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Un pequeño esfuerzo organizado*

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Por Jorge Zúñiga

*Artículo de opinión

(8 de mayo, 2014).- Por mucho que parezca, hay que recordar que ni Enrique Peña Nieto, ni ningún presidente o miembro de las élites económicas o políticas es dueño del país.

Aceptar con  silencio, apatía o argumentos aludidos al decisionismo unipersonalista, propio de las democracias del siglo pasado, el hecho de que el Estado se desprenda de las ganancias obtenidas por el petróleo, es eliminar la posibilidad de poder seguir asistiendo a escuelas y hospitales públicos, por lo menos. Con corrupción de tamaños inéditos, Petróleos Mexicanos (PEMEX) ha contribuido abundantes recursos para sostener educación y un sistema de salud públicos. Si se tomara PEMEX, no como una mina de saqueo, como aquellas que hay en San Luís Potosí, Guerrero o Zacatecas, sino como una empresa administrada con responsabilidad en amplio sentido de la palabra, rendiría muy bien como motor de una economía sólida, tal y como hoy en día se emplea en diferentes países ricos en petróleo. Si PEMEX es ineficiente y no produce lo que podría, ¿entonces por qué estarían las empresas privadas interesadas en esta empresa paraestatal? Pues porque justamente es negocio, y no precisamente sólo para el corto plazo. PEMEX mismo puede ser el impulsor para explorar nuevas fuentes de energía, pero el hecho actual es que de ésta se depende hoy, y no mañana, de sus ingresos a nivel nacional.

Entonces, si el ciudadano está dispuesto a compartir las ganancias de nuestro petróleo con empresas privadas, estaría decidiendo privarse de servicios públicos de importancia como educación y salud en el mediano plazo. La razón es sencilla: PEMEX es una de las tres fuentes de ingreso nacional. Las otras dos son los impuestos y las remesas. De tal forma que si las propuestas de Peña Nieto abren esa posibilidad, significa que él está a favor de que no haya más educación para nuestros hijos y nietos, y ésta tendrá que ser asumida por los padres de familia o por los niños y jóvenes mismos, o peor aún, ya ni posibilidad de educarse quedaría. Redundando en algo fundamental: si permitimos las propuestas planteadas por el priista estamos aceptando que ningún niño ni joven tenga más educación en tan sólo algunos años más, y que ningún trabajador tenga acceso a la salud.

En un país con 50 millones de pobres y siendo uno de los países más desiguales del mundo, es entendible que el grueso de los ciudadanos estén más preocupados por sus problemas cotidianos. No puede ser de otra forma. Bajo esas condiciones, el participar políticamente se ha vuelto un asunto de privilegio. Por ello, la gobernabilidad de sistemas políticos autoritarios con instituciones democráticas radica, en gran medida, en la reproducción y profundización de la pobreza y la desigualdad. Es decir: la gobernabilidad la logran, en gran parte, por la administración de estos males sociales que laceran al ciudadano.

Pero lo que el ciudadano puede bien entender es que defender el hecho de que el Estado mantenga las ganancias del petróleo y sea administrado con mecanismos anticorrupción, será en beneficio de sus hijos y nietos, para que éstos continúen teniendo acceso a salud y educación. La mejor herencia que se le puede dejar a un hijo, dice el dicho popular, es la educación, pero permitiendo las reformas peñistas ya ni eso se les podría dejar.

Hemos pensado que dichas reformas se hacen a espaldas del ciudadano. Sin embargo,  creo que estamos equivocados esta vez, pues se hacen justo de frente al ciudadano. Incluso hasta nos restriegan sus propuestas como se las restregaron  al cineasta Alfonso Cuarón. Se dan el lujo de mentir diciendo que la competencia traerá mejores precios en un país de monopolios; se dan el lujo de decir que las empresas extranjeras pagarán impuestos en un país donde el Congreso sirve, entre otras cosas, para condonar impuestos a las empresas más grandes, aquellas que se han enriquecido sin límites con la vida que han dejado sus trabajadores en esas empresas. Se dan estos lujos de cinismo porque enfrente tienen a una ciudadanía despotenciada para reaccionar, para actuar.

El ciudadano de a pie, sin embargo, tiene que dar tan sólo un pequeño esfuerzo organizado con los muchos otros que piensan como él, para poder parar una decisión que dejará a sus hijos en la miseria. Si este ciudadano perteneció a una generación en donde le tocó vivir injusticia social, le dejará a sus hijos y nietos un futuro doblemente injusto. En él está detener que el cinismo se vuelva sadismo, adoración y disfrute del sufrimiento del otro.

El ciudadano de a pie podrá ser bombardeado con publicidad que anuncie que pagará menos de todo; podrá escuchar que se abrirá un puñado de empleos en un país de desempleo masivo; podrá ver una cara simpática informando sobre la propuesta del así señalado como presidente; pero lo que él debe preguntarse también es cuándo el PRI ha actuado sin recurrir a la mentira. Esto no es nada nuevo, estamos lejos de un descubrimiento científico. Esto lo sabe el ciudadano, pero a veces se le olvida, o bien, hacen lo necesario para que se le olvide. Lo enajenan mediáticamente.

El ciudadano de a pie, aquel que viaja por las amplias vías de tránsito de la ciudad, aquel que ofrece en los centros turísticos paquetes de diversión, aquel que a diario atiende un puesto de comida, aquel que hace las tortillas o el pan, aquel que trabaja en el transporte público, aquel que hace casas y edificios, aquel que canta por las plazas públicas, aquel que lleva el pulque a los mercados, aquel que mira cómo saquean las minas de su pueblo, aquel que va por sus hijos o nietos a la escuela saliendo del trabajo; ese ciudadano tiene que dar un pequeño esfuerzo organizado, sólo uno. O lo damos, o nos olvidamos de la educación y la salud de nuestros hijos y nietos, y por ende del futuro del país. No es catastrofismo, es memoria colectiva de un país que ha pasado por las malas, pero que no permitirá pasar por las peores.

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