Acá en Río de Janeiro la copa es un acontecimiento que despierta poco entusiasmo. La atención está volcada a lo que a menudo se conoce como la “anti-copa”. Cuando el carioca aborda a un “gringo” (para el fluminense todos los extranjeros son merecedores de este hiriente epíteto), sin más fingimientos introductorios inquiere: “¿usted vino a Brasil para la copa o la anti-copa?” Lo curioso es que la gente en Río intuye que el interés de no pocos foráneos gravita alrededor de las movilizaciones y no de los “fan fest” o festivales para despreocupados aficionados del fútbol. Naturalmente la respuesta de los inquiridos varía significativamente. Algunos, condenados a una especie de estado esquizofrénico, divididos entre una simpatía irreductible con las causas anti-copa y una pasión no menos incorregible por el deporte que más devotos congrega, se ven obligados a responder sin ambages aunque no sin una cuota de vergüenza: “venimos a la copa y a la no-copa”. Lo cierto es que un porcentaje mayoritario de brasileños está inconforme con la celebración del mundial en su suelo. Y adviértase que se trata del país del fútbol. En Brasil, la copa del mundo es una especie de intruso malquerido, un arrimado que hace algún rato comenzó a apestar. No exageran los brasileños cuando acusan que la FIFA es el gobierno de facto en Brasil. La copa involucró una suerte de ocupación territorial, y por consiguiente una ocasión de confiscación de un patrimonio nacional: el fútbol. El movimiento anti-copa exitosamente evidenció que esta expropiación arrastra por añadidura un inventario de atropellos aún más graves o socialmente nocivos: desplazamiento de asentamientos, despojo de viviendas, policialización de las calles, reorientaciones presupuestarias claramente lesivas para las franjas poblacionales más desprotegidas, usufructo privado de los erarios públicos etc. No sorprende que el estado de ánimo que rodea al mundial sea de desconfianza e indignación. La pregunta que más inquieta no es en relación con quién será el campeón del certamen, sino cuál será el alcance de las protestas. Inédito e insólito: no se recuerda una copa tan señaladamente marcada por un asunto ajeno a las canchas, y en un país donde el fútbol es acaso algo más que una religión.
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| Foto: Pablo Vergara_https://www.facebook.com/PVCfotografia?fref=ts |
La semana que precedió a la inauguración de la copa fue un amasijo oscilante de nerviosismo de las autoridades públicas, desinterés ciudadano, descontento social, y poca o nula afluencia de turistas. La gente en Brasil sin tapujos admite que la expectativa es más alta cuando el mundial de fútbol se celebra en otro país. En Río los banderines sólo ondean en las favelas y en alguno que otro establecimiento comercial. El grafiti anti-copa tiene predominio en la decoración popular de la ciudad. Y muchos de los volantes que circulan en las calles anuncian convocatorias para las protestas, congresos y mítines políticos adversos a la copa del mundo. Los microeventos políticos ensombrecen el megaevento deportivo.
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La nota destacada de la inauguración fue la confrontación. El argentino Jorge Valdano, hombre de letras e inteligente, aunque desproporcionadamente apodado el “filósofo del fútbol”, declaró en alguna ocasión que este deporte se ha convertido en algo lo suficientemente importante como para demandarle un poco de responsabilidad social. Muchos en Brasil parecen coincidir con el exfutbolista argentino. Otros difieren, y desprenden el fútbol de su momento sociopolítico. Estas dos posiciones se enfrentaron física y verbalmente en Copacabana, el “día uno” de la justa mundialista. Brasileños pro-copa y anti-copa colisionaron en las inmediaciones de la emblemática playa carioca. El encuentro no fue nada tersa. Golpes, empellones y recordatorios de progenitora. Los menos fieros buscaron los micrófonos y cámaras para expresar, según fuera el caso, su simpatía o inconformidad con la copa. La policía militar reprimió sigilosa y selectivamente. No obstante, ese mismo día por la mañana, en el folclórico barrio de la Lapa, los llamados “robocops” disolvieron la primera manifestación de la jornada inaugural con lujo de garrotazos y explosivos lacrimógenos. Más de un manifestante fue detenido sin que los medios de comunicación pudieran dar cuenta de su nombre o paradero. Al final, todo marchó sin contratiempos y con singular festividad… de acuerdo con los reportes de la prensa tradicional.
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Balón dividido, auditorio dividido. Esta contradicción es la cifra dominante de Brasil 2014.
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