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Autoedición: la alternativa de los escritores

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Jorge Castro / Revista Hashtag

(15 de julio, 2014).- Desde hace muchos años ha existido una figura en el mundo literario cuya labor minuciosa se ha ganado, incluso, las enemistades de varios autores. No obstante, su aportación en la literatura es fundamental por ser un guía y un innovador. Se trata del editor. Y es que en la elaboración de un libro no sólo está el autor, sino una serie de figuras supeditadas a las exigencias de un profesional, quien combina los elementos creativos, técnicos, económicos y hasta legales del texto. Es el único que se atreve y tiene que bajar del pedestal al autor para indicarle cosas que probablemente no le gustarán a éste, pero que son respetadas por su valor crítico y objetivo. Un editor está presente en todo el proceso del libro: desde la redacción hasta la comercialización, pasando por el diseño y la producción. Bajo el esquema autor-editor, ambos se necesitan el uno del otro. Sin embargo, la figura del editor se ha mantenido en el anonimato, al menos públicamente hablando. Tal vez porque su esencia no está en la fama. Pero, ¿qué hubiera sido de Franz Kafka o Robert Walser sin su legendario editor alemán Kurt Wolf?; ¿cómo podría uno imaginarse a Octavio Paz, Jorge Ibargüengoitia, José Agustín, Rosario Castellanos, José Emilio Pacheco, entre muchos otros grandes mexicanos sin su principal impulsor Joaquín Díez-Canedo Manteca?; o tal vez la historia de J.K. Rowling hubiera sido diferente antes de tener suerte con Arthur A Levine. Difícilmente sus obras hubieran llegado a nuestras manos, así que de este tamaño es la importancia de un editor.

No obstante, todo lo mencionado anteriormente, principalmente para las nuevas generaciones digitales, puede sonar muy romántico, incluso antaño. Desde hace algún tiempo muchos escritores han encontrado otro camino para publicar sus textos prescindiendo de las exigencias de un editor, o más aún del rechazo de éste: la autoedición. Es un fenómeno que prácticamente está al alcance de todos, que ha democratizado (por llamarlo de alguna forma) el mundo editorial. Porque la mayoría, sean escritores o no, tienen aquella idea —¿o locura?— de publicar aunque sean sus cartas de amor, ¿pues no dice la frase: “Planta un árbol, ten un hijo y escribe un libro”? Pero hay que ser honestos, no todo es publicable. Así que varios autores han optado por hacerlo ellos mismos.

Amazon lanzó Kindle Direct Publishing, una plataforma gratuita de autoedición en formato electrónico, donde el autor puede recibir hasta 70% de las ganancias de la venta de su obra, mientras que en cualquier otra editorial recibirá entre el 10 o 15% de las regalías si se trata de una publicación impresa, y un poco más de este porcentaje si es digital. Por supuesto que en un principio esto suena genial para los autores, especialmente para los noveles, sin embargo el esfuerzo se triplica para promover el e-book o presentarlo con una calidad impecable. Autoeditarse es sinónimo de corrector, diseñador, distribuidor y vendedor: un multioficio que combina todo el proceso editorial. Además, el mercado actual mexicano en la edición digital todavía no representa un avance significativo respecto a los países de lengua inglesa, por ejemplo.

Cambiar las estrategias

Ahora bien, si somos exigentes como la historia nos lo indica, esta tendencia no es tan nueva como parece: Nietzsche, Lewis Carroll, Marcel Proust, Rudyard Kipling, Mark Twain, Ernest Hemingway y muchos otros grandes autores pagaron de su bolsillo la autoedición de algunas de sus obras. Pero no había sido un fenómeno que preocupara tanto a los profesionales de la edición como hasta ahora: el año pasado los editores estadounidenses afirmaron que ¡el porcentaje de los libros autoeditados creció un 58%; y en Amazon representó el 25% de su top 100! En suma, es un fenómeno que ha evolucionado y que seguirá creciendo.

El caso de Hugh Howey es un gran ejemplo de éxito en la autoedición. Este escritor norteamericano ha adquirido gran popularidad tras haber publicado su serie posapocalíptica Wool, a través de Kindle Direct Publishing. Se posicionó en los primeros lugares en el New York Times y el USA Today, creando una gran expectativa literaria en términos de venta. Por lo que Simon & Schuster —una de las más grandes editoriales del mundo— compró los derechos de la serie para distribuirlo de forma impresa. No obstante, Howey sigue teniendo los permisos en formato digital. Y eso no es todo: la compañía 20th Century Fox adquirió los derechos para llevar Wool a la pantalla grande. Un caso fuera de lo común, sobre todo porque Howey se ha ganado el respeto de las grandes corporaciones.

Por este tipo de casos excepcionales, las editoriales han puesto especial interés en los escritores independientes, creen que hay un fuerte potencial en ellos. Penguin y HarperCollins (dos de los grupos más grandes en EE.UU.) crearon sus propias plataformas de autoedición: Book Country y Authonomy, respectivamente. Las estrategias de negocio de estos grupos han cambiado y han tomado ventaja al complementarse con el lanzamiento de dichas plataformas, teniendo así otra vía de ingresos por las ventas que generen los libros autoeditados. Como dirían por ahí “más vale unirse que enfrentarlo”.

¿Fin del editor?

A pesar de que dicho fenómeno está creciendo, el oficio del editor no desaparecerá. Es una labor que ha existido desde hace varios años y que los mismos involucrados encontrarán otras estrategias colaborativas. Pero antes los editores tienen que renovarse, analizar y adaptarse a lo que viene: “Así como en el siglo XX los editores fueron capaces de descubrir grandes escritores, los editores del siglo XXI tendrán que descubrir el talento oculto en el océano de Internet. Los nuevos lenguajes multimedia permitirán a los nuevos escritores contar sus historias de forma muy diferente a como lo hacían sus homólogos en la tecnología papel”, afirmó el experto en tecnología Javier Celaya.

Así como el arte de escribir parece más un instinto o una actividad a priori (al final de cuentas es una forma de expresarse), el hecho de que haya profesionales para que corrijan, diseñen, vendan y promocionen las obras, es otra necesidad de los escritores, por lo que ambas partes se complementan.

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