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Adiós, Francisco (II) / Hola, León XIV…

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La decisión de hacer Papa al peruano Robert Francis Prevost vino después de un desaire mayor. El decano del Colegio Cardenalicio -organismo encargado de brindarle un nuevo Papa a la Iglesia-, Giovanni Battista Re, omitió mencionar el nombre de Francisco en la misa previa a la constitución del cónclave. Un escandaloso silencio para una institución hecha de símbolos y liturgia, y para la cual la lectura entre líneas resulta en una habilidad indispensable para la sobrevivencia política de su personal.

Tampoco pasó desapercibido el entusiasta parabién que Battista dirigió al cardenal italiano Pietro Parolin -connotado miembro del ala conservadora de la Iglesia, junto con Battista-. “Auguri e doppi” -algo así como “felicidades por partida doble”-, soltó el decano al finalizar la misa previa al cónclave, y luego le prodigó un abrazo contenido al experimentado diplomático del Vaticano, frente a todos los cardenales que, horas más tarde, habrían de escoger un Papa.

Ambos gestos parecen menores a ojos profanos, como los míos, que en cualquier otra circunstancia podrían interpretar la omisión del nombre de Francisco como un desliz propio de un momento conmovedor: la partida de una persona querida y la conmoción de un duelo inminente; el otro, como un deseo entendible, incluso generoso, para alguien que está próximo a desempeñar un papel relevante en una puesta en escena tan extenuante como absorbente. Pero, como suele ocurrir, la realidad tiene más capas que las que a simple vista advertimos; una condición aún más acentuada para la Iglesia y sus códigos.

En ciertos círculos eclesiásticos se forjaron fuertes aprensiones a la labor de Francisco y, tal parece, a su memoria. Es pública la difícil relación –“tirante” le llaman los medios de comunicación europeos, legendarios empleadores del eufemismo- que se estableció entre Francisco y el secretario particular de Benedicto XVI, Georg Gänswein. Poco después de que trascendiera la muerte de Bergoglio, Gänswein -arzobispo alemán, identificado con el ala conservadora de la Iglesia- declaró:

“Ahora se abre una fase nueva, percibo un cierto alivio difuso. Ha terminado la era de la arbitrariedad. Se puede contar con un papado que puede garantizar la estabilidad y que cuenta con las estructuras existentes, sin darles vuelta o trastornarlas”.

En la misma entrevista, concedida al medio italiano Corriere della Sera y recuperada por el diario español La Nación, Gänswein aludió a la polarización que atraviesa la Iglesia, de la que algunos culpan a la personalidad mediática y arrebatada de Francisco:

“En la Iglesia de hoy existen grandes tensiones y afuera hay conflictos espantosos. Creo que ahora hace falta claridad doctrinal. La confusión de estos años debe ser superada. Y los instrumentos para usar son las estructuras que ya existen: las instituciones de la Iglesia no son ni una lepra ni una amenaza contra el Papa. Están ahí para dar ayuda a los pontífices, que tienen que dejarse ayudar. No se puede gobernar solos, desconfiando de las propias instituciones”.

Las críticas de Gänswein son representativas por varias razones; me concentraré en dos: su cercanía con Benedicto XVI -de quien fue secretario privado- y el haber condensado algunos de los señalamientos dirigidos a Francisco desde sus comienzos como papa. A Bergoglio le achacan la polarización en el seno eclesial y ese “desorden” doctrinal del que algunos otros cardenales se han hecho eco, promovido por las posturas de Francisco -así lo sostienen- con respecto a temas como el matrimonio entre personas del mismo sexo, la posición de la Iglesia y el divorcio o el papel de ésta en procesos sociales más comprometidos.

 

Esto podría decirse con respecto al fondo programático del papa argentino y las tensiones que generó entre la burocracia clerical; hay otras tantas críticas de corte más bien formal, como las inspiradas por la decisión de Francisco de prescindir de los aposentos históricos del papa, en el Palacio Apostólico, y optar por una residencia más bien modesta en la Casa Santa Marta, el hotel del Vaticano. Si bien circunscritas en el orden de la forma, estas decisiones difícilmente podrían pasar desapercibidas, mucho menos en una institución para la que los protocolos, gestos y guiños, resultan tan relevantes.

¿Cómo llega León XIV?

Cuando Robert Francis Prevost se apostó frente a la multitud expectante en la Plaza de San Pedro, una serie de discretos pero poderosos mensajes dejaron clara la impronta del nuevo papa. No había abierto la boca y León XIV ya había marcado una diferencia sustancial con el papa que le antecedió: la vestimenta. De la sotana sencilla de Francisco, blanca y sin adornos, pasó al riguroso vestido ritual del Papa para su presentación ante mundo, agregando a la sotana la tradicional muceta y estola.

