(6 de junio, 2014).- “Del funeral no recuerdo nada, luego de eso pasé por varios institutos psiquiátricos porque estaba ¡Loca, loca del dolor!”, exclama Estela temblorosa, con la voz entrecortada, con el llanto en los ojos y la tristeza en el rostro. Parece que en cualquier momento sus piernas la dejarán desplomarse. Pero Julio Cesar –su marido- la sostiene desde atrás amorosamente. Estela lee el testimonio de lo ocurrido hace 5 años en la guardería ABC en Hermosillo Sonora, cuando perdieron a “Yeye” su hijo menor. Al tiempo que pasan las hojas del cuaderno rojo, las lágrimas corren por las mejillas de ambos. En el templete los otros padres que han venido desde el norte comparten el dolor de la pérdida de los hijos fallecidos. Han llegado para encabezar el Cortejo Fúnebre de la Marcha Solemne que busca evadir el olvido de los 49 niños que murieron en el incendio de un espacio en el que “pensaron que sus hijos estarían seguros”.
El 5 de Junio del 2009 en Hermosillo Sonora 176 niños se encontraban resguardados en la Guardería ABC del Seguro Social. Poco antes de las 15:00 horas, mientras los niños dormían la siesta, un incendio se extendió debido al polielistileno del techo de la estancia. Las puertas de salida de emergencia se encontraban selladas y el personal no fue suficiente ni eficiente para sacar a la totalidad de los niños, menores de 5 años todos. En consecuencia 49 pequeños perdieron la vida.
Aquella tarde Estela vio el humo cerca de su casa, nerviosa llamó a su marido quien intentó calmarla pero ante la actividad de “patrullas en sentido contrario” supo que algo no estaba bien. Julio César y Estela comenzaron la búsqueda porque “Yeye” no aparecía en las inmediaciones de la estancia infantil. “Cuando llegamos al hospital era un horror, había padres llorando por todos lados que buscaban a sus hijos, yo estaba, dentro de lo que cabe, tranquila (…) una empleada de la guardería nos dijo que los niños estaban bien, ahí comenzaron las mentiras (…) luego por la bocina escuché la peor noticia de mi vida, nos dijeron que no todos los niños estaban bien (…) a pesar de haber visto el cuerpo de mi hijo no lo podía creer”.
Las autoridades del entonces gobernador de Sonora, Eduardo Bours había dado indicaciones para que se restringiera la información. Los padres no tenían conocimiento de la atención ni del lugar en donde se encontraban sus hijos. Habían confiado en que el lugar donde sus hijos eran cuidados era lo suficientemente seguro pues dos semanas previas a la tragedia había sido supervisada y reconocida por su funcionamiento. “Era una guardería maquillada” dijo Estela. La versión oficial concluyó que debido al sobrecalentamiento del sistema de enfriamiento de una bodega contigua llena de documentos se incendiara por una chispa.
“Mi historia es muy similar, desde que esto pasó, yo no he podido ver las fotos de mi niño, no he podido ver los álbum, no he tenido la fuerza para presentárselos (…) Tengo a mi hijo en mi casa, tengo sus cenizas, cuando miro hacia allá recuerdo sus travesuras, pero no he podido ver sus fotos”, indica. Al fondo del templete, la pantalla aparece en negro y sólo el nombre de Carlos Alán, al frente su padre, Carlos Santos.
Hasta adelante del Cortejo las manos de Abraham Fraijo y su esposa se unen tomando el manubrio de una carriola, al tiempo que estoicos portan la bandera de México enlutada, mientras avanzan por la Avenida Reforma, luego por Juárez, 5 de Mayo y, una vez que arriban a la plancha del Zócalo, son bombardeados por fotógrafos. Son los padres de Emilia quien tenía 3 años, 3 meses y 14 días cuando murió.
