Ivonne Acuña Murillo / Colaboradora
(15 de mayo, 2014).- “Tengo amistades con doctorados ganando tan poco como U$S 12,000 al año, viviendo una intrincada existencia corriendo en automóvil por cinco escuelas diferentes y en el límite económico. Estoy muy vieja para eso y debo ganar mejor. «¡Oh, el presupuesto!», musitan, «realmente no tenemos fondos, a pesar de lo mucho que nos gustaría tenerla con nosotros»”.
El párrafo anterior, forma parte de un escrito de Kate Millet, una de las principales teóricas del feminismo de los años 70, quién a pesar de tener estudios de doctorado en Oxford, obra publicada entre la que destaca su libro Política sexual -uno de los textos ya clásicos más importantes de la teoría feminista- y experiencia docente, no pudo conseguir un empleo y una paga “decente” hacia finales de la década de los ochenta.
En su escrito, publicado por el periódico británico The Guardian en 1988 y replicado varias veces en la red bajo la leyenda “Desechada por la academia”, Millet se cuestiona sobre el porqué no le había sido posible conseguir trabajo como docente, tal vez su edad, su activismo feminista, sus modales, tuvieron algo que ver.
Es probable que la respuesta a estas preguntas no se encuentre sólo en los factores personales comentados por la teórica, sino en el cambio de paradigma económico-cultural, provocado por el paso del capitalismo benefactor al capitalismo “salvaje”, que somete todo a la lógica de la competencia y la ganancia sin importar los efectos que esto provoca.
Esta transformación ha penetrado todas las esferas del quehacer humano y la academia no podía ser la excepción. Así, muchas universidades en el mundo, ya en Estados Unidos, donde nació Millet, ya en China, Rusia, Noruega, Argentina, Corea o México, por mencionar sólo algunos países, han adoptado las estrategias impuestas por el nuevo modelo.
De estas estrategias las más importantes son: la innovación y reestructuración continua de la universidad, pues de acuerdo con Richard Sennett, autor del ensayo La cultura del nuevo capitalismo, una empresa “estable” da a entender al mercado que es incapaz de innovar o de hallar nuevas oportunidades, por lo que la voluntad de desestabilizar la propia organización emite una señal positiva; la contratación de consultores, encargados de “lubricar la maquinaria empresarial-capitalista”, quienes analizan y reducen la estructura organizacional de la empresa, eliminan departamentos, asignan nuevos deberes a los empleados supervivientes, gestionan jubilaciones y liquidaciones forzosas y, por supuesto, despiden a quienes han sido considerados como elementos “superfluos” o prescindibles. Un ejemplo muy claro y gráfico de este tipo de consultores se encuentra en la película Up in the Air (Amor sin escalas) cuyo protagonista es interpretado por el actor George Clooney.
Lo anterior se traslada también a los sujetos, a quienes se exige ser capaces de cambiar de identidad tan pronto la empresa lo requiera, para lo cual deben dejar atrás lo aprendido y asimilar nuevos conocimientos y habilidades. Esto es, al igual que la empresa deben reestructurarse de tiempo en tiempo so peligro de caer en la obsolescencia, la caducidad o la “inutilidad forzada”. Sólo que a diferencia del sujeto que está solo, a menos que pueda pagar sesiones de psicoanálisis, el empresario cuenta, como ya se dijo, con ayuda especializada para “reestructurar” su negocio, una y otra vez.
En este contexto, la docencia universitaria se ve atravesada por lógicas que tienden a desestructurarla una y otra vez con la asesoría de los mencionados “consultores”, a modificarla de manera profunda no sólo en su ejercicio, sino en torno a temas como el trato dado a las y los profesores, su remuneración y los contenidos impartidos.
Las y los docentes universitarios, sobre todo los de asignatura, deben enfrentar los cambios constantes en la matrícula escolar, cuando ésta sube aumenta la oferta de grupos, cuando baja hay que tronarse los dedos esperando que el siguiente semestre aumente. Deben enfrentar también la tendencia general a la baja en los salarios y los despidos selectivos, determinados y ejecutados por los “consultores, cuando la universidad para la que laboran pretende maximizar ganancias o minimizar costos y hacer frente a la competencia que significan otras universidades.
A lo anterior hay que sumar, que en algunas universidades tiende a culpárseles si la matrícula no aumenta, por lo que se ha tomado la decisión de mantenerlos vigilados muy de cerca para evitar que “roben” a la institución haciendo como que trabajan. Este mantenerlos con el “mecate corto” –por ejemplo, deben registrar entrada y salida de cada clase sin importar que sean consecutivas- conlleva, en teoría, una reducción de gastos y una mejoría en la educación formal impartida.
Esto último resulta paradójico cuando muchas universidades han optado por disminuir los requisitos de admisión, reducir el número de materias por carrera, el número de horas semanales dedicadas a cada curso, así como los contenidos impartidos, al tiempo que aumentan las obligaciones administrativas de las y los docentes que terminan más preocupados por registrar la asistencia, pasar lista, recoger firmas de las y los estudiantes con cada evaluación, entre otras cosas, que por dar su clase.
