(06 de mayo, 2014).- Adicto a la cocaína y al tabaco, proclive a los desmayos y cuasi practicante del celibato, el médico austriaco Sigmund Freud es posiblemente la figura cultural más destacada del siglo XX, con una influencia tan amplia y profunda en todos los ámbitos del intelecto Occidental contemporáneo que es difícil pensar siquiera en alguien que se le pueda comparar. Esto no significa que sus ideas sean universalmente aceptadas, pero sí que han pasado a formar parte del lenguaje y la vida cotidiana de una manera que es fácil no percibir por lo arraigada que está.
Miembro de una familia judía de clase media, Freud conoció desde muy temprano las dificultades que esto representaría en su carrera, lo que hizo que desde un principio se asumiera como un opositor a las ideas dominantes. En su Presentación autobiográfica de 1925, relata su experiencia como joven universitario: “Me dolió la insinuación de que debería sentirme inferior y extranjero por ser judío. Desautoricé lo primero con total decisión. Nunca he concebido que debiera avergonzarme por mi linaje o, como se empezaba a decir, por mi raza”.
Esta misma experiencia fue común a muchos jóvenes judíos de intelecto despierto, quienes buscaron compensar el desprecio de la sociedad desplegando sus aptitudes en todos los ámbitos del saber. El escritor mexicano José María Pérez Gay recrea este ambiente en El imperio perdido, una magnífica obra sobre la intelectualidad judía que hizo de la Viena de inicios del siglo XX la capital europea de la cultura y las vanguardias, poniéndose al tú por tú con París de una manera que ni antes ni después ha podido igualar.
Nacido el 6 de mayo de 1856 en lo que hoy es la República Checa pero entonces formaba parte del Imperio Austrohúngaro, Freud llegó a Viena a los cuatro años. Ahí desarrollaría toda su carrera, al principio enfrentando una gran oposición de la comunidad médica vienesa y al final como la gran figura de la ciudad. Movido por su apetito de saber sobre la condición humana, decidió estudiar medicina, aunque él mismo admitía que “En aquellos años no había sentido una particular preferencia por la posición y la actividad del médico; por lo demás, tampoco la sentí más tarde”.
Así pues, Freud nunca tuvo interés por el ejercicio de la medicina, por lo que su carrera inició no entre los pacientes sino en los laboratorios de investigación, de los que salió por necesidades económicas. Aunque al principio sostuvo ideas muy convencionales sobre temas médicos, poco a poco su práctica lo fue persuadiendo de que el saber aceptado de su época sobre las enfermedades nerviosas era totalmente erróneo.
A partir de esta certeza comenzó a desarrollar las ideas que le darían fama mundial, basándose siempre en sus observaciones sobre los cientos de casos que trató, y variando sustancialmente sus posturas iniciales a lo largo de los años. Freud tenía una idea muy elevada de la importancia de sus descubrimientos, llegando a denominar al psicoanálisis la tercera y más grave afrenta que la ciencia ha infligido al “ingenuo amor propio de la humanidad”, siendo las dos primeras la de Copérnico –quien le mostró que no era el centro del Universo– y la de Darwin –quien acabó con la arrogancia del hombre como resultado supremo y privilegiado de la Creación.
La del psicoanálisis sería la afrenta más grave porque le arrebató la seguridad de ser el amo de sí mismo al mostrar cómo el hombre está dominado por sus pulsiones inconscientes. Para Freud, era a causa de esta afrenta que se producía “el rechazo general a nuestra ciencia, el descuido por todos los miramientos de la urbanidad académica y el hecho de que la oposición se haya sacudido todos los frenos que impone la lógica imparcial […]”.
Un siglo después de que Freud comenzara a defender públicamente sus descubrimientos, conceptos nacidos en el psicoanálisis o popularizados por él se han integrado al habla en una escala que ninguna otra disciplina ha conocido. El humor freudiano es, quizá, una de las más valiosas de estas aportaciones psicoanalíticas (basta con imaginar lo que sería la comedia sin el abanico de posibilidades abierto por el psicoanálisis: seguiríamos en los tiempos de la cáscara en el piso o las rutinas a lo Abbott y Costello).
Relegado hoy en día de las facultades de psicología de las grandes universidades por el conductismo estadounidense, el psicoanálisis sobrevive en la práctica clínica –la psicoterapia– y en las escuelas organizadas por las escuelas psicoanalíticas. Denunciado como pseudociencia por las corrientes médicas dominantes desde tiempos de Freud y otra vez de manera reciente, cabe recordar las palabras de su creador sobre la fuente de sus aseveraciones: “Las enseñanzas del psicoanálisis se basan en un número incalculable de observaciones y experiencias, y sólo quien haya repetido esas observaciones en sí mismo y en otros individuos está en condiciones de formarse un juicio propio sobre aquel”.


