Érika Paz / @Paz3_0
Foto y video: David Ferreira
(3 de febrero,2013).- En esta metrópoli, la vida y el trabajo transcurren en el subterráneo; más de cinco millones de personas transitan diariamente por el Metro de la Ciudad de México. En él, se tejen formas de vida y propuestas de arte. Polifonía es quizá la palabra más precisa que define a estos cuatro artistas. Tres hombres y una mujer que se han agrupado en el Colectivo Arte bajo la Ciudad. Cada día desde 2008, Efraín, Valentín, Paco y Carmen se acompañan y se cuidan mutuamente en el trabajo. Le llevarán la cobija, “los pollos rostizados o por lo menos una torta” a quien le toque ser detenido por las autoridades.
Ellos trabajan en el espacio público: ofrecen su música, sus performances, interactúan con la gente. A veces les tocará ser agredidos, golpeados y hasta detenidos por las autoridades; se les exigirá pagar una multa después de cuatro o cinco horas y decidirán no desembolsar los 740 pesos en la delegación a la que serán remitidos; no se les levantarán cargos porque en el juzgado cívico no se encontrará infracción por la cual sancionarlos; optarán por no abonarle al juez 200 pesos por liberarlos, sin recibo alguno, antes de las 13 horas establecidas por vender productos de piratería. Pero, ¿qué producto es el que venden? En realidad ninguno, lo que ofrecen es su expresión artística a cambio de una palabra de aliento o de una moneda.
“Si a la persona le agradó y no trae el varo, no importa, entiendo la pinche situación económica del país”, dice Efraín, “y si no es de su agrado, con la indiferencia se entiende”. A los teatreros, la experiencia en el Metro les ha enseñado a modificar su presentación en el momento: “Si en un vagón vienen muchos viejitos o si ves muchos niños, pues sacas una pelota y estarán fascinados. Es la visión que nos ha dado estar dentro de los vagones y querer ofrecer algo diverso, pues ves la necesidad como artista de hacer algo diferente”. Porque, como él afirma, al expresarse en el Metro también se corre el riesgo de que el trabajo se torne monótono.
Carmen, luego de estudiar tres años en el Instituto Nacional de Bellas Artes (INBA), continúa su formación como flautista, porque aunque la gente se acerque a decirle que su música es “muy bonita” y éste sea un motivo para “seguir en este espacio, (…) en lo que respecta a la música, [hay que] hacer más, continuar [con] el proceso”, –a pesar de las detenciones–, porque el Metro y el arte han ayudado a dar sentido a su vida.
“Nosotros como teatreros tenemos la ventaja de que no traemos nada con nosotros. Si traemos caracterización aumentan los riesgos”, argumenta Valentín. Según sus palabras, los mismos conductores de los trenes interceden por ellos: “les dicen ‘no, no, ellos no traen nada, nos ayudan a mantener limpias las cosas’. Pero hay gente –policías– que no tiene criterio y si le dicen ‘agarra’, agarran parejo” tanto a músicos, como vagoneros o bocineros.
A diferencia de los músicos, quienes coinciden en no haber recibido ofensas por parte de la gente, para los tetaremos su acto ha llegado a derivar en que les digan –especialmente hombres–, “A mí no me vengas a decir que levante mi basura, si tú vienes todo mugroso”, a lo que ellos responden: “pues, ¿qué te digo? a mí lo mugroso se me quita en un baño, pero lo maleducado no se quita en toda la vida”. Uno de los teatreros entrevistado por REVOLUCIÓN TRESPUNTOCERO comentó: “Sí nos han llegado a pegar, pero nosotros debemos responder con calma, porque si no, llevas todas las de perder”.
Para estos artistas, el Metro es un espacio de expresión en el que pueden compartir su trabajo públicamente: “Yo soy músico, pero la música no me pertenece. El arte no me pertenece a mí. El teatro no es para el recinto cerrado, el arte es interacción, no es una actividad pasiva donde vas a contemplar. El Metro es el punto de interacción, el arte es para todos, no nada más para el que pueda pagar, y el Metro es el ejemplo”, detalla Efraín mientras sostiene su guitarra.
