(25 de enero, 2014).- Miro a mi abuelo leer el periódico, su mirada asombrada, pues la noticia era sobre el lugar donde vivimos. “Se descubrió una narcomanta en un puente peatonal del municipio mexiquense de Cuautitlán Izcalli, suscrita presuntamente por el Cártel del Golfo en la que anuncia que emprenderá una `limpia´”.
Esto movilizó a las autoridades federales y estatales hacia ese núcleo urbano que en lo que va del año registra más de 40 ejecuciones relacionadas con la venta de drogas y 27 secuestros, de acuerdo con los últimos reportes del diario Reforma, en la administración del alcalde Karim Carvallo. A esto se le suman los más de dos mil ejecutados en 14 meses del gobierno de Eruviel Ávila en el Estado de México, según el semanario Zeta.
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Son las 5 de la tarde, esa hora donde la escuela ya la había olvidado, la comida ha hecho digestión y la tarea era cosa del pasado. Me dispongo a buscar ese balón re parchado. Salgo corriendo porque estoy decidido esta vez a ganarles a los hijos de doña Catalina, sin embargo, me obstruyen el paso esas manos frágiles envueltas de una piel áspera, algo sucias de tener que estar pasando productos por una máquina registradora: es mi madre, una mujer soltera de mirada firme y sentimientos rotos.
–¿A dónde crees que vas pequeño vago?, ¿ya terminaste de comer?, ¿le has ayudado a tu abuelo a limpiar la mesa?, ¿Me estás escuchando? -me interroga incesantemente.
La marea de preguntas cotidianas llega a mis oídos, con el mismo objetivo de irrumpir la final de los equipos que se lleva a cabo en la cuadra.
Es lunes y el día más importante porque habrá reta en la calle. Todos guardábamos nuestro “domingo” para apostarlos en la cancha. Los perdedores deberán comprar los refrescos y los ganadores disfrutarlos con exageración. Pero pobre de ti si te portaste mal y tu papá, abuelo, tío o novio de tu madre no te ha dado, porque si llegas sin un peso automáticamente te toca una “pamba china”, que te lleva a una muerte de vergüenza y dolor.
Empieza el juego, todos gritan, corren y se revuelcan en el asfalto, sin pensar en la regañada que sus madres les meterán, en cuanto regresen a casa. Sentado en la banqueta soy el afortunado de cuidar los diecinueve pesos recaudados, para los ganadores. Los meto dentro de mi cachucha y los abrazo con fuerza para que ningún gañan de calles traseras me los quiera arrebatar.
El partido está muy reñido, los hijos de doña Catalina deseosos por la victoria, meten mano, empujan y piden penal a la primera oportunidad. El sol me está derritiendo, empiezo a odiar el olor que desprenden las monedas calientes y mi boca seca pide a gritos algo para beber.
Volteo y a unas casas detrás de mí está “La clarita”, inmensa miscelánea llena de refrigeradores adornados por todo tipo de bebidas gasificadas, de todas las marcas, sabores, precios y tamaños. No lo pienso más, me adentro en la majestuosa tiendita, surtida de cosas deliciosas que mi abuela odia verme que las ingiera.
Dos anchos pasillos y un mostrador creado por los refrigeradores de lácteos, donde se encuentra el señor “Charly” que continuamente se le puede ver contando grandes cantidades de dinero. Observo los refrigeradores más de tres veces, no puedo elegir si comprar un refresco barato que nos llenará de azúcar, o algo refrescante pero de menos mililitros.
El señor Charly con mirada fija y voz golpeada, me tira un grito: “Niño si no vas a comprar nada, largo de aquí, no quiero verte robando, porque juro que te doy una paliza”. Esto me pone muy nervioso, miro mi reloj y por el tiempo que he pasado, seguro mis amigos me han de estar buscando.
Tomo una decisión rápida, comprar un refresco marca Jarrito color rojo, que su sabor está compuesto por más de tres frutas, las que mi abuela me dice siempre que debo de comer por día.
No alcanzo la botella con facilidad pues mi estatura es algo escasa. Me faltan 2 centímetros para obtenerlo, cuando un grito, me espanta. Pienso que son mis amigos armados con palos y piedras para darme una golpiza, pero no es así, al asomarme entre el pan Bimbo, me fijo que son dos jóvenes vestidos de negro, gorras y lentes obscuros. Uno es alto, delgado, con expresión de odio, éste apunta al señor “Charly”; el otro es chaparro, panzón y a simple vista se le nota nervioso. No sé qué hacer, las personas que están escogiendo que comprar se tiran al suelo, haciendo ademanes que ni ellos mismos comprenden, Don Charly mueve la cabeza de un lado a otro, en forma de negación.
El delgado toma a una señora por los cabellos, la levanta y le apunta con el arma: “Dame todo lo que traigas vieja, no estoy jugando”. El otro toma su bolsa y la empieza a revisar, obteniendo un monedero.
