Ilustración: Pe Aguilar / @elesepe1
No hay situación más lamentable que la imposibilidad de no quedar bien ni con Dios ni con el diablo, como le sucede al “gobierno” de Enrique Peña Nieto, con las dramáticas consecuencias para el país, cada vez más hundido en el descrédito global y en una polarización interna que parece no tener fin. El hecho concreto es que buena parte del empresariado no está contento con su estilo personal de gobernar, cuando debería suceder lo contrario: un apoyo unánime de las clases más altas de la sociedad en cuanto que las políticas públicas del sexenio son absolutamente favorables a la élite empresarial. Y cada vez es mayor el descontento de las clases mayoritarias, porque se les tiene en el olvido, en calidad de seres prescindibles si no se adaptan a las circunstancias y conveniencias de un régimen ultra reaccionario.
Resulta que hay un creciente descontento contra Peña Nieto en un influyente sector de la cúpula oligárquica, porque afirman con razón que “no hay Estado de derecho en el país”. Aunque lo dicen conforme a su particular modo de ver la vida, no porque les preocupe un ápice lo que está ocurriendo en las entrañas de la nación. Para este sector, “no hay Estado de derecho” porque acusan a Peña Nieto de “blando”. Quisieran que desatara cuanto antes una represión indiscriminada contra el pueblo que levanta la cabeza para clamar por un poco de justicia. No se ponen a pensar, esos oligarcas inconformes con el actual estado de cosas, en las causas obvias de las protestas populares.
Para ellos lo único preocupante es que el gobierno se exime de reprimir como lo hizo en el pasado Gustavo Díaz Ordaz, a quien ponen como ejemplo de “gobernante responsable”. Con este modo de ver las cosas, los oligarcas reaccionarios están dejando a Peña Nieto en el abandono, cuando él se ha dedicado con todas sus fuerzas a servirlos. En tal circunstancia, no tendrá otra opción que refugiarse aún más en los inversionistas extranjeros y entregar el país, sin negociaciones de por medio, a los intereses trasnacionales más voraces. De ahí que el futuro se vea negro para las clases mayoritarias, paradójicamente las únicas que podrían salvar a Peña Nieto de su seguro naufragio, pues son ellas las que con recibir un poco de justicia estarían dispuestas a dar una lucha firme en defensa del país.
Con base en tal análisis, la conclusión lógica es que Peña Nieto podría pasar a una etapa más agresiva en contra del pueblo, a fin de no perder el apoyo interesado de esa capa oligárquica que lo está presionando con la finalidad de que actúe como en su sexenio lo hizo Díaz Ordaz. Los signos de autoritarismo de las últimas semanas son un claro indicio de que por allí se está encaminando el actual sexenio. Aunque los resultados no serían los esperados, ni por los oligarcas fascistas ni por Peña Nieto, porque el país vive una realidad muy diferente a la de los años sesenta, cuando estaba en pleno apogeo el Estado de bienestar creado por los gobiernos surgidos de la Revolución Mexicana, sobre todo a partir del sexenio encabezado por el general Lázaro Cárdenas del Río.
Tampoco se ponen a pensar que han sido demasiado los abusos de la minoría en el poder desde hace tres décadas, exclusivamente en contra de las clases populares. Menos aún piensan que sería mucho más eficaz, mucho menos costoso en todos sentidos, poner fin a esos abusos, regresar a las clases trabajadores una parte de su poder de compra perdido en este lapso, respetar su dignidad de seres humanos, pues al paso de las décadas de los tecnócratas en el poder, a los trabajadores se les ve como esclavos asalariados, como se les miraba en el siglo dieciocho cuando se inició la Revolución Industrial y las monarquías europeas todavía tenían sus costumbres muy arraigadas.
Si no cambian su actitud monárquica los autócratas en el poder en México, lo único que habrán de conseguir seguramente sería una lucha de clases muy enconada, y no por culpa de la sociedad mayoritaria. No se ponen a reflexionar un poco sobre las consecuencias de su actitud faraónica, cuando a su alrededor sobrevive un pueblo marginado cada vez en peores condiciones. Por eso han sido aniquilados los imperios más formidables de la historia, por su cerrazón, avaricia y cinismo.

