(24 de abril, 2014).- Durante mis años de universitario, un amigo me contó una anécdota sobre los inicios de Elena Poniatowska en el periodismo. Según la historia, una jovencísima Elena fue enviada por el medio en que trabajaba a entrevistar al pintor Diego Rivera, en cuya casa se presentó sin haberse preparado adecuadamente, por lo que abrió la entrevista con la cándida pregunta “¿Y usted quién es?”.
Lejos de ofenderse por la falta de respeto a su figura, el maestro decidió tomárselo con humor y seguirle el juego, se dice, debido a la belleza y la juventud de la reportera –quienes crecimos con la imagen de Poniatowska como una venerable anciana olvidamos fácilmente que fue una jovencita encantadora. Así se publicó la entrevista y, debido al éxito que tuvo el formato “inocente” de preguntar a un figurón por su identidad, la periodista decidió hacer del desliz una fórmula para ulteriores encuentros con los personajes de la época.
La anécdota es, por supuesto, falsa. En el México de los años cincuenta era imposible ignorar quién era Diego Rivera, y mucho más para la joven Poniatowska, cuya tía Pita Amor había sido retratada por el muralista en un óleo al desnudo. Sin embargo, no deja de reflejar la realidad de Elena y la del México de entonces, pues en aquella entrevista Poniatowska tuvo que llevar a su madre en calidad de chaperona preocupada por lo que el fauno que pintó a Pita pudiera hacerle a una espigada veinteañera.
Aquella entrevista tuvo lugar en 1953 y en las más de seis décadas transcurridas desde entonces Elena Poniatowska Amor no ha dejado de ejercer el periodismo con la inquieta curiosidad que da el tener siempre preguntas y nunca certezas: quien tiene respuestas no investiga, predica; no inquiere, ordena. En un continente donde, como dijo hace un par de días la escritora, el periodismo se ejerce desde la indignación, la labor del verdadero periodista no puede ser otra que la de inquiridor del poder.
Si me hice periodista es porque sólo he tenido preguntas, nunca certezas. De lo que sí estoy segura es de mis intenciones. Siempre me han atemorizado los juicios devastadores, los que descalifican, los que condenan, los irascibles, los defensores de verdades absolutas o los que se atreven a ir en contra de la integridad de los demás. – Elena Poniatowska.
Aunque su obra literaria arrancó a la par de su labor periodística –su libro de cuentos Lilus Kikus fue publicado en 1954–, su consagración en la crónica y el reportaje fue mucho más temprana que la que habría de alcanzar en la narrativa y el ensayo. Formada entre una generación de brillantes creadores mexicanos o asentados en México, Elena ha sobrevivido a Paz, Monsiváis, Pacheco, Mutis, Castellanos, Ibargüengoitia, Carballo, Fuentes, García Márquez, de los cuales muchos fueron amigos.
Esta convivencia con los grandes nombres de las letras latinoamericanas no obstó para que la ganadora del Premio Internacional de Novela Rómulo Gallegos 2007 se mantuviera siempre al pie del cañón en el oficio de consignar, considerando uno de sus aciertos “el no ningunear el periodismo; el siempre pensar que el periodismo tiene un valor. Siempre nos dicen que el periodismo es una subprofesión, que recogemos la voz de los demás, porque no tenemos nada que decir; que nos tragamos lo de los otros. Creo que no es cierto. Una de las cosas importantes del periodismo en México ha sido documentar al país. […] valoro mucho el periodismo, valoro que el entrevistado se sienta reconocido, que es amado, que es apreciado”.

Lo que sí lamentaba Elena Poniatowska todavía en 2002, a sus setenta años, era el no haber contado con una vida académica, pues ella misma admitía “no soy universitaria, estudié en un convento de monjas, una especie de high school, y párale de contar”. Por suerte para las letras, el talento no requiere de un título, y hoy la aristócrata sin alma mater es la cuarta mujer y la quinta persona de nacionalidad mexicana en ganar el del Premio de Literatura en Lengua Castellana Miguel de Cervantes 2013, considerado –no sé por quién, pero así lo dicen las notas periodísticas– como el Premio Nobel de las letras hispánicas.
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Una peculiaridad de este premio instaurado en 1976 es su preponderancia españolista: aunque reconoce la creación literaria de todos los autores hispanoparlantes, la mitad de los condecorados tiene nacionalidad española. También es un galardón masculino, pues sólo 4 de las 39 personas que lo han recibido son mujeres, una por cada diez hombres. Antes de Poniatowska, fueron Premio Cervantes la española María Zambrano (1988), la cubana Dulce María Loynaz (1992) y la también española Ana María Matute (2010).
Ninguna de ellas es periodista. María Zambrano fue una filósofa y ensayista fuertemente influenciada por su mentor José Ortega y Gasset. Zambrano desarrolló la mayor parte de su carrera exiliada del régimen franquista: durante los 44 años que van de 1940 a 1984 no pudo pisar el suelo de su país, al que volvió para pasar los últimos años de su vida en medio de una incesante vida como pública e intelectual.

Loynaz Muñoz y Matute Ausejo son ambas narradoras, aunque Loynaz cultivó también la poesía. Matute es, de las tres primeras mujeres que recibieron el Cervantes, la única que vive aún. Loynaz y Matute comparten la pasión por viajar, aunque la cubana sólo pudo satisfacerla en su juventud y la española en su madurez. Ambas fueron marcadas por las grandes conflagraciones políticas que vivieron sus países en el siglo XX; para Dulce María Loynaz su apoliticidad ante la omnipresente realidad de la Revolución Cubana significó un autoaislamiento de la vida pública y una falta de reconocimiento dentro de su propio país –esto no quiere decir que haya sido ignorada, pues recibió varios premios del gobierno cubano–, mientras la obra literaria de Ana María Matute quedaría profundamente marcada por los intentos de asimilar la realidad tremenda de la Guerra Civil Española que vivió en su niñez.
Quizá sea un involuntario homenaje a la cultura española, tenazmente cristiana todavía, el que las tres primeras galardonadas llevaran por nombre el de María. Quizá sea involuntario reconocimiento a los nuevos vientos que soplan desde este lado del Atlántico el que a Poniatowska no le haya cabido el María en medio del Hélène Elizabeth Louise Amélie Paula Dolores con que la registraron al nacer, en 1932.