Don Charly permanece inmóvil con cara pálida mientras sigue diciendo no, con la cabeza, manos y gritos. Hay un joven tirado con el celular en las manos, éste es pateado con un exceso de fuerza que hace que rápidamente suelte su aparato móvil, después se lo arrebata por aquel joven que llevaba el arma en las manos. Yo estoy escondido entre el pan dulce y los cereales, no hago ningún movimiento más que observar y morir de miedo.
Suena el primer balazo, un ruido que nubla mi oído, deja un silbido en mi cabeza, que me hace brincar del pan dulce a la vitrina cerrada, que guarda las bebidas que alegran al novio de mi madre y ponen a cantar a mi abuelo.
Desprotegido y con más miedo que al principio me percato del techo, un hoyo profundo, que fue el resultado de aquel estrepitoso ruido. Los dos jóvenes se brincan los refrigeradores, empiezan a golpear a Don Charly, le tratan de quitar su gran fajo de dinero; éste, renuente se zangolotea como un pez fuera del agua, entonces, el asaltante armado con expresión de odio, coloca el arma sobre la cabeza de su víctima.
–Ya gordo caite (sic.) con todo si no quieres ver tu vida pasar–le gritan a Charly.
El segundo balazo llega, acompañado de un grito desgarrador, éste le ha dado a Don Charly, hace que se desparrame en su silla y con el hombro lleno de sangre. El asaltante le quita el dinero y escapa rápidamente del mostrador, el segundo asaltante no puede dejar de ver la sangre, espantado le propone ayudarle. Se escucha de nuevo esa voz firme y violenta.
–¿Qué diablos haces?, ¡vámonos ya!
Salen corriendo, los perdí de vista pero mis oídos se percatan de un escape de moto que rápidamente se va desapareciendo.
Mis ojos no creen lo que estaba pasando, mis piernas tiemblan, mis manos sudan y mi pansa se agita, quiero vomitar los nervios que me están carcomiendo. Todo fue tan rápido que sigo pensando que lo he imaginado a consecuencia del sol.
Pero no, es real, el señor Charly se está desangrado, la señora llora y el joven recuerda con furia “las madres” de los asaltantes, con las famosas mentadas. Luego de unos minutos, él mismo le marca una ambulancia.
Después de permanecer un rato inmóvil salgo del lugar, dejando atrás los gritos de dolor que produce un arma. La gente fisgona, las patrullas y policías rodean el lugar.
–¿Niño, tú estabas adentro cuando ocurrió el asalto?, Oye espera niño ven acá, ¿Estás bien?
No lo estaba y eso se notó, vomité todo ese caldo de pollo que mi abuela me había hecho casi tragar, unas horas atrás.
La gente cambia su mirada hacia mí, de ser un vistazo inquietante se convirtió en uno de repudio. Un policía con placa de municipal es el único que se acerca a mí,
–¿Te encuentras bien?
Esta pregunta me parece ingenua. ¿Cómo lo iba a estar si acababa de presenciar un acto de rapiña, si tenía aun conmigo esos diecinueve pesos que me provocarían una paliza y el sol se oculta por las horas pasadas, sin avisarle a mi madre donde me había metido?
Entre la multitud de gente chismosa, veo su cara, mis nervios volvieron a su estado inicial, está con mirada filosa, se abalanza contra los policías abriéndose paso para jalarme del brazo.
–¿Dónde carajos estabas?, ¿Qué no puedes avisar?, ¿Por qué hueles a vómito?
Yo me mantengo callado y aun más mareado. El policía municipal muy atinado, me ayuda.
–Disculpe señora, perdóneme pero no debería hablarle así a su hijo, acaba de presenciar en carne viva la inseguridad que está viviendo Cuautitlán Izcalli.
–¿De qué me habla?, ¿tú estuviste adentro de La Clarita mientras era asaltada?, ¿viste cómo le dispararon a Charly?
Nunca comprendí porqué mi madre con gran facilidad tuteaba al señor Charly, aunque me imagino que lo hace por agradecimiento pues nos fiaba cosas, nos ponía huevos de más o le mandaba regalos. Sólo muevo la cabeza de un lado a otro, recibí un abrazo y un beso de mi amorosa madre.
Veo salir una camilla que con esfuerzos levantan y encima llevan al herido que no deja de gritar el odio que tiene.
Un paramédico se acerca al policía que se encontraba con nosotros
–No es nada grave la bala, sólo rozó su hombro, tiene una ligera herida, pero está muy exaltado.
Volteo a ver a Charly, éste no para de gritar:
–¡Maldita inseguridad!, ¡maldito Eruviel Ávila!, ¡malditos jóvenes bandidos!, ¡se han llevado mi dinero!.
Mi madre se ha puesto a charlar con el policía, ha olvidado su trato suave y cariñoso hacia a mí. Mi mirada se concentra en la señora que fue jaloneada por las greñas, había olvidado todo, ésta se dedicó a contar el suceso como si hubiera sido un acto de valentía haberlo vivido.
No se supo nada de los asaltantes, ahora los vecinos tomaron la iniciativa de colocar lonas en los postes que se encuentran a la entrada de las calles, éstas contienen amenazas para todos aquellos que quieran robar, los vecinos aseguran que se defenderán pues ya no aguantan más la inseguridad que surge afuera de sus casas.