Por otro lado, al igual que como ocurre con otras profesiones, el trabajo docente se ha dividido en dos subcategorías: la de los docentes “VIP” (Very Important People), aquellos que cuentan con una plaza de tiempo completo en alguna institución de educación superior, misma que incluye además de un buen nivel salarial, todas la prestaciones de ley, incluyendo servicio médico y jubilación, financiamiento para investigación, estancias en otras universidades, etcétera; y la de los docentes “losers” (perdedores) o lo que podría llamarse la “sub-clase”, aquellos contratados por asignatura y que no cuentan con plazas, ni siquiera de tiempo parcial, seguridad social, prestaciones, financiamiento para investigación pues son pocas las universidades que apoyan a sus profesores de asignatura con becas para titulación o financiamiento para investigación, etcétera.
Eso sin contar con que, por lo general, los profesores de asignatura son los que atienden al mayor número de grupos y materias, prestando un gran servicio a aquellas instituciones que cumplen su función educativa recargando la mayor parte del trabajo en este tipo de docentes.
Sin embargo, para completar un salario que les permita sobrellevar la situación económica y mantener a sus familias, quienes no cuentan con la suerte de una plaza tienen que dar clases en diferentes universidades y preparatorias y saltar de un lugar a otro el mismo día, como comenta Millet en torno a sus amigos; dar varias materias al mismo tiempo, hasta 7 u 8 materias diferentes en un mismo ciclo escolar; adaptarse a modalidades diferentes como las clases presenciales y las virtuales, a distancia o en línea; manejar distintos perfiles de alumnos matizados por el sexo, la edad, su credo religioso, el ciclo escolar y la carrera; aceptar un trato diferenciado y hacerse a la idea de que difícilmente tendrán las mismas oportunidades que sus colegas de tiempo.
Tendrán asimismo que asimilar la idea de sentirse como un instrumento más del engranaje educativo, pero no como seres humanos con necesidades, deseos y potencialidades, ni como profesionistas reconocidos por la experiencia y el conocimiento acumulados durante años de docencia, sino como “obreros” de la educación susceptibles de ser intercambiados o despedidos cuando hay necesidad. Incluso, se han convertido en “simi-profesores”, o sea, lo mismo pero más barato.
Lo anterior deriva en el detrimento del valor social y la dignidad que antes se concedía a la enseñanza y a los sujetos que la predicaban, así como a la experiencia y el conocimiento madurado con el tiempo. Hoy, la edad y con ella la experiencia y el saber acumulado se han convertido en un obstáculo para acceder a las pocas plazas que se abren en las distintas universidades, pues se valora más el potencial de los jóvenes que el bagaje que viene con el tiempo. Las “vacas sagradas”, aquellas y aquellos docentes que a lo largo de los años se han ganado un lugar en la academia, comienzan a ser vistos como “viejos” de los que hay que deshacerse para dar paso a las nuevas generaciones.
El trabajo docente está dejando de ser creativo y productor para convertirse en maquilador de conocimiento, en fábrica de profesionistas medianamente preparados, al fin y al cabo no importa pues ya se sabe que gran cantidad de esos egresados nunca ejercerán aquello que estudiaron, dadas las altas tasas de desempleo entre quienes cuentan con estudios superiores.
La profundidad del conocimiento y la reflexión se han vuelto obsoletos, ya no hay tiempo de madurar las ideas, de pensar en lo hecho, de proponer a partir de la reflexión pausada, todo debe hacerse rápido, ¡no hay tiempo que perder! Paradójicamente, el tiempo adquiere más valor que los productos del trabajo preparados con el tiempo.
Quien esto lee puede pensar que lo que viven las y los docentes universitarios forma parte de un problema más general y que en última instancia no tiene tanta repercusión en la sociedad, por lo que es un problema sólo de quienes lo experimentan. Lamento decirle que eso es falso, la precarización de la docencia universitaria conlleva una serie de consecuencias: primero, inhibe el desarrollo del pensamiento crítico que permite a los habitantes de cualquier nación poner límites y exigir un buen desempeño a quienes ejercen el poder, sea político, económico o cultural; segundo, propicia la falta de preparación suficiente en muchos de quienes ofrecerán un servicio a la gente, imagine que uno de esos egresados o egresadas diseñará su casa, le hará una operación a corazón abierto o pilotará el avión en que usted será uno de los pasajeros; tercero, las y los docentes tienen el deber de formar personas no sólo en materias técnicas, sino en temas relacionados con la convivencia social, la moral, la ética, el respeto por los derechos humanos, etcétera y si ellos y ellas no reciben un trato respetuoso y digno en atención a sus necesidades materiales y profesionales, ¿qué podrán transmitir entonces a sus educandos?
Cabe decir, que todo esto repercute también en la forma en que las y los estudiantes conciben a sus profesores, a quienes consideran como “empleados” de su universidad, pero no los ven con el cariño o la admiración que se podría profesar a alguien que tiene algo que aportar a su vida, de tal suerte que los ejemplos recogidos en cintas como Al maestro con cariño http://goo.gl/nPQE39 (To Sir With Love), estelarizada por Sidney Poitier, en 1967, se vuelven cada vez más escasos.


