Habían pasado un par de horas desde la última vez que María había oído a su hijo Alberto, un joven de 12 años acostumbrado a tenerlo todo, principalmente por la incapacidad de María a decir “no”. En ese par de horas ella se enfrascó en algunas diligencias que había postergado desde hace tiempo, pero la tranquilidad sonora en esa casa no era muy común estando Alberto presente, por eso su exaltación fue tan grande al percatarse de este silencio. —¡Alberto! — gritó con preocupación; al no recibir respuesta corrió al segundo piso. El humo era abrumador, al momento de abrir la puerta del cuarto lo encontró entre llamas, paralizado en medio de todo, María lo jaló logrando sacarlo de la casa. Los bomberos llegaron demasiado tarde, el 70 por ciento de la casa se había quemado.
Al cuestionar a Alberto sobre este incidente él solo se limitaba a repetir que no era su culpa y llorar, ella solo lo abrazaba y le decía que no se preocupara, que todo iba a estar bien.
A lo largo de su vida, Alberto comenzó varios incendios en diferentes lugares, pero jamás lo aceptó, él siempre les hacía creer que era la víctima…
La política mexicana está plagada de falsas víctimas, principalmente entre quienes se sentían dueños de México, esos que aún en estos tiempos de transición siguen pregonando su inmunidad con grandes carcajadas, porque saben que ella es producto del mal sistémico que causaron.
La conveniencia de estos seres inmundos para hacerse los vulnerables se hace más evidente cuando no son ellos los que tienen el control, radicalizan su discurso y al ser evidenciados utilizan la victimización alegando ser perseguidos, o bien, en su máximo desplante apelan a la falta de libertad de expresión.
Vivimos tiempos donde los actores políticos de la derecha son más actores que políticos, que logran pasar del lloriqueo por decirse perseguidos cuando se les señalan sus mentiras, al odio absoluto cuando se denomina “estela de la muerte” a la suavicrema.
En últimos días, Felipe Calderón se proclamó como uno de los máximos intérpretes de ficción al considerarse más que indignado por las amenazas en contra de Azucena Uresti por parte del Cartel Jalisco Nueva Generación; sí, así como lo lee, Calderón exigiendo a la administración en turno que pare la violencia en contra de periodistas cuando todos sabemos que en opacidad total “El Mencho” fue liberado durante su espuriato, apenas unas horas después de haber sido detenido por la Marina; aparte de los ya sabidos nexos que su brazo derecho tuvo o tiene con el narcotráfico.
Ahora bien, estas magistrales actuaciones no solo proceden de maestros de la actuación a los cuales rinden tributo, sino que son parte de las enseñanzas de una secta que lleva mucho tiempo operando en el país y el mundo con un nombre no sólo adecuado, sino eficaz en su simbología, “El Yunque”, escuela actoral.
Sin embargo, estas burlas dignas de un Óscar no están siendo capaces de impactar lo suficiente en la opinión debido a que el público se ha vuelto más crítico y ha aprendido a diferenciar todos los diferentes géneros que existen: ficción, drama, acción, etc. Lamentablemente, esta exigencia del público expectante los está empujando a producir churros taquilleros que lo único que hacen es empantanar de lodo todo lo que nos rodea.
También hay muy malos actores como Jorge Berry, quien no tiene empacho en basar sus técnicas histriónicas en su odio, respondiendo a un titular tendencioso de Proceso y dándole la razón al presidente, aceptándose como un clasemediero aspiracional que extraña a los corruptos del pasado; o Monreal, con sus actos mágicos oportunistas para encontrar protagonismo en cualquier recoveco mediático como lo es el espacio de Alazraki.
Estos individuos son pirómanos de la realidad, incendian todo lo que no les deja algo, todo lo que atenta contra su individualismo y sus prácticas de corrupción y cuando son exhibidos sin falla, porque sus porquerías siempre salen a la luz, solo se limitan a un “yo no fui, me hackearon”, “es un montaje”, o el famoso “yo no quise decir eso”.
Afortunadamente sí hay políticos que se dedican a la política y su actuar solo es un manifiesto de su congruencia como humanos y aunque son pocos han logrado empujar muchas conciencias que antes vivían adormiladas, despertándolas hacia espacios donde las víctimas son reales, donde las voluntades no son simples espasmos de creatividad egocéntrica, donde existe una verdadera lectura de la maldad y del bien a partir de la memoria histórica, del pensamiento ético y del principio de la construcción del cambio.


