(05 de mayo, 2014).- ¿Por qué los mexicanos conmemoramos la batalla del 5 de mayo de 1862 como uno de los grandes hitos que forjaron la identidad y la historia nacionales? Ese 5 de mayo, las tropas mexicanas que defendían los fuertes de Loreto y Guadalupe, al norte de la ciudad de Puebla, repelieron en una sola jornada los asaltos del Ejército Expedicionario Francés en su avance hacia la Ciudad de México, causándole serias bajas y obligándolo a replegarse hacia Veracruz.
Aunque la Batalla de Puebla fue una contundente victoria para las tropas mexicanas, no marcó el final sino el inicio de la Segunda intervención francesa en nuestro país. Tras la batalla, los franceses conservaron el control del Puerto de Veracruz y desde ahí recibieron refuerzos con los que finalmente tomarían la Ciudad de México e instaurarían el efímero Segundo Imperio Mexicano, derrocado el 19 de junio de 1867 con el fusilamiento de Maximiliano I. Así que en realidad la Batalla de Puebla no fue decisiva en el desarrollo posterior de los acontecimientos.
En abril de 1862, las tropas del Tercer Imperio francés habían desembarcado en el puerto más importante del Golfo de México con el objetivo de conquistar el país e imponer un gobierno satélite –México no habría sido propiamente una colonia francesa, ya que contaría con su propio emperador, aunque la subordinación ante Francia era evidente.
Como se sabe, estas hostilidades iniciaron con el pretexto de la suspensión del pago de la deuda externa decretada por el presidente Benito Juárez en junio de 1861. Sin embargo, de los tres países que inicialmente movilizaron tropas para exigir el pago inmediato –Inglaterra, España y Francia–, únicamente esta última continuó con la invasión tras las explicaciones ofrecidas por el gobierno de Juárez, pese a que la deuda con los franceses era de únicamente 2 millones de dólares, contra 69 que se debían a acreedores británicos.
Las razones de tal actitud hay que buscarlas fuera de México: en el momento en que se produjo la invasión de las tropas del emperador francés Napoleón III, Estados Unidos vivía la Guerra de Secesión, el acontecimiento bélico que decidió la suerte entre el modelo industrial de los estados del norte y el sistema sureño de las grandes plantaciones. Francia vio la oportunidad para apoderarse de México y evitar que este enorme territorio terminara siendo controlado por los estadounidenses, como finalmente sucedió. Debe recordarse que cuando se produjo la invasión francesa México ya había perdido la mitad de su territorio original tras la anexión de Texas y la invasión estadounidense de 1847.
“Somos tan superiores a los mexicanos en organización, disciplina, raza, moral y refinamiento de sensibilidades, que le ruego anunciarle a Su Majestad Imperial, Napoleón III, que a partir de este momento y al mando de nuestros 6.000 valientes soldados, ya soy dueño de México”. – Parte de guerra enviado por Charles Ferdinand Latrille, conde de Lorencez al mando militar francés antes de la Batalla de Puebla.
Con este contexto y aprovechando el resentimiento de un sector importante de la élite mexicana, el bando conservador derrotado por Juárez durante las Guerras de Reforma, Napoleón III decidió conquistar México e instalar un gobierno satélite al frente del cual quedaría Maximiliano de Habsburgo, hermano del emperador Francisco José de Austria-Hungría, aliada del imperio francés. Para ejecutar este plan desembarcaron en Veracruz las tropas del Ejército Expedicionario Francés, al mando del general Charles Ferdinand Latrille, conde de Lorencez, quien se había destacado por su actuación en la Guerra de Crimea y la Batalla de Solferino.
Para llegar a la Ciudad de México y consumar la ocupación del país, el ejército francés debía tomar primero Puebla, importante ciudad defendida por los fuertes de Loreto y Guadalupe. Se calcula que los invasores contaban con 6 mil hombres, entre las tropas traídas desde Francia y los mexicanos del bando conservador que se les unieron. Por su parte, los defensores sumaban entre 4 mil y 5 mil hombres al mando del general Ignacio Zaragoza. Entre los oficiales mexicanos se encontraba también un joven Porfirio Díaz, quien se distinguió por su valentía en la batalla.
