Por Axel Huémac / Apuntes de Rabona
Ilustración: Shammed Hidalgo
¡Flash! La primera luz intermitente indica que él avanza. Cubierto por una máscara oscura, más allá de la que cubre sus ojos, corre delante de quienes le cazan, pues es inmune al gimoteo de la chusma. Su calzado importado pisa con desdén el asfalto que lo sostiene, mientras la tierra que lo vio nacer a duras penas lo reconoce en el horizonte. Se sabe dueño del mundo, las cámaras le siguen como súbditos para obtener un pedazo de su reino, de su fama. Cristiano, Maxi, Wayne ; los nombres que posee son infinitos, pero su clase política, la falaz escoria de siempre.
En una sociedad tan mediatizada como la nuestra, el jugador de futbol es el peón estelar en un tablero de ajedrez en donde la partida luce poco importante. Su función se asemeja mucho a la de la estrella de cine; su inclusión en la estrategia es decisiva pero aparentemente intrascendente. Y es que ambas figuras funcionan aquí a modo de símbolo, para que de forma aspiracional, representen ante el público la personificación del estatus máximo a alcanzar. Un modelo de vida que promete lujos inverosímiles, éxito de proporciones indefinibles y, si se es constante, la inmortalidad al alcance de un sorbo de gloria. El futbol como el nuevo Hollywood; la fábrica máxima de sueños y el supremo hacedor de estrellas.
Alienante, no hay más. No cabe duda, la crítica es el llano perfecto para jugar al juicio del reduccionismo. Y es que dentro de un cúmulo de esferas elitistas, de orbe disidente, la práctica de un deporte como el futbol no representa más que una somera trivialidad; el arquetipo del circo romano adaptado a la (pos)modernidad. La revolución social, como un telespectador soñando con ocupar una de las tribunas del estadio. Sin embargo, han olvidado que el futbol es una lucha de dos partes.
“El comunismo existió, sí”, afirmaba Jean Luc Godard en una secuencia del filme Nuestra Música. “Fue durante dos tiempos de 45 minutos, en Wembley”, decía, refiriéndose al mítico encuentro entre las selecciones de Hungría e Inglaterra en 1953. Con un resultado de 6-3, a favor de la escuadra húngara, el cineasta francés comentaba: “Los ingleses jugaron individualmente y los húngaros, en equipo”.
Aquel día, la capital del colonialismo europeo tiñó sus banderas de rojo. “Los Mágicos Magiares”, como se le conocía al equipo de Hungría, llevaban tres años invictos, mientras que Inglaterra jamás había perdido un partido internacional en casa. Las expectativas eran descomunales. “El día en que el comunismo venció al capitalismo”, rezarían los titulares de los diarios del día siguiente; mientras un entusiasmado Ferenc Puskás aderezaría con un semblante de júbilo las primeras planas de todo del mundo.
Puskás, capitán de la selección húngara, era un hombre de baja estatura, con sobrepeso, que no sabía cómo cabecear y que jamás le pegaba con la derecha (hecho simbólico para la afición). Por lo demás, era un futbolista brillante. En su historia llegaría a marcar 83 goles en 84 encuentros internacionales, números con los que los ídolos más grandes del balompié siquiera llegaron a soñar.
35 tiros al arco, las granadas que minaron el territorio enemigo para brindarle la victoria no sólo a una ideología, sino también a una nación gravemente herida por su historia. Para Hungría aquél era un momento sumamente peculiar. Después de haber sido ocupada por alemanes y rusos durante y después de la Segunda Guerra Mundial, el país se hallaba en gran necesidad de símbolos. El nuevo líder comunista, Mátyás Ráskosi, buscó, a la par de nacionalizar los campos de cultivo y las fábricas, apoderarse de los clubes de futbol. Los deportes entonces se habían transformado en más que una simple disciplina, eran el reflejo del drama social e ideológico del que el mundo era presa por aquellos años.
En el campo, la nación izquierdista demolería al equipo de la Rosa no en una sino en dos ocasiones, la segunda una caída olímpica del orgullo inglés, con un marcador final de 7-0, a la sombra del entonces novísimo Nepstadión (el estadio del pueblo) en Budpest. Al respecto, el mediocampista Syd Owen llegaría a comentar: “es como si estuviésemos jugando con extraterrestres”. Los ánimos del reino comunista se hallaban por los aires; la superioridad del régimen había superado toda expectativa. Aunque claramente una ilusión, el futbol había hecho del utópico sueño marxista una realidad posible.
El suceso llegaría con ecos de desasosiego a los oídos de los gigantes corporativos de occidente, quienes jamás volvieron a permitir una atrocidad semejante. Basta recordar el trágico encuentro entre Bulgaria y la URSS durante el mundial de México 86, en el que la FIFA intervino en el resultado final, favoreciendo a la nación balcánica.
Y es que el culto al esférico es, por definición, un arte de conjunto, de comunidad. El individualismo exacerbado característico de la industria actual no es, ni por mucho, la raíz primordial de un juego que necesariamente refleja la cualidad gregaria del ser humano. El quehacer futbolístico implica coordinación, coherencia. Cada individuo asume una pieza, un lugar en la gigantesca orquesta que a ritmo de guerra produce al unísono una melodía de deleite que por si sola sería inaudible. Parafraseando a Andrey Simonovich Filipov, el futbol, como la orquesta, el único contexto en el que un grupo de personas reúnen sus talentos para lograr construir algo que los trascienda a ellos mismos; ése es el sueño del comunismo.
Hablamos de Puskás, sí, pero también se merece dar mérito a la escuadra completa e incluso a Guztav Sebes, estratega prodigio quien dirigió a los “Mágicos” por casi 8 años, otorgándoles las más altas preseas.
Juan Villoro nos dice que en el balompié, la pasión es siempre más importante que la realidad. El fervor no gana encuentros, eso es cierto, pero esto no define el interés por el juego, ni el sentido de la identidad. Es precisamente la pasión, la cualidad a la que Lenin nombra como motor primordial de la revolución. Mientras la pasión exista, la resistencia no se extingue.
Desde Cristiano Lucarelli presumiendo al Che Guevara en su camiseta, después de una anotación; pasando por el estrago de un César Luis Menotti negándose a incluir jugadores en su equipo, por encargo del gobierno; hasta la selección de niños zapatistas que hallan en el futbol una experiencia más que liberadora; el campo preferido del neoliberalismo, se vuelve la plataforma más anti-neoliberal. La camiseta, el sudor, símbolos de rebelión. El gol, el acto revolucionario por antonomasia.