Les acompaña el sonido insistente de un tambor fúnebre que intenta atraer las miradas, la consciencia, el silencio, la indignación. A diferencia de una marcha en la que el bloqueo causa la molestia de peatones y automovilistas basta comenzar a ver la larga fila de fotografías ampliadas de los niños y niñas que murieron aquella tarde para guardar silencio. Mujeres hacen sentidas muecas, algunas se llevan el brazo al pecho como si pudiesen sentir parte del dolor de las madres, de los padres que han venido desde Sonora a pedir justicia para lograr el luto que se les debe.
El cortejo avanzó desde el Ángel de la Independencia y se extendió en una larga fila de imágenes de los pequeños fallecidos, que fueron cargadas por comunidad de actores y actrices que se sumaron a la exigencia de respuestas. Miradas clavadas al frente, vestidos de negro. En la retaguardia un conjunto de banderas rosas y azules arriban hasta el Zócalo para alinearse frente a Palacio Nacional. A cada fotografía, una bandera. De espaldas primero al poder, de frente luego para exigir ahí la vergüenza de faltar a su promesa de encarcelar a los culpables.
El tambor corre de lado a lado. Un pequeño sostiene una lona que versa la pluma de Graciela, su madre. Han venido a solidarizarse con los padres, con las vidas perdidas de 49 niños. Y es que Luis Ángel, como se llama, tiene 8 años, “muchos de los niños que fallecieron tenían su edad”, dice Graciela. Luis sabe que hoy esos niños podrían ser sus compañeros de tercer grado en la primaria.
“(…) Tengo 49 razones y una más, para estar contigo, tengo 59 razones y una más para no callar. Soy la sociedad que se indigna, pero se avergüenza, pero te acompaño. Soy la sociedad que se desconcierta pero no se paraliza (…) no soy la sociedad que no tuvo tiempo, no soy la sociedad que se apesadumbra desde su sillón (…) por eso por 49 razones y una más hoy vengo (…) Dedicado a las familias de Sonora desde el D.F. Los acompañamos en su lucha”, Graciela y Luis Ángel.
Epigmenio Ibarra, quien en todo momento impulsó el acto exigió en altavoz la justicia negada. Ahí se dejaron las fotos como recordatorio. En el templete se leyeron uno a uno los nombres completos de cada pequeño y con tristeza por cada uno de ellos se lanzó el grito: “¡No debió morir!” Aún el llanto no cesa, la tristeza está grabada por siempre en sus rostros, basta una canción, basta la imagen de un niño o una niña para entender la crueldad de la indiferencia del poder hacia quienes perdieron “su tesoro más grande”.
“La corrupción, la impunidad, el nepotismo mató a esos niños (…) Aquí estamos los que no olvidamos, los que tenemos corazón y determinación (…) con los padres estaremos siempre, siempre, siempre”, continúa.
Estela recordó que cuando Enrique Peña Nieto era candidato a la presidencia, se comprometió a dar respuesta a la necesidad de los padres de hacer justicia pero “o no quiere o le da miedo (…) de no cumplir con lo prometido me veré en la necesidad de empezar una huelga de hambre aquí en la Ciudad”.
25 niñas y 24 niños murieron hace 5 años en una guardería que no contaba con las medidas de seguridad, pero los reconocimientos abundaban. Los padres han seguido en todo este tiempo indagando, exponiéndose a las “versiones oficiales” que reducen todo a una chispa en una bodega contigua. Responsables no han habido, el regreso de los años de cada padre con sus hijos tampoco. Un duelo se debe.
“Epaguetito (spaguetti), bóndigas (albóndigas) y chochorron (carne asada)” era la comida favorita de Andrés Alonso, pequeñito trajeado en una fotografía que desfila sobre las calzadas de la ciudad en busca de una respuesta para su madre. Algo más que una explicación simple que les ayude a los padres de los 49 niños a comprender por qué hoy sus hijos no siguen con vida, porqué el recuerdo que queda de ellos es una imagen ampliada, un resguardo de cenizas, una imagen negra en pantalla porque papá no soporta aun poder mirar el álbum de su hijo fallecido debido a un gobierno negligente.











