Acumulación por desposesión y el campo mexicano: Las semillas de la rebelión

- Anuncio -

Alejandro de Coss / @RHashtag

(24 de julio, 2014).- El gobierno mexicano está embebido de sí. Perdido en los humos de la impunidad, en el poder que se piensa sin límites y en una visión de la realidad que sólo coincide con las pláticas de sobremesa, las de esa comida que ha costado más que lo que un mexicano de a pie gana en un año, insiste en gobernar de una forma muy parecida al despotismo. No son sólo los abusos disfrazados de legalidad de Moreno Valle y su Ley Bala, el cinismo que permite la libertad de Cuauhtémoc Gutiérrez de la Torre o el nulo respeto a los procesos legislativos y los derechos humanos en la expedición de la Ley Secundaria en materia de Telecomunicaciones. A todos esos actos del poder autócrata, se acaba de sumar uno más: el aval a las Leyes Secundarias en materia de Energía.

Más allá de la discusión sobre la soberanía y los mitos construidos alrededor de la imagen de una Patria mestiza y homogénea, hay temas que apuntan a una profundización de las contradicciones materiales que existen en México y, en específico, en su campo. Me refiero a la figura de la expropiación u “ocupación temporal”, como la ha llamado el Partido Acción Nacional (PAN) en las reservas que ha presentado. En ella, se plantea que las empresas que deseen explotar recursos energéticos, pueden ser beneficiadas con una expropiación en función del bien público o, en todo caso, ocupar temporalmente las tierras de los campesinos para explotarlas, a cambio de una participación accionaria o una cuota (para después, asumo, devolverlas ya infértiles y contaminadas). Estas dos figuras, si bien son distintas, muestran algunas similitudes que deben ser explicadas.

La primera es la cuestión del bien público y de lo público en sí. Tanto la expropiación como la ocupación temporal identifican el bien público con la explotación de hidrocarburos. Esto, en lo abstracto, podría ser defendido. La diferencia surge cuando se observa que, en los procesos realmente existentes, las empresas que exploten los recursos serán beneficiadas doblemente. Por un lado, el Estado les garantizará el uso de las tierras que contengan los recursos, aun en detrimento de los pobladores; en el caso de la iniciativa panista, incluso se establece que los campesinos podrán ser contratados como empleados de las empresas: tierras y trabajadores en un movimiento gratuito para las empresas. Por otro lado, el beneficio directo de la explotación de hidrocarburos es para las empresas: tan lógico como que eso es lo único que puede verdaderamente motivar su llegada a México. Este beneficio económico es el que es identificado como bien público. La noción detrás es que los beneficios de las empresas terminarán por derramarse sobre los demás. Esta fórmula, la clave de las fallidas y obsoletas políticas neoliberales, hoy es reutilizada en esta política económica que hibrida la participación estatal con el fortalecimiento de los actores privados.

Es precisamente en el encuentro entre la participación estatal y el abierto favorecimiento de los intereses de las grandes empresas en donde se puede encontrar la clave del modo de desarrollo que está detrás de las figuras de expropiación y ocupación temporal. La manera en la cual el Estado promete procurar las tierras necesarias para la explotación del subsuelo a las empresas, tan parecida a la forma en la cual ha servido los intereses de mineras y productoras de energía eólica, es parte de una estrategia global que busca dar vida a la acumulación capitalista en un momento en el que muestra sus límites por doquier. Esta estrategia se puede denominar acumulación por desposesión. Históricamente, no tiene nada de nuevo. Es aquella que Marx denominó escuetamente acumulación originaria, con la salvedad de que no se ubica en un mítico momento previo al capitalismo, sino que es función permanente de su ciclo de acumulación. Fue parte integral de su origen histórico en la colonia y ha sido parte integral de las políticas económicas que contienen lo colonial como un elemento integral de su estructura y práctica.

Toda historia de conquista es una historia de desposesión. El resultado de esa desposesión es la acumulación de tierras, riquezas y mano de obra suficiente para iniciar empresas capitalistas que, por necesidad y por definición, poseen unos cuantos. Este es el lugar en el que el colonizador se identifica con el colonialista. Este es el momento en el cual es posible observar con claridad que el capitalismo es siempre colonial. La riqueza incalculable de unos no es sólo la pobreza de otros. También implica su integración como inferiores en sistemas políticos que, a través de los artilugios de la raza y la pureza, les reducen a súbditos naturales. Hoy esas estratagemas parecen lejanas; en realidad existen en nuestras prácticas cotidianas, aunque ese es tema de otro texto. Lo que permanece es la realidad material de la explotación de aquellos que, desposeídos, se convierten en la mano de obra que requiere el capital para subsistir.

Este es el caso de la reciente la reforma energética y su Ley de Hidrocarburos. Los campesinos que, en el mejor de los casos, se verán forzados a prestar sus tierras por un periodo larguísimo, a cambio de un porcentaje indeterminado pero minúsculo, deberán convertirse en mano de obra. Cuando, en el mejor de los casos, su tierra les sea devuelta, muy probablemente será infértil: un trozo de tierra inerte sin ningún valor. Se argumentará que la desposesión les obligará a ser productivos, que podrán obtener un trabajo (¿cuál?, si no cuentan con las cualificaciones que se requieren para tener uno que les pudiera proveer alguna dignidad), que podrán mejorar su vida, adquirir una tarjeta de crédito, comprar cosas, tirarlas a la basura cuando sean inútiles y después comprar más. Adquirir una deuda, trabajar en el pozo para poder pagarla, sin éxito. Conseguir otro crédito, seguir comprando cosas, incluida su comida, tener una deuda aún más grande y trabajar en condiciones miserables, como buen obrero, hasta el día que mueran. Tal vez añoren, en el lecho de su último aliento, aquel cachito de tierra que un día les obligaron a prestarle a una transnacional. Recordarán como ahí, bajo el sol, crecía todo lo que necesitaban. Recordarán también como les llamaban pobres y, seguramente, no acabarán de entender por qué. Morirán en silencio, un número más del ejército de obreros que necesitamos para seguir marchando en nuestra innoble labor de explotación de la tierra.

Pero también puede ser que mueran luchando, como ya lo han advertido. En las estrategias de acumulación por desposesión se encuentran siempre las semillas de la futura rebelión. La memoria colectiva está siempre atada a la tierra. La identidad que construye individuos y grupos (pueblos, etnias) es siempre territorial. En México, desde el levantamiento zapatista de 1994, las formas de resistencia se han multiplicado. La conciencia del poder de los pueblos ha crecido sostenidamente. Es de esperar que una ley que no contempla ningún mecanismo de consulta, en abierta infracción de los tratados internacionales que este país ha firmado, abone a la rabia y al deseo de cambio. En esta nueva oleada de políticas que buscan reproducir y ampliar el ciclo de reproducción del capital a través de la desposesión se encuentran también las semillas de las resistencias que continuarán buscando construir un mundo en el que la reproducción sea de vida digna y no de muerte.

- Anuncio -spot_img

MÁS RECIENTE

NO DEJES DE LEER