Por Octavio Martínez
(23 de junio, 2014).- En tiempos donde todo es fútbol, resulta inevitable pensar en él, con él y a través de él: símbolo inequívoco de su importancia no sólo como deporte y entretenimiento, sino como representación del drama humano.
En cuanto al derecho y el fútbol, podemos decir que se tocan de muchas maneras. Hay metáforas jurídicas en el juego porque éste (sea el fútbol o cualquier otro) representa o simboliza, de una u otra manera, las dinámicas sociales de las que el derecho también forma parte. Sin duda, la mercantilización hace que el juego proyecte otro tipo de pasiones, deseos y valores que nos hacen olvidar las más sutiles: el capitán, símbolo de sabiduría y confianza se convierte en una marca, una imagen; el rival, espejo de nuestras debilidades y fortalezas se convierte en un objeto de desprecio y desecho; el campo y la tierra, representación de nuestro mundo se transforma en una campaña publicitaria.
Con todo, el juego sigue reflejando su propia naturaleza y pese a nuestro insaciable deseo de consumo, comunica mucho más fenómenos sociales de lo que pareciera: Quién es el árbitro sino el juez que tendría que dirimir los conflictos entre las diversas fuerzas sociales que se enfrentan; quiénes los jugadores sino la sociedad civil intentando organizarse para satisfacer algún fin; quién es el público sino el pueblo exigiendo justicia cada que un árbitro se equivoca, o cada que un jugador hace trampa (aunque también haciéndose de la “vista gorda” cuando una injusticia favorece sus deseos); quiénes son las asociaciones de fútbol sino los parlamentos legislando las condiciones para realizar el juego (aunque tantas veces lo hacen de forma mafiosa y antidemocrática); qué es el reglamento oficial del juego sino la constitución del fútbol.
Tomemos estas metáforas (buenas o malas) para ejemplificar un fenómeno jurídico de vital importancia: el papel del juez como garante de los derechos, y balanza indispensable para el desarrollo de un juego social democrático y justo. Si el árbitro central representa al juez, y el reglamento de juego la constitución, podemos concluir que la tarea de aquel es hacer valer los derechos y obligaciones dispuestos en este reglamento sin favorecer a ningún equipo por ninguna circunstancia. Si el árbitro deliberadamente favoreciera a un equipo y perjudicara al otro, el juego tendría serias complicaciones para desarrollarse y podría desatar la violencia entre las facciones/equipos o el pueblo. El árbitro debe ser independiente de los equipos que disputan un partido.
Ahora, supongamos que los árbitros han entendido su importancia dentro del juego y aunque en momentos favorecen a un equipo, no lo hacen de forma excesiva, ni buscan influir en el resultado. Es decir, pensemos árbitros conscientes de que su tarea consiste en hacer valer el reglamento y dirimir con él las disputas que surjan en el juego. Aun en ese espectro, el árbitro puede tomar distintas posiciones que favorezcan o entorpezcan el flujo de un partido. Imaginemos un árbitro especialmente rigorista: al menor contacto, marca una falta y detiene el juego; sanciona posiciones milimétricas de “fuera de lugar”; amonesta a cualquier jugador que reclame una decisión; no agrega un sólo minuto a los tiempos del partido. Cuando el árbitro se comporta así, el juego suele volverse árido y tosco, aburrido; el árbitro se vuelve protagonista sin ninguna necesidad de que lo sea. Hay países como México donde los árbitros tienden a esa posición, el resultado muchas veces ha sido que los partidos de la liga mexicana sean lentos, y que los jugadores estén más preocupados por convencer al árbitro que por jugar. Existen otras ligas como la inglesa o la italiana y en general la alemana y española, donde los árbitros suelen adecuar sus criterios sancionadores para dejar que el juego siga su curso. Apuestan a que las faltas pequeñas se vayan solucionando por la dinámica particular del partido, e intervienen sólo ante faltas graves para evitar el caos y para proteger el espíritu del juego. Normalmente esto provoca un juego más ágil y rápido que suele gustar mucho más al público, y también permite que los jugadores desenvuelvan mejor su talento futbolístico en lugar del histriónico.
De ninguna manera estoy tratando de señalar que, en el mundo jurídico, los jueces europeos tienen criterio y que los mexicanos son excesivamente formalistas. En todo el mundo hay jueces rigoristas y jueces con criterios más amplios. Lo que sí, es que un juez rigorista aquí y en China tiende a privilegiar la ley por encima de la justicia, pues piensa que ley y justicia son una y la misma cosa; como si el artículo de un reglamento, un código, o una constitución fuera por sí sólo tan exacto como alguna ley de la física clásica de Newton. Pero las leyes son artificios humanos que si se aplican de forma absoluta, aunque pretendan justicia, corren el riesgo de convertirse en la mayor de las injusticias.
Así como el fútbol se ve favorecido cuando un árbitro respeta el reglamento pero no lo aplica como un dogma, también la justicia se ve favorecida cuando un juez protege los derechos y evita identificar su tarea con la aplicación mecánica de un reglamento.
Desde hace tiempo, en México se ha ido construyendo un discurso que postula la “cultura de la legalidad” para obtener justicia y hacer valer el “Estado de Derecho”; basta dar una hojeada a las columnas de opinión de los principales periódicos para darse cuenta de ello. Este discurso preocupa, porque implica el deseo de establecer un árbitro rigorista: nunca se habla de fortalecer una cultura jurídica, una cultura de protección de los derechos, ni mucho menos de construir una república participativa donde se reconozca la importancia de la pluralidad para la creación de un derecho democrático. El discurso de la “cultura de la legalidad” esconde tras una máscara de lucha por la justicia, una posición ideológica clara; apunta a un estado-policía (tal y como lo pedían los pequeño burgueses del siglo XIX) que persiga y castigue con mano dura a todos los disidentes. Lo que se busca es un árbitro rigorista que expulse a todo aquel que exprese su descontento y que sancione cualquier intento por mejorar las reglas del juego: se pretende la igualdad ante la ley sin la mínima consideración de que para que eso sea justo, primero se debe equilibrar el acceso a recursos culturales, económicos, políticos y sociales.
Si no nos gustan los árbitros rigoristas que vuelven árido un juego, ¿por qué queremos jueces formalistas que apliquen la ley sin la menor consideración de los factores sociales que llevan a un individuo a incumplirla o ignorarla? Emociona que un árbitro se atreva a plantear una dirección del partido donde gane el talento; también emociona que un juez se atreva a pensarse como aquel que debe garantizar la protección de los derechos consagrados en las constituciones y declaraciones de derechos, y no como quien debe preservar el statu quo que se dibuja en los artículos de los códigos de comercio.


