(30 de julio, 2014).- En la división internacional del trabajo contemporánea, el gobierno estadounidense le apuesta a un México proveedor de materias primas estratégicas y de mano de obra a nivel de esclavitud moderna. Para ganarla, cuenta con una clase política “mexicana” dispuesta a todo con tal de ofrecer resultados satisfactorios a la Casa Blanca. Lo está demostrando, con plena desvergüenza y cinismo, lo que cancela una mínima posibilidad de esperanza de redención favorable al interés nacional. Estamos condenados a ser el patio trasero de Estados Unidos, aunque se tengan que pagar costos sociales que habrán de afectar la “gobernabilidad” y con ello la buena marcha de la economía.
Según un reporte del Banco Mundial (BM), en la década pasada, casi cuatro de cada diez víctimas de homicidio en México eran jóvenes. En tan sólo dos años, de 2008 a 2010, se produjo 43.4 por ciento de muertes violentas en el grupo poblacional de 10 a 29 años. El organismo señala que la violencia relacionada con el crimen organizado genera pérdidas anuales por 4 mil 300 millones de dólares. (“La Jornada”, 27/07/14). Esta dramática situación se habrá de magnificar en los años venideros, cuando empiecen a sentirse los efectos de la total privatización de Pemex y de la Comisión Federal de Electricidad. La desigualdad social tomará un curso escalofriante que derivará en más violencia y homicidios.
Todo hace suponer que tal circunstancia ha sido prevista por la Casa Blanca y por los organismos financieros trasnacionales, y han concluido que aun así siguen siendo muy atractivos los beneficios a la plutocracia internacional, por eso no les importan los costos sociales, al fin que quienes los habrán de pagar son las clases mayoritarias de nuestro país. Mientras no haya una firme respuesta de éstas a los desmanes de la oligarquía y su brazo ejecutor, la burocracia dorada en el poder, seguirán esquilmando a la nación hasta que ya no haya más recursos por explotar.
A Pemex se le dejará en los huesos, porque no se le dará una mínima oportunidad de resarcir sus pérdidas, pues de acuerdo con la reforma energética seguirá teniendo una carga fiscal de 71 por ciento sobre sus ingresos totales, además de que deberá pagar, ya como “empresa productiva”, un impuesto sobre la renta (ISR) equivalente a 30 por ciento de sus ingresos después de impuestos. En cambio, las empresas privadas podrán hacer deducciones específicas y llevar a cabo sus actividades en tasa cero de IVA. ¿Qué se espera que ocurra ante semejante injusticia? Desaparecerá la paraestatal y estaremos totalmente a merced de las grandes trasnacionales petroleras.
Por otro lado, se acordó reducir a los estados las participaciones por ingresos petroleros, lo que reducirá sus ingresos en 23.6 mil millones de pesos. El colmo de la injusticia fue avalar en la Cámara de Diputados la propuesta de Enrique Peña Nieto, por parte de las bancadas del PRI-PAN y sus lacayos del Partido Verde y del Panal, de quitar la obligación a las empresas petroleras privadas de pagar reparto de utilidades a los trabajadores del ramo. Aun así, Peña Nieto no deja de hablar sobre el “gran futuro” que le espera a los mexicanos con las reformas estructurales, aunque sólo actúe en favor de una minoría que no llega a cien familias oligárquicas.
Lo doloroso e inexplicable de esta lamentable realidad, es que las clases mayoritarias no reaccionen conforme a la gravedad de los daños que se les están infligiendo. La consecuencia está a la vista: un sadismo cada vez más claro del grupo en el poder, a sabiendas de que no encuentra oposición a su criminal proceder. Se podrán reunir dos o tres millones de firmas para que la Suprema Corte de Justicia de la Nación (SCJN) avale una consulta popular sobre la reforma energética. Se podrá lograr que la totalidad de respuestas a la pregunta de la consulta sea favorable, es decir que no se autorice la privatización de Pemex y de la CFE.
¿Acaso esto sería suficiente para dar marcha atrás a la entrega de ambas paraestatales a empresas trasnacionales? Lo único que podría evitarlo es la movilización, firme y organizada, de la población. Un paso indeclinable es no permitir que la derecha siga “ganando” elecciones: ya está lista para apuntalar su mayoría en la Cámara de Diputados el año que viene.

