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Culto a la “Santa Muerte” en el Estado de México (Parte 2)

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Por Mónica Zamudio Gómez

Sus fieles 

(24 de abril, 2014).- Abordan al templo más de cien personas, algunos con toda su familia, otros llegan una hora antes de que empiece la comunión para alcanzar sillas. Se ven varios niños, algunos todavía en carriola y otros en brazos, también asisten adolescentes, jóvenes de no más de veinte años.

Predominan los adultos jóvenes con familias pequeñas, uno o dos hijos, casi no participan adultos mayores, apenas unos cinco o seis; entre ellos platican y acomodan sus figuras en una mesa, otros aprovechan y se dirigen al negocio esotérico a comprar alguna veladora.

La mayoría entra cargando alguna estatuilla o imagen. Afuera, se halla fumando Alberto con su hermano menor mientras esperan que empiece la comunión. Ellos vienen cada que pueden, Alberto lleva 10 años creyendo en la Santa Muerte y su hermano tres. Dice en entrevista que empezó a creer en ella a raíz de un accidente que le provocó heridas muy graves.

“Mira, aquí está la herida”, dice Alberto y enseña la cicatriz en su cuello, “estuve muerto por un rato y regresé”, esa es la razón por la cual se volvió devoto de la Santa Muerte después de ser católico, como la mayoría de estos creyentes.

Pasando las 12:00 horas, un camión con dirección a Villa de las Flores hace parada frente al santuario, baja un hombre delgado cargando una imagen de la Santa Muerte con un fondo rojo y collares de colores alrededor. Viste con pantalón de mezclilla, camiseta blanca sin mangas que deja ver su tatuaje en el pecho, tirantes, cadenas doradas y un sombrero. Desciende y prende un cigarro, lleva una loción que llama la atención de quien pasa junto a él. Se abstiene de mencionar su nombre, pero siempre se comporta amable. Dice que lleva tres años de fidelidad a la Santa Muerte y cada domingo le lleva flores, veladoras o fruta.  Él nunca la ha visto, ni siquiera en sueños como cuentan otros de los creyentes, pero afirma que le ha cumplido todas sus peticiones, “lo que yo le he pedido… así a lo visto (sic.) yo no le pido cosas grandes”. Cuenta que su primera petición fue que cesaran sus problemas con la justicia: “los policías donde quiera me agarraban”; no dice por qué, sólo menciona que una de las razones es fumar marihuana. Señala que siempre ha cumplido todo lo que le solicita aunque sean asuntos “pequeños”. Este señor acude, como muchos otros, cada domingo a dar gracias a “su santa”.

La madrina y la comunión

Es domingo, casi las 13:00 horas, la gente ya está reunida dentro del santuario y otros esperan afuera. Minutos después arriba un automóvil Platina color plateado, lo maneja Enriqueta Vargas, la madrina del templo. La gente le abre paso y ella baja el vidrio; las personas se quieren acercar a ella, la saludan, quieren hablarle, tocarla… es como una luminaria.  Enriqueta se muestra sencilla, saca la mano por la ventana y saluda a todos “¡hola muchachos, qué bueno que están aquí!” les dice a un grupo de jóvenes. Entra al templo aún en su vehículo, se aproximan algunos trabajadores y le ayudan. La madrina baja sonriente, viste una blusa y mallones blancos, trae muchos collares de distintos colores y un sombrero. Le proporcionan un micrófono, a veces de diadema y otras veces inalámbrico; este último fue el que usó aquella vez.

Prende el micrófono y saluda a todos: “Me da mucho gusto que estén aquí”, dice con una voz fuerte, pero no agresiva; al contrario, lo hace en un tono amable. Recuerda a algunas personas y les comparte que se siente contenta de verlos otra vez. La madrina no es como otro líder de religión, ella se relaciona con sus seguidores, se acerca, los toca, habla con ellos; enseguida una mujer se acerca y le regala una pulsera, Enriqueta le agradece y la muestra a todos.

Comienza contando sobre Jonathan, su hijo, y sobre una veladora nueva que acaba de llegar, comentó que es un coctel de bendiciones, la veladora tiene cuadros de colores dentro y en el envase de vidrio la imagen de Jonathan, el padrino, junto con una oración.

La comunión que es un tipo de misa, inicia llamando a la Santa Muerte, dos hombres se acercan al altar debajo de la imagen de 22 metros, tocan el tambor y hacen sonar un palo de lluvia: “vamos a ver si nuestra niña tiene aire hoy” comenta Enriqueta. A continuación soplan un tipo de cuerno y lo hacen sonar. La madrina menciona que en ese momento todos los presentes son iguales, que no existen policías, rateros ni trabajadores, luego pide que recen un Padre nuestro, toma un engargolado de pasta negra, un hombre hace sonar una campana similar a la que utilizan en las misas católicas y ordena que todos se hinquen, para proceder con una petición para que la Santa Muerte proteja a todos: “por los asesinos, los navajeros, los pobres y los incongruentes”.

Indica que alcen las manos hacia el cielo, la gente se pone de pie y rezan otro Padre nuestro y un Ave María, luego oraciones dirigidas a la santa, que ella dice y los fieles repiten: otro Padre nuestro y después otro modificado hacia la “niña blanca”, y ruegan porque “la muerte” venga por ellos en el momento indicado y que mueran sin dolor. Posteriormente la madrina demanda a los presentes unos minutos de silencio por todos los hermanos y suena una canción con cantos parecidos a los cristianos, esta última parte lo hacen hincados con las manos al pecho y los ojos cerrados; mientras tanto Enriqueta les da ánimos diciendo que la santa les ayudará a salir adelante en tanto que les toca la cabeza.

Al final una familia le solicita a la madrina que bautice a su hijo, ella accede, toma una vez más el engargolado, ordena que se acerquen los papás, familiares y padrinos. Lo bendice y toma una vasija con agua bendita y pétalos de rosa, coloca un poco con una especie de concha y la vierte sobre la cabeza del niño; éste no llora, sólo la mira; todos aplauden y toman fotos del festejo.

Guadalupe Jazmín es la madre del niño, una madre joven, está acompañada de sus papás y carga a su bebé en brazos. Al preguntarle la razón de bautizarlo de ese modo señala que su marido es creyente desde antes de casarse, y que además es una forma de agradecimiento, ya que todo su embarazo fue muy complicado.

–¿Toda la familia es creyente?

–Sí –responde Guadalupe y su madre, que son interrumpidas por un “no” tajante del padre, quien dice no creer en la Santa Muerte.

La madrina se despide de todos y los llama a que hagan una fila frente a ella quienes quieran la bendición, se forma una larga fila y éste momento se alarga más de media hora. Así concluye una comunión normal de domingo en el santuario.

Enriqueta Vargas está a cargo del templo desde el asesinato de su hijo, ha escrito libros donde cuenta la historia del mismo. Recuerda a Jonathan en todas las comuniones y comenta a sus fieles que él los cuida a todos. Enriqueta confía en su santa y les reclama a los asesinos de su hijo “dispárenme aquí –en la cabeza- porque aquí –señala el corazón- ya lo hicieron”.

La niña blanca vecina que, después de seis años, se convirtió en parte del paisaje urbano de esa avenida larga de carriles reducidos, la vía López Portillo, es el templo internacional de la Santa Muerte, que da cabida a los que no la encuentran en otros lugares; el templo donde, según los fieles, dentro todos son hermanos, hijos de Dios y de la Muerte.

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