A 46 años, miles condenan la matanza del 68; exigen reabrir juicio contra Echeverría #Fotos

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Alejandro Melgoza Rocha / @Giornalista3_0

(3 de octubre, 2014).- En el silencio sepulcral dos escenas contrastan en Tlatelolco, Distrito Federal: Pasado y presente. Por un lado, una pareja con el cabello plateado y arrugas en la piel camina tomada de la mano, se dan un beso y después levantan una pancarta oscura que rememora la masacre del 2 de octubre de 1968; mientras que a lado de ellos pasa otra pareja, joven, con vestimentas coloridas, estrechando sus labios y alzando el brazo izquierdo para formar una V de la victoria con sus manos, como se hacía en aquellos días represivos que aún persisten.

Para algunos artistas plásticos hay edificaciones o creaciones arquitectónicas que siempre lloran sin importar cuántos años transcurran, es el caso de aquella explanada donde cayeron desplomadas quién sabe cuántas personas alcanzadas por las balas disparadas desde las alturas durante un operativo militar artero y sin escrúpulos, claramente orquestado de acuerdo con investigaciones, por el propio gobierno del Partido Revolucionario Institucional (PRI), en 1968.

Ahora mismo, en 2014, en ese suelo otrora teñido de sangre joven, transitan las nuevas generaciones que a pesar de los 46 años cumplidos, lo han adoptado como una demanda porque no “perdonamos ni olvidamos”, máxime cuando se trata de la hermandad universitaria. Hay veladoras, fotografías de cadáveres destrozados, grabados de militares erigidos desde el poder del armamento, la imagen de los ex mandatarios Díaz Ordaz y Echeverría, mantas, pancartas, playeras y todo tipo de piezas que traen grabado entre sí la misma exigencia: Justicia.

Son las 16:00 horas. El ruido aumenta por las consignas emitidas desde los pulmones universitarios del IPN, UNAM, Chapingo, UAM, CCH, UPN; sin embargo, los decibeles de la muerte son más pesados. Gritan, sonríen, conviven, comen, fuman yerba y tabaco, se abrazan, se besan, carcajean, discuten, lloran, recuerdan… todo, de codo a codo. Todo, como hace 46 años, como jóvenes con sueños que están dispuestos a revertir el panorama de oscuridad, como aquellos que hace casi cinco décadas se los arrebató un régimen que en cambio se vanaglorió ante el mundo con las Olimpiadas de México 68.

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El número de manifestantes durante la marcha rebasa las calles. Se extiende una serpiente humana por todo el Eje 1. A los alrededores las patrullas de la SSPDF cierran todos los circuitos por donde atravesará la marcha del silencio. Los metros Hidalgo, Bellas Artes, Allende y Zócalo están cerrados. No hay paso.

“¡El color de la sangre no se olvida!”, gritan padres de familia con una expresión de rabia en los ojos en tanto agitan el puño e insultan al PRI. Llevan a sus hijos de la mano, les platican sobre lo que ellos vieron durante su juventud, sobre las malicias del ejército; los niños tratan de entender y repiten las consignas que gritan sus papás.

Se desata la lluvia. Gotas enormes mojan en segundos a los participantes. Nadie se mueve salvo algunas personas que se cubren con los negocios. Otros más compran paraguas o cobertores de plástico improvisados por los comerciantes que ya están listos con otros servicios para atender a los miles que allí están.

La marcha es dirigida por un camión y una Van del “Comité 68” que lentamente avanza; la Van tiene pegadas muchas papeletas con el impreso de la agrupación que vivió aquellos días, cuyos colores son el blanco y el rojo, con una paloma. La lluvia los ha empapado completamente, están desbaratados y la tinta roja se destiñe en el ave, como si fuese sangre.

Desde las bocinas gritan: “Pedimos a Enrique Peña Nieto que detenga la represión”, “exigimos la necesidad de un cambio en el país”, así como el “Goya” y el “Huelúm”. Cuando cruzan el subterráneo se crea un eco de exigencias; resaltan rostros de padres de familia, abuelos y en su mayoría de jóvenes, muchos de ellos universitarios.

La marcha vira hacia la calle 5 de Mayo. La lluvia ha parado. Todos los participantes apuestan una cosa: Aquí habrá granaderos o federales, como ha ocurrido en veces pasadas.  Sin embargo, en todo el camino no ha habido la presencia de un solo uniformado que frene o encapsule los contingentes.

Y como si intentaran revivirlo de un modo gráfico para tenerlo presente, colocan hasta adelante una gran pancarta donde aparece Raúl Álvarez Garín, líder incorruptible del movimiento que recientemente falleció. “Viva Álvarez Garín, un gran líder”, se dejan oír los gritos y aplausos.

