Colosio, