Norberto Emmerich (Investigador Prometeo – IAEN – Ecuador)
y Joanna Rubio (Universidad de Guadalajara)
*Artículo de opinión
(25 de marzo, 2014).- El narcotráfico en Rosario, una importante ciudad de la República Argentina, tiene estrechos vasos comunicantes con México, el país que parece ser el epicentro del narcotráfico en América Latina. La tendencia internacional es ver a este país como un campo de batalla en el que el Estado libra un combate contra los grupos delictivos y, de una manera muy mexicana, contra sí mismo. Pero el fenómeno del narcotráfico no se puede comprender desde una exclusiva perspectiva localista y nacional. Es necesario establecer un vínculo exhaustivamente estudiado sobre las condiciones internacionales que permiten su supervivencia y expansión.
En el sur de nuestro continente encontramos uno de los ejemplos más esclarecedores de esa tendencia expansiva del narcotráfico, en la República Argentina. La Ciudad de México está separada de Buenos Aires por una distancia de 7 mil 392 kilómetros, aunque las redes de narcotráfico creadas en Sinaloa por Joaquín Guzmán Loera, “el Chapo”, se extienden sin dificultades hasta la región noroeste de la Argentina, específicamente a las provincias de Chaco, Formosa, Misiones y Santa Fe. La razón de que los cárteles mexicanos busquen hacer negocios en Sudamérica obedece a una lógica de diversificar posiciones y minimizar riesgos, además de aprovechar la efedrina y la pseudoefedrina de la industria farmacéutica argentina.
Bajo esta lógica, no sólo se ha establecido una incipiente base patrimonial y productiva del cártel de Sinaloa en el noroeste de Argentina sino que también hay atisbos de presencia de los Zetas en Córdoba y Santa Fe. En contraposición con los cárteles colombianos que tenían presencia en el norte de Argentina desde la década de 1990, los cárteles mexicanos iniciaron una clara expansión a partir del reciente año 2007.
Argentina no ha sido ajena a los numerosos vaivenes que el tráfico de droga ha sembrado a lo largo de América Latina. Es el tercer país con mayor número de crecimiento en drogas inyectadas entre población de 15 a 64 años, desde 2008 hasta 2011, según la UNODC. La relación entre Argentina y los cárteles mexicanos surge, según lo afirma el periodista Daniel Santoro, entre los años 2005 y 2006 a raíz de las restricciones cada vez más fuertes que impone México a la importación de efedrina y pseudoefedrina. Según Santoro, Argentina importaba habitualmente un promedio de 100 toneladas anuales de efedrina para la industria farmacéutica hasta que las importaciones comenzaron a crecer hasta alcanzar volúmenes de 700 y 800 toneladas.
Rosario
¿Por qué es relevante hablar del narcotráfico en la ciudad de Rosario? Porque las cifras de criminalidad alcanzaron cifras alarmantes en el año 2013, cuando se cometieron 256 asesinatos, 42 por ciento más que en el año 2012. La cifra duplica el promedio de los últimos cuatro años. En octubre de 2013, la casa del gobernador de Santa Fe, ubicada en la ciudad de Rosario, recibió 14 disparos de parte de una banda criminal.
Cantidad de homicidios dolosos, ciudad de Rosario
La escalada de violencia está relacionada con el aumento en la actividad de tráfico de droga y los conflictos de dominación territorial que acompañan el crecimiento. El escenario que se vislumbra en la ciudad santafesina se encuentra enmarcado en un contexto que concibe a la Argentina como un trampolín para la exportación de drogas. Rosario, por esta razón, resulta un punto geográfico estratégico, por ser el cruce de diversas conexiones internacionales y tener acceso a una amplia hidrovía fluvial. La provincia de Santa Fe tiene 21 puertos privados y 4 públicos. Sumado a esto, si bien Rosario es una ciudad grande, no recibe la atención que tiene Buenos Aires en cuanto a la concentración de los diversos recursos federales.
Hay algunas reflexiones para hacer respecto a la violencia derivada del narcotráfico en la ciudad de Rosario, a fin de no sacar conclusiones impresionistas.
En primer lugar, Rosario es una ciudad de un millón 100 mil habitantes. Como bien explica el sindicato policial de Santa Fe, mientras el centro de la ciudad vive con indicadores del primer mundo (7 homicidios cada 100 mil habitantes) la zona sudeste está asediada por tasas abrumadoras.
En segundo lugar, a la hora de justipreciar los índices de violencia, no deben tomarse en cuenta sólo las tasas de homicidios dolosos, sino también las de heridos. Frente a un 5 o 10 por ciento de homicidios dolosos, hay un 90 o 95 por ciento de eventos en el que el atacado elude el resultado fatal. Se trata de las personas con heridas de bala o con arma blanca. De no hacerlo así, el estudio de los homicidios dolosos adquiere un cierto carácter fetichista, desprovisto de un contexto social y de un carácter explicativo.
