Por Israel Solorio / @i_solorio
Parte I: En defensa del futbol
(12 de junio, 2014).- Brasil 2014 no será un mundial más. La Federación Internacional de Futbol Asociación (FIFA), órgano regulador de este deporte a nivel mundial, se ha asegurado de que así sea. Su ambición no conoce límites ni fronteras. A primera vista, llevar el mundial a un país tan futbolero como Brasil parecía una idea brillante. La lógica empresarial de la FIFA era sencilla. Montar un espectáculo de escala global, con 32 selecciones nacionales y 64 partidos, le representaría a la FIFA alrededor de 4 billones de dólares en ganancias. Entre el 60 y 65% vendría por la venta de los derechos de transmisión de los partidos. El resto sería fruto de publicidad y de patrocinadores. Con socios como Adidas, Coca-Cola, Visa o Sony, nada podía salir mal. Por otro lado, el “Efecto Copa del Mundo” habría de traer a Brasil unos 2.6 billones de dólares como resultado de la derrama económica ligada a los 600 mil turistas que se esperan visiten Brasil para este evento. Para esta ecuación, sólo faltaba una cosa: infraestructura. Éste es el talón de Aquiles de este mundial.
La idea de tener a Brasil como sede mundialista se origina en un contexto donde este país se perfilaba como potencia emergente a nivel global, tanto en términos políticos como económicos. Mostrar un Brasil moderno al resto del mundo era el objetivo de los organizadores. Invertir en la construcción de nuevos aeropuertos, mejores carreteras, renovar el transporte público, así como nuevos estadios de futbol eran tan sólo parte del plan. El problema es que los cálculos iniciales no estaban bien, ni de los costes económicos ni de los político-sociales relacionados con la organización del mundial. El coste de la infraestructura planeada se ha elevado de 1 a 3.5 billones de dólares[4]. Brasil ya no es el mismo tampoco que hace 7 años, cuando la FIFA designó a Brasil como sede la Copa del Mundo 2014. No sólo el ritmo de crecimiento económico ha disminuido, sino que la organización del mundial ha sacado a la luz la persistente desigualdad social que aqueja a este país.
En 2013, año en que se jugaba la Copa Confederaciones, Brasil vivió una explosión social que ha durado hasta la fecha. Lo que empezó como una protesta contra el aumento del coste en el transporte público, pronto se convirtió en parte integral de las revueltas a nivel global que demandan un profundo cambio en el sistema. Estas protestas sociales han traído a la luz un sinnúmero de problemas sociales vinculados a la organización de la Copa del Mundo. Especulación inmobiliaria, desplazamientos forzados a familias en barrios populares, represión a la protesta social, violencia policial, son parte de los efectos secundarios de la organización de la Copa del Mundo en Brasil. Para conseguir los objetivos tanto de la FIFA como de los líderes brasileños, el desarrollo de infraestructura en Brasil está por encima de necesidades básicas de la población como salud, educación o atender el alivio a la pobreza. Por eso, una de las consignas principales durante las protestas en Brasil ha sido #naovaitercopa (no tendrán copa). El futbol es algo importante en Brasil, sin duda, pero no puede estar por encima del bienestar social, la justicia económica, la dignidad humana.
En un país con los niveles de desigualdad económica y social como Brasil, resulta inevitable preguntarse: ¿Quién pagará los costos de modernizar la infraestructura en Brasil? ¿En manos de quién terminarán los billones de dólares que se esperan genere la Copa del Mundo? ¿Era una Copa del Mundo lo que la población de Brasil necesitaba? Mientras los medios masivos de comunicación a nivel mundial informan sobre cómo las selecciones asistentes se alistan para el evento, el otro Brasil se encuentra bajo una gran agitación social. Huelgas, manifestaciones, violencia policial son parte del día a día en Brasil. En este contexto, lo fácil es echarle la culpa al futbol. Sin embargo, los verdaderos culpables de la tragedia social que se vive en Brasil son los dirigentes de la FIFA, quienes han mercantilizado al máximo al futbol para reducirlo a un producto de consumo masivo. También están los dirigentes políticos de Brasil, quienes ponen por encima los intereses del 1% por encima de los del 99%, parafraseando uno de los lemas de Occupy Wall Street. Unos, buscan privatizar al futbol para volverlo un negocio; otros, han sido cómplices de esta mafia para sacar réditos políticos. En este contexto, lo valiente, lo inteligente, es arrebatarle al poder el monopolio sobre el futbol.
El futbol es el deporte más popular del mundo. El futbol es también un fenómeno social, por eso es capaz de movilizar grandes masas en todo el mundo. De hecho, alrededor del futbol existen grupos organizados, con una importante estructura jerárquica y que cuentan con una gran capacidad de movilización. Para muchos intelectuales de sofá, los Ultras o Barras Bravas en Sudamérica representan a la perfección la enajenación en la sociedad contemporánea. En su total distanciamiento con la realidad social, la mayor parte de los intelectuales desconoce que justamente uno de los grandes reclamos de los Ultras es contra el futbol moderno, contra la mafia de la FIFA. Por si esto fuera poco, los últimos años han sido testigos de la emergencia de Ultras fuertemente politizados con inclinación hacia la izquierda radical, los llamados anti-fascistas. Equipos como St. Pauli de Hamburgo, Alemania, se han convertido en un ícono de la lucha contra el futbol moderno y la mafia de la FIFA. Así las cosas, lo que fue pensado como el más grande negocio en la historia de la FIFA bien podría ser la oportunidad para juntar de una vez y por todas las protestas sociales con la fuerza de los Ultras antifascistas. Esta combinación ya ha demostrado su efectividad en las revueltas en Egipto en 2011 o en Turquía en 2013, donde los Ultras de futbol vigorizaron las protestas en las calles. El reto está en entender al futbol no como el problema, sino como uno de los espacios que hay que arrebatarle a quienes ostentan el poder.
En este contexto, con la idea de organizar un mundial alternativo, ha surgido desde Colombia la iniciativa Futbol por la Paz. El objetivo es retomar el futbol como un deporte de todos, rechazando su variante como deporte-negocio. En México, su organización corre a cargo del colectivo Hinchada Popular, que ha hecho suyo el lema “Futbol de la calle para la calle”. Es mucho lo que el poder nos ha arrebatado: nuestros derechos, nuestros sueños, en muchos casos, como pasa en las favelas de Brasil, nuestra dignidad. Es momento de recuperar lo que es nuestro. La Copa del Mundo Brasil 2014 es el escenario perfecto. Futbol y revolución, revolución y futbol, es algo de lo que el poder más teme, por eso ha tratado de adueñarse de este deporte. ¡Defendamos lo que es nuestro!
¡Ultras antifascistas del mundo, uníos!