El segundo mensaje lo constituyó su discurso. Desde luego, las palabras que escogió y lo que dijo -lo que abordaré más adelante- son indispensables para comprender la magnitud y calado de quien llega al papado; me ocupo aquí de un gesto aparentemente intrascendente: el haber llevado su discurso impreso. Me explico. A la improvisación y espontaneidad del papa Francisco, Prevost opuso la circunspección. Su mensaje, por lo demás, tuvo el buen tino de resarcir la inexplicable ausencia -o desafortunada táctica- de borramiento del nombre de Francisco en el mensaje del cardenal Battista, en las vísperas del cónclave.

El papa León XIV fue generoso en sus palabras, y no sólo eso: fue enfático. “Seguimos escuchando aquella voz débil, pero siempre valiente, del papa Francisco que bendijo a Roma -hizo referencia a la última bendición que Bergoglio, durante las celebraciones del domingo de resurrección-. El papa que bendijo Roma, que dio su bendición al mundo entero esa mañana de Pascua. Permítanme continuar con esa misma bendición (cursivas del autor)”.

Ya como papa, Prevost ofreció una misa a los cardenales de la Iglesia. Ahí profundizó en las líneas discursivas que había dejado establecidas en su mensaje del día anterior, cuando asumió el papado. Durante la homilía, León XIV se puso del lado de la “gente común” y en contra del dinero y sus detentadores; delineó con mayor énfasis su idea de reforzar una Iglesia misionera, por encima de una institución volcada sobre sí misma, su doctrina y la vigilancia de ésta. También explicó el origen de su nombre; Prevost se dijo inspirado en el ejemplo de León XIII, Gioacchino Vincenzo Raffaele Luigi Pecci, el papa que abordó la efervescencia provocada por la Revolución Industrial, mediante la histórica encíclica Rerum novarum (Acerca de las nuevas cosas), un documento que habría de inaugurar el pensamiento demócrata-cristiano y que abogaría por la organización sindical, entre otras cosas. Al igual que León XIII y su contexto, el nuevo papa advierte un cambio paradigmático, así lo explicó: “Hoy la Iglesia ofrece a todos, su patrimonio de doctrina social para responder a otra revolución industrial y a los desarrollos de la inteligencia artificial, que comportan nuevos desafíos en la defensa de la dignidad humana, de la justicia y el trabajo”. Un papa que entiende de inteligencia artificial…

El papa León XIV en el Vaticano. Foto: AP
El papa León XIV en el Vaticano. Foto: AP

Lo que ocurre en un cónclave se queda en el cónclave, como sucede en la muy poco misericordiosa ciudad de Las Vegas. Sin embargo, aquí y allá han surgido versiones sobre la forma en que se desarrolló este procedimiento, y cómo fue que un cardenal estadounidense y peruano, discreto y casi desconocido fuera de los muros del Vaticano -claro, me refiero a los lejanos días en que el cónclave era todavía un proyecto-, terminó por suceder a San Pedro. Las versiones que a cuentagotas han trascendido a la prensa, destacan las cualidades que los demás cardenales vieron en él y las que, finalmente, privilegiaron. Entre ellas se cuenta su carácter conciliador; una figura unificadora, interlocutora y sensible a las diferencias, con la habilidad y autoridad suficiente para dialogar, su sólida formación académica y teológica es reconocida por todos, lo mismo que sus habilidades administrativas, mismas que demostró sobradamente al frente del Dicasterio para los obispos -un órgano eclesial encargado de sugerir al Papa en turno la idoneidad de los candidatos a ocupar algún obispado-. Según trascendió, de los 133 cardenales con derecho a voto en el Colegio Cardenalicio, Prevost obtuvo 127 votos. A esa larga lista de cualidades, habría que agregar también la de eficiente operador electoral.

El primer mensaje de León XIV –el que pronunció en el balcón de la catedral de San Pedro– marcó una pauta que se restablecería punto por punto en los siguientes, tan esperados y atendidos por el mundo católico. En términos generales, León XIV siguió la pauta marcada por Francisco en su visión de la Iglesia, una más sensible a las desigualdades económicas, abocada a los pobres del mundo y en cierta medida crítica al sistema económico que les promueve. En todo caso, si alguna diferencia cabría anotar, esa la constituiría la discreta presencia del nuevo papa, un tanto reticente -así se percibe en sus primera apariciones- a la improvisación y chabacanería de Francisco. Lo que no resulta ni malo ni bueno; juzgar a un Papa por sus similitudes y diferencias con el anterior es útil sólo en la medida que permite delinear por contraste sus rasgos más generales. Será el ejercicio de su ministerio, las prioridades que designe y haga públicas, las agendas que impulse o reserve, las que darán una idea más exacta de su identidad y rumbo como papa. Sin embargo, algo puede atisbarse.

Desde esta esquina de la suspicacia, la Congregación de los Descontentos -la que Francisco cautivó a costa de chistes y castigos a los pederastas purpurados- mira con distancia lo que dice y deja de decir el nuevo papa. “Vamos viendo, vamos viendo”, murmura a coro la cofradía y sigue mirando el escenario, sin afectación pero con insistencia.

 

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