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La bandera está izada a la mitad. La nación está de luto.

Una vez en el Zócalo capitalino, se realizan pequeños círculos de compañeros, amigos, activistas, artistas, universitarios, estudiantes… pequeños performance que ilustran la matanza de 1968. Mantas estiradas que rezan consignas. Jóvenes por doquier acostados en la explanada que recuerdan la esencia de la juventud del 68.

Fotógrafos apuntan y suenan los obturadores. Tienen toda la atención en una escena, y es que junto a la Catedral hay una señora en una silla de ruedas, vestida de blanco y negro con el cabello jaspeado y carmín rojo en los labios, que permanece muda. A su lado izquierdo ondea una bandera mexicana con los colores del duelo, de un México muerto, mientras en las manos carga una cartulina que dice: “Soy un fantasma del 68. Ni perdono, ni olvido”.

Los contingentes de las universidades entran corriendo mediante el famoso “8” cuando numeran en cuentan regresiva para después salir como estampida, con sus mochilas colgándoles, las matas revoloteándose, los collares coloridos brincando de un lado a otro, donde algunos caen, se tropiezan o son arrollados por sus compañeros.

Frente al Palacio Nacional está un templete. Arriba de éste se hallan los líderes del 68 que no se corrompieron. Toma la palabra Félix Hernández Gamundi, quien va de camisa vino, pantalón negro y lentes oscuros. El aire mueve su cabello canoso. En sus ojos se ve cansancio, por los años, harto de injusticias que enumera, la más reciente que es la de Ayotzinapa, Guerrero, donde elementos municipales y presuntos sicarios más asemejados a paramilitares mataron y desaparecieron a normalistas, tal como ocurrió durante la guerra sucia comandada por Miguel Nazar Haro operando “La Brigada Blanca” en los sesentas y setentas.

“Guardemos un minuto de silencio por Raúl Álvarez Garín”, exclama. El silencio penetra el Zócalo, pero aún pueden escucharse porras de grupos que continúan entrando, pues resultó ser numerosa la marcha. Acaban los sesenta segundos y le sigue una persona del público: “Otro minuto… ¡pero de aplausos y alegría!”.

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Hernández Gamundi enfatiza: “Por primera vez en muchos años hemos marchado sin la presencia de la policía”. Después saluda y reconoce a las universidades presentes, especialmente la que ahora llevó a las calles un movimiento en contra del Nuevo Reglamento aprobado que pretende tecnificar la educación, se trata del Instituto Politécnico Nacional (IPN), el cual ha refutado el proceso antidemocrático de la directora Yoloxóchitl Bustamante.

El otrora dirigente estudiantil apunta la presencia de los Yaquis (quienes ahora pelean por el agua y sus tierras que el gobierno de Guillermo Pedrés pretende arrebatarles), la CNTE, San Salvador Atenco (nuevamente amenazados por el proyecto anunciado del peñanietismo: El Aeropuerto), la Rural de Ayotzinapa, así como del Movimiento de Topilejo que apoyó a jóvenes durante esa época.

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Son las 18:19. Por el micrófono mencionan: “A esta hora los militares lanzaron las bengalas en Tlatelolco”, como aviso para abrir fuego en contra de los estudiantes.

“Un minuto de silencio”, insisten.

Los manifestantes permanecen mudos. Se escucha una y otra bengala tronar en el aire, el viento mueve a la bandera colocada a media asta. Los ojos de una señora quizá septuagenaria se tornan acuosos, se nota algo en su cuello, es un nudo en la garganta.

Un minuto doloroso, de duelo, donde algunos de los ahora presentes vieron morir o desaparecer a cercanos, amistades, novias, novios, compañeros, colegas, camaradas… y aunque las nuevas generaciones no lo presenciaron, no paran de escucharse en sus pláticas lo triste que resulta mirar las fotografías que muestran a las víctimas desnudas, arrodilladas, contra la pared, ensangrentados o con el rostro desecho por el plomo criminal.

“¡Un compromiso que hacemos es que vamos a lograr que el juicio contra Echeverría sea abierto!”, promete Hernández Gamundi. Todos reaccionan inmediatamente: “Ese hijo de su pinche madre”, “Sigue vivo ese hijo de puta”, “Que se lo cargue la chingada”, “¿Cómo es que sigue vivo ese mierda?”.

Y Hernández finaliza: “Exigimos hagan caso a las demandas de los pueblos indios, como los Yaquis que pelean por su agua y sus tierras; exigimos castigo a la represión de estudiantes; exigimos castigo a la masacre de Tlatlaya; exigimos la liberación de los presos políticos, como lo es Mario Luna y Manuel Mireles…”

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