En tercer lugar, la simple “cantidad” de homicidios dolosos da una imagen abstracta y estadística de la violencia en el lugar, pero no adelanta indicadores que permitan comprenderla. Para responder esta pregunta se necesita saber el contexto en el cual cada homicidio fue cometido. Allí se verá que sólo unos contados homicidios son verdaderamente reveladores de una construcción política subyacente, de un proceso de construcción de autoridad, el ambiente en el que el crimen organizado surge.
Las altas tasas de homicidio en Rosario no son un fenómeno que ocurre en “toda” la ciudad, sino preponderantemente en el sector sudeste, en la jurisdicción de las comisarías 11°, 15° y 16°.
La guerra concreta y física que se desarrolla en Rosario consiste en el enfrentamiento entre la banda de Los Monos contra la banda de Los Garompas, conflicto también vinculado a la interna de la barra brava del club de fútbol local, Newell’s Old Boys. Por supuesto que la violencia en Rosario es mucho más que esa guerra, pero sólo existe y tiene razón de ser en virtud de esa guerra.
El diario inglés The Independent decía en febrero de 2013: “siendo poco más que un lugar de tránsito, Argentina había escapado a lo peor de la violencia relacionada con las drogas que ha afectado a muchos países de América del Sur durante décadas. Ahora, los efectos del tráfico de drogas son cada vez más visibles, especialmente en Rosario, que está adquiriendo rápidamente el título desfavorable de capital “narco” de la Argentina. Sólo en las primeras semanas de 2013, hubo unas 20 muertes en Rosario, la mayoría de ellas personas inocentes atrapadas por el fuego cruzado. La tasa de homicidios en la ciudad que bordea el fangoso río marrón Paraná es casi tres veces el promedio nacional, y el 70 por ciento de los asesinatos del año pasado se cometieron con armas de fuego”.
A primera vista encontramos en los barrios del sur de Rosario los ingredientes de una guerra predatoria:
Asesinato de militantes sociales del movimiento Evita, como parte de la limpieza de las formas autónomas de organización de la población en el territorio. Las iniciativas de comedores populares y programas para sacar a los chicos de la calle fueron atacadas reiteradamente. La presencia de organizaciones de la sociedad civil implica una ausencia institucional del Estado, lectura de debilidad que el narcotráfico hace con rapidez.
Legitimación del crimen organizado con la incorporación y cooptación de sicarios: con el pago de un salario de $150 diarios el narcotráfico ensaya su capacidad de organizador social de la población adolescente, el sector etario que conforma su mano de obra. Esta capacidad se ve exacerbada por el acoso sobre el control territorial, ya que todo ataque sobre el centro de control implica la expansión del “lenguaje comunicativo de la violencia”. Las guerras predatorias contra territorios consolidados tienen un fuerte componente “organizado”.
Participación segmentada de las fuerzas policiales en la protección del crimen organizado. Al tratarse de un territorio en disputa la participación policial queda entrampada en la “inteligencia” del narcotráfico, que sesga la información y capitaliza los apoyos políticos. En el asesinato del “Pájaro” Cantero, líder de Los Monos, no estaría ajeno el interés político de beneficiar a los Garompas, quizás como una forma de “estandarizar” el crimen organizado y buscar mecanismos de autorregulación. Este comportamiento es congruente con las políticas de gerenciamiento de la seguridad y con la “tendencia histórica por la cual cada fuerza o cuerpo policial, o cada sector o agrupamiento de una misma institución policial, formula e implementa sus propias estrategias y acciones de control del narcotráfico”.
Fuerte incremento interanual de las tasas de homicidio y de heridos con arma blanca y arma de fuego. El crecimiento no es atribuible solo al narcotráfico, pero la guerra predatoria originada por el narcotráfico produce una síntesis conductual de los conflictos sociales, que tienden a expresarse por vía criminal. El factor simbólico de emulación se vuelve importante.
En el caso argentino los nuevos fenómenos predatorios de guerra de bandas suelen involucrar a barras bravas de los equipos locales de fútbol, personajes altamente visibles que actúan en los niveles dirigenciales del crimen organizado, con fuertes apoyos institucionales a nivel nacional y oficial.
Rosario es el vivo ejemplo de la incursión de las redes delincuenciales en los sistemas de cumplimiento de la ley (law enforcement). Cuando las policías entran en la dinámica de control local de los grupos delincuenciales, lo que habitualmente se llama “gerenciamiento de la seguridad”, la impunidad y la corrupción se vuelven el principal insumo de supervivencia de las organizaciones del crimen organizado. La generación de economías de escala crea cadenas productivas que le dan valor agregado a las drogas y la ilegalidad se vuelve el velo perfecto para la constante producción y reproducción de la corrupción y la negligencia de las autoridades encargadas de hacer valer el Estado de Derecho.
¿Cuál es la conexión real entre la corrupción y la política en un contexto de expansión del narcotráfico? En aquellas geografías donde el narcotráfico se asienta con fuerza, como es el caso de la ciudad de Rosario, trabaja como si fuera una institución y la sociedad se adapta a las nuevas condiciones impuestas por el narcotráfico para poder subsistir.
