupo delictivo sin que halla una resolución en las averiguaciones previas, lo cual genera un sesgo informativo importante. Además, las investigaciones de la Procuraduría General de la República (PGR) respecto a los narcomensajes ha demostrado ineficacia y falta de pruebas periciales que acrediten el origen de las mismas.
***
El fenómeno de los narcomensajes no puede reducirse solamente a escritos justificatorios o intimidatorios hechos en cartulinas, papeles, cartones, lonas y mantas que contienen errores ortográficos pues, la representación misma del occiso es un mensaje codificado de acuerdo con los sistemas del hampa. Esto último genera una veta de análisis de sumo interés respecto al significado de estos mensajes.
Por ejemplo, las decapitaciones se hicieron frecuentes a partir del año 2006, cuando Felipe Calderón Hinojosa tomó la Presidencia, sin embargo, existen casos previos bastante emblemáticos. Un de ellos es el del narcotraficante, Héctor “El Güero” Palma Salazar, que recibió la cabeza de su esposa en una bandeja. Esta accion en particular es interpretada por algunos especialistas como si se tratara de decir: “aquí la única cabeza somos nosotros”
En este mismo sentido, el psicólogo y criminólogo de la Dirección de Servicios Periciales de la Fiscalía General del Estado en la zona norte, Alfredo Velasco Cruz, exlica que los tiros de gracia, que funcionan con una muerte rápida y poco dolorosa, o bien, el hecho de que los individuos conserven su ropa y cada parte del cuerpo en su lugar, demuestra una señal de respeto por el cuerpo abatido. Por lo que las mutilacione, decapitaciones y laceraciones implican un desprecio incalculable por la víctima y por su humanidad.
Siguiendo esta idea, hay quienes, observando la forma de actuar de las mafias más importantes del mundo, han especificado con claridad el significado de múltiples acciones delictivas. Por ejemplo, los encajuelados y encobijados –que en ocasiones aparecen en vialidades con el rostro cubierto o amarrados con cinta adhesiva– significan la anulación de la humanidad de la víctima; el desmembramiento de cada extremidad del cuerpo, las posturas de éste, el lugar en donde se abandona a los individuos ultimados son una manera de exhibirlos como trofeos; las uñas de las manos del individuo pintadas expresa que no era tan valiente; una lengua cortada da a entender que en vida el asesinado fue un soplón; los dedos son cercenados, por último, de que el sujeto en cuestión era ladrón y las orejas cortadas denota que era un testigo incómodo.
Sin embargo, lo que resulta más intrigante en México es que la exacerbación de la violencia “elimina la simbología” usada, por ejemplo, por mafias italianas como Cosa Nostra o La Ndraguetta, así lo apunta el antropólogo y especialista en narcotráfico, Edgar Morín Martínez. Dsde su perspectiva tanta violencia terminó por quitarle sentido a estas codificaciones utilizadas inicialmente por las células sicilianas.


