(09 de julio, 2014).- En otros países, las leyes exigen a los bancos centrales un manejo monetario fino en coordinación con otras autoridades encargadas del manejo económico global, especialmente con las del área fiscal para intentar alcanzar una sincronía en el desempeño de variables clave como las tasas de interés, tipo de cambio, salarios, entre otras, así como para lograr las metas generales de la política económica. Tal es el caso de los bancos argentino y chileno a diferencia del Banco de México (Banxico), a cargo de Agustín Carstens, una institución financiera herencia de Carlos Salinas de Gortari y Pedro Aspe.
La anterior es una tesis del economista Marcos Chávez, quien señala que por razones políticas y técnicas, Banxico es el responsable de la recesión en el país, administrado por “Chicago Boys” forjados en el Fondo Monetario Internacional (FMI), el Banco Mundial (BM) y otras instituciones financieras neoliberales para que éstos se encuentren al servicio de Enrique Peña Nieto.
Banxico, señala Chávez, funciona de manera distinta desde la reforma constitucional de 1993, misma que fue “modelada durante el salinismo bajo la lógica de las contrarreformas neoliberales impulsadas por el FMI, el Banco Mundial y el Consenso de Washington, y ante el riesgo de un eventual triunfo electoral del entonces partido progresista más importante (ahora convertido en social neoliberal)”.
En un artículo publicado este miércoles por la revista Contralínea, Marcos Chávez señala que la autonomía dada a Banxico no sólo lo convirtió en un enclave autoritario, sino “en un santuario hermético de la ortodoxia monetarista, alejado del control democrático en el manejo de uno de los elementos clave en la toma de decisiones económicas”.
“Banxico, responsable de la recesión” recita el título del análisis de Chávez, que declara que tal ortodoxia monetarista repite las reformas autonómicas neoliberales en varias partes de América Latina que determinan que sus bancos centrales se dediquen de manera exclusiva al control de la inflación con la manipulación de los réditos y otros instrumentos monetarios, negándose a otorgar financiamiento al sector público por considerar “como buenos monetaristas” que es el gasto desmedido el responsable de los proceso hiperinflacionarios de la década de 1980 y 1990 en la región tras la crisis de la deuda externa.
Ante la histórica exclusión de los bancos centrales en todo tipo de escrutinio legal, la consecuencia fue que éstos se volvieron intocables, señala Chávez.
Las autonomías concedidas a los bancos centrales durante los regímenes impuestos en América Latina como en el caso de Augusto Pinochet en Chile y Carlos Menem en Argentina, se trató de uno de los eslabones de una cadena política y económica diseñada por los regímenes “para perpetuar la institucionalidad e influencia […] en la futura democracia surgida entre las ruinas golpistas”.
Menem, Pinochet y los artífices de estas políticas económicas post golpistas, “son almas gemelas de Carlos Salinas de Gortari y Pedro Aspe, que hicieron lo mismo con el Banxico”, señala el economista.
No obstante, mientras los golpistas latinoamericanos enfrentan juicios penales, “Salinas de Gortari y Aspe viven tranquilamente, participan en el saqueo neoliberal de los recursos de la nación que ellos mismos instrumentaron y se preparan para ampliar su agenda de negocios con la profundización de la depredación energética que legislan los peñistas-priistas-panistas y sus socios menores”, escribe Marcos Chávez.
A decir del economista, la fidelidad de Banxico a Enrique Peña Nieto depende de dos vías. En la primera, señala que Salinas de Gortari y Pedro Aspe –su secretario de Hacienda- se encargaron de establecer la sumisión del Banco de México al Ejecutivo, al determinar por ley que “el jefe del Ejecutivo es quien designará a la junta de gobierno, al gobernador y a los cuatro subgobernadores, con la venia del Senado, o cuando éste se encuentre en receso de la Comisión Permanente del Congreso de la Unión”.
Al elegir a los miembros del Banco, señala el economista, todos fueron “forjados en los hornos académicos de los creyentes a ultranza de los mitos monetaristas”.
“Todos se refinaron doctrinalmente por tránsito en los pasillos del propio Banxico, de la Secretaría de Hacienda y Crédito Público, del FMI y de los laberintos de la especulación financiera”.
Marcos Chávez los enumera.
“Carstens en el ITAM, Chicago y el FMI. Los subgobernadores: Roberto del Cueto en la derechista escuela libre del derecho, como Javier Lozano, en Scotiabank-Inverlat y el ITAM; Javier E. Guzmán, en el Instituto Tecnológico de Estudios Superiores de Monterrey y el FMI; Manuel Ramos, en el ITAM y la neofranquista opusdeista Universidad Panamericana; Manuel Sánchez, en Bancomer BBVA y el ITAM”.
Se tratan, dice Chávez, de intachables Chicago Boys. “Aunque no sean los mejores. Ni sus resultados cosechados sean sus mejores credenciales”.
La lista no se detiene, a la “Santa hermandad”, como la define el economista, a la ausencia de intervención estatal en las decisiones del Banco de México, se le suma un lenguaje común de los titulares de Hacienda, Pedro Aspe, Agustín Carstens, Guillermo Ortiz, Ernesto Cordero, José Antonio Meade, Luis Videgaray, quienes “la única forma de intervención estatal que están dispuestos a tolerar es la de policía de la seguridad interna y de guardián de la acumulación privada de capital”.
“Una verdadera reforma de la constitucionalidad del banco central (sic), producto de un consenso nacional y no de una conspiración tecnocrática como la salinista-aspista, tiene que obligarlo a que contribuya decisivamente a reducir la inflación y al control de los equilibrios macroeconómicos básicos, sin afectar tóxicamente a otros determinantes de la mantención y legitimación de un sistema políticamente democrático: la satisfacción de las necesidades básicas, la reducción de la desigualdad social, la percepción de amenaza de intereses vitales de las mayorías”, apunta.
Chávez apunta su conclusión: “Los neoliberales han vendido la idea de que la autonomía del banco central es una conditio sine qua non para aspirar el crecimiento con estabilidad de precios. Sin embargo, Stiglitz señala que ‘existen pocos testimonios de que los bancos centrales independientes que se centran exclusivamente en la estabilidad de los precios obtengan mejores resultados en cuanto a esos aspectos decisivos. En cambio, agrega que otros bancos centrales, sin ser autónomos, han registrado mejores resultados’.”
Para el economista, en los regímenes despóticos la política monetaria define sus objetivos autoritariamente al ser consensuada únicamente en un conciliábulo, en cambio, contraria a las acciones del Banxico herencia del priísmo, en un sistema democrático, señala Marcos Chávez, “tiene que fundamentarse en un contexto y en entorno libre y respetuoso, a través de la persuasión y del convencimiento, y no de la imposición. Lo anterior le otorgará su legitimidad que redundará en la estabilidad económica y política-democrática”.