Pese a la superioridad numérica del bando francés, la batalla quedó decidida desde el inicio por los errores tácticos del conde de Lorencez, quien ignoró los consejos que le dieron sus aliados mexicanos sobre la manera en que se había conquistado la ciudad de Puebla en episodios históricos anteriores. Lorencez decidió atacar de manera frontal el fuerte de Guadalupe, para lo cual no contaba con los conocimientos sobre la situación del fuerte ni con la artillería necesarios.
“Las armas nacionales, ciudadano Ministro, se han cubierto de gloria, y por ello felicito al primer Magistrado de la República, por el digno conducto de usted; en el concepto de que puedo afirmar con orgullo, que ni un solo momento volvió la espalda al enemigo el ejército mexicano durante la larga lucha que sostuvo”. – Informe de Ignacio Zaragoza al secretario de Guerra, el 9 de mayo de 1862.
No se trata de negar o subvalorar la heroicidad de los mexicanos que plantaron cara al invasor, sino de reflexionar sobre las razones que llevan a la selección de ciertos acontecimientos antes que de otros como marcadores de la memoria histórica. En este caso, cabe preguntarse por qué no se conmemora el 19 de junio de 1867, día en que fue fusilado el usurpador extranjero de la soberanía nacional; o el 15 de julio de ese mismo año, fecha en que se dio la entrada triunfal de Benito Juárez a la Ciudad de México, y con ella el restablecimiento de los poderes legítimos.
Quizá la primera fecha no se conmemore por motivos diplomáticos, ya que en Europa causó una gran conmoción el fusilamiento del heredero de una de las casas reales más importantes del Viejo Continente. En cuanto a la segunda fecha, la pregunta es más acuciante, puesto que el haber fijado la celebración en la Batalla de Puebla en lugar de la entrada de Juárez a la capital del país nos dice que el peso histórico se pone más en el hecho de haber derrotado a un ejército extranjero –así fuera en una sola batalla– que en la recuperación del orden legítimo cuando las tropas francesas ya se habían retirado del país debido a la inminente invasión prusiana que se cernía sobre Francia.
Así, la efeméride destaca la anécdota sobre el hecho decisivo, pero también la lucha contra el enemigo externo sobre la lucha fratricida que postró a México durante su primer medio siglo de existencia, hasta que aquel valiente Porfirio Díaz impuso con sangre y hierro el lema del filósofo –perdonando la ironía– francés Auguste Comte: orden y progreso.
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150 años después de que Ignacio Zaragoza y miles de mexicanos impidieran la agresión a los fuertes de Loreto y Guadalupe, éstos fueron asaltados no por un ejército extranjero sino por un gobernante mexicano que juró defender el patrimonio nacional. Hace dos años, trabajadores del Instituto Nacional de Antropología e Historia (INAH) denunciaron el daño a estos sitios históricos perpetrado por órdenes del gobernador de Puebla, Rafael Moreno Valle.
Según las denuncias de los especialistas de esa institución, el gobierno del panista realizó una “intervención ‘caprichosa’, sin sustento legal ni académico” en estos fuertes para utilizarlos como escenario de los festejos del 150 aniversario de la Batalla de Puebla, que tuvo lugar en 2012. Además de lo que señalaron como una “una redecoración sin sentido histórico”, los especialistas acusaron a Moreno Valle de causar la desaparición de la herencia histórica de la nación por realizar obras como derruir las escalinatas de la capilla del siglo XIX o la elevación en 15 centímetros en el piso del museo, ambas en el Fuerte de Loreto.
Además, en el Fuerte de Guadalupe se instaló una estructura para techar parte del recinto, lo que rompe su armonía arquitectónica. También se colocaron otras estructuras que requirieron cimentación profunda, todo esto sin dar a conocer los estudios técnicos en los cuales se debe sustentar este tipo de obras, según las denuncias realizadas hace ya más de dos años, sin que hasta ahora alguna voz dentro de los gobiernos local o federal asuma la defensa del patrimonio.