Estrategia deliberada del GDF para aumentar el descontento
Sin embargo, no todo es miel sobre hojuelas; como en todo lugar de trabajo, existen conflictos. En las relaciones entre los vendedores, los bocineros y los músicos campean las diferencias; en su forma de organización se manejan relaciones de poder y se reclama el derecho de antigüedad para poder ocupar un espacio dentro de la informalidad. Cuando se llega por vez primera al Metro, se viven reclamos por parte de los vendedores o bocineros, quienes, apelando a su antigüedad, expulsan a los nuevos.
Entre intimidaciones y golpes, los novatos deben aprender a sobrevivir en este lugar. “Adueñarse de los espacios es un problema que hemos enfrentado aquí en el Metro. Eso no nos permite organizarnos. Existe un problema que sigue y cuesta trabajo evadir. No nos podemos adueñar de un espacio que es de todos, pero si se quiere trabajar en esto, debe haber una organización”. Por lo que, para Efraín, los permisos que otorga la misma gente que labora informalmente en el Metro no deberían siquiera existir, aunque resulta indispensable una normatividad interna.
Como artistas buscaron regularizar su situación en el Sistema de Transporte Colectivo (STC) Metro, pero no obtuvieron respuesta favorable por parte de las autoridades. Aun cuando ofrecieron propuestas, los funcionarios del transporte público las rechazaron, hicieron caso omiso a sus peticiones o expusieron que la gente se quejaba. De tal manera que “los compañeros se cansaron de la falta de resultados”, señaló Efraín.
“Lo único que me corresponde a mí decir a los músicos que llegan es cómo nos organizamos para que no se tengan problemas con los vendedores (porque tenemos acuerdos).. y a trabajar. Las únicas personas que te pueden decir que no, son los de vigilancia, [ya que si te descubren], serás detenido y [llevado] a la delegación. Si tú después de que te detengan te espantas y ya no vuelves, pues –se levanta de hombros–, pero si regresas, aquí está el espacio”, continuó Efraín, quien desde hace 15 años trabaja en este espacio.
Desde que inició la administración del actual jefe de Gobierno del Distrito Federal, Miguel Ángel Mancera, la presencia de elementos de seguridad en el transporte colectivo se ha incrementado, aseguraron Carmen, Valentín y Efraín. Desde entonces se realizan “operativos con grupos de choque. En este momento se trata de buscar enfrentamientos para justificar más elementos policiacos”.
Según lo que han podido apreciar en su labor cotidiana, la autoridad ha sido permisiva en muchas ocasiones y, ahora, pretende acabar con aquello que ésta misma propició: “Por ejemplo, el asunto de los bocineros. A ellos se les dejó crecer demasiado, por decirlo así, a propósito, hasta que se convirtió en un problema de salud”. Efraín indicó que “hasta hace un año –de marzo a diciembre–, no hubo operativos. Antes, cuando estaban los operativos, los bocineros eran más discretos”. Ahora cada vez es mayor el equipo de sonido que traen a cuestas, comentaron los entrevistados.
Al parecer existe una estrategia deliberada para incrementar el descontento de la gente y, con ello, justificar el aumento del Metro: “Se trataba de que el problema se desbordara y en algún momento se empezaran a disputar los espacios con los usuarios, que fue justo lo que sucedió. De esa manera se justifican los operativos. Antes la propia gente era la que defendía a los vendedores, había operativos y la gente se metía y decía ‘es gente que está trabajando honradamente, vayan a detener a los delincuentes’”, pero ahora, están de acuerdo con su detención.
“El asunto de los dos pesos extra [al precio] del boleto, lo quieren justificar con que no habrá vendedores en los vagones, porque la gente no se va a poner a revisar si hay mejor frenado. Lo más visible es que no haya vendedores. Pero desgraciadamente catalogaron a todos los vagoneros como bocineros”.
De esta manera es como palabras y notas musicales se mueven todos los días por la línea tres del Metro de la Ciudad de México, que corre de Indios Verdes hasta Univeridad. La estación Centro Médico es por lo general el punto de encuentro de estos cuatro músicos –en esta ocasión Paco no pudo asistir–. Es alrededor de las 14 horas cuando su jornada laboral termina y se dedican a tomar clases o planear talleres. Entre operativos policiacos, encuentros y saludos fugaces con comerciantes y otros músicos, están constantemente al tanto de la situación de sus compañeros: si no llegaron a trabajar, se fueron temprano o están detenidos.