El origen del narcotráfico se encuentra en la debilidad del Estado de Derecho, a partir de allí las características perniciosas del tráfico de drogas echan raíces y comienzan a transformar las instituciones en favor de sus objetivos organizacionales.
Debemos enfatizar en este punto la distinción entre narcotráfico y tráfico de drogas: el narcotráfico implica una mutación desde el proceso de acumulación primitiva de capital a una acumulación normal. En consecuencia se apodera del espacio público y se institucionaliza hasta llegar a convertirse en un ente políticamente determinado. Finalmente la sociedad termina interiorizando la violencia resultante hasta que ésta se convierte en un escenario habitual.
En cambio cuando el tráfico de drogas se concentra exclusivamente en la venta de estupefacientes la problemática resultante es un problema de salud pública. En estas circunstancias el narcotráfico penetra las instituciones del espacio local y obtiene márgenes operativos suficientes para seguir creciendo, pero no se convierte él mismo en una institución.
En Rosario el tráfico de drogas se transformó en narcotráfico cuando llegó a ser un agente económico de la ciudad, moviendo un volumen de Producto Interno Bruto (PIB) de 250 millones de dólares anuales. Cuando el Estado combate al narcotráfico a través de la violencia para mantener su monopolio de la fuerza, el resultado siempre ha sido una lucha vertiginosa del primero por sobrevivir y del segundo por no perder su legitimidad.
El anonimato y el silencio en el que el crimen organizado se movía habitualmente parecían no afectar a nadie, más que a los directamente implicados. Ahora, el asesinato a la luz del día y en la vía pública se ha convertido en un espectáculo diario. El anonimato se convirtió en una estructura de cinismo político donde nadie es enjuiciado, donde sólo hay detenciones esporádicas y decomisos planeados y acordados. Todo es parte del show televisivo.
El Cartel de Sinaloa logró sobrevivir a la fallida guerra contra al narcotráfico del expresidente mexicano Felipe Calderón, llevando parte de sus empresas a Argentina, donde gracias a distintas complicidades ayudó a preservar tanto su dominio en México como la expansión de sus fronteras al sur, ya que el principal principio de sobrevivencia del narcotráfico en un país fronterizo con EE.UU. es no presionar sobre el monopolio estadounidense.
El narcotráfico nace de las contradicciones del capitalismo, un sistema que por un lado busca la libertad individual y por el otro penaliza actividades que corresponden completamente a la elección racional individual. Luchar contra el narcotráfico de forma violenta y con discursos de guerra sólo genera más violencia. La pobreza y la marginalidad son un semillero de nuevos y más violentos circuitos criminales.
La prohibición y penalización del consumo, posesión y venta de estupefacientes no ha sido nunca la solución, porque el problema no son las drogas. El problema son las crueles asimetrías entre las clases sociales, el hambre expuesto a la opulencia, la casa de cartón enfrentada con la mansión. Los vacíos del Estado, que alimentan y legitiman a estos “Estados” paternalistas fallidos, han permitido que esos vacíos sean absorbidos por el crimen organizado, creando la ilusión de que el crimen es la solución y que, por lo tanto, acciones solidarias como construir iglesias evangélicas sean suficientes para que la sociedad se convierta en cómplice del narcotráfico y se adormezca en el espectáculo criminal. El Estado siempre opta por desconocer al crimen, hasta que éste comienza a politizarse en forma autónoma.
Esto nos plantea la siguiente pregunta: ¿por qué la primera actitud de los gobiernos es ignorar al narcotráfico? Porque mientras las complejas redes de complicidad y corrupción no sean evidentes y sea posible ocultarlas en complicidad con los medios de comunicación, el silencio y la invisibilidad son mecanismos de mutua conveniencia.
Queda claro que la agenda política de los medios de comunicación funciona inteligentemente en la elaboración de la sintaxis del discurso. El narcotráfico nunca es presentado como un asunto político donde se evidencie la relación siamesa de corrupción entre las grandes esferas de la política y las sucias esferas del crimen organizado. Basta tomar cualquier periódico de Rosario, como el diario La Capital. El narcotráfico está arrinconado y encasillado en la sección policial, reduciendo así la importancia de los factores que han propiciado la evolución del narcotráfico a meros fenómenos de deficiencia en la aplicación de políticas públicas de seguridad.
El discurso combativo del gobierno para hacer frente al narcotráfico, discurso que los medios de comunicación repiten como eco sempiterno, está cuidadosamente diseñado para responder de manera acorde a la agenda política gubernamental. Los medios no señalan el error perpetuo de las políticas públicas argentinas y mexicanas contra el crimen organizado, y dejan indemne a las autoridades, que nunca son las responsables. Siempre se señalan las fallas de los actores individuales, independientes de la maquinaria institucional que les da origen y sentido. Si un policía es corrupto, sólo ese policía será inculpado pero el orden policial seguirá funcionando inmaculado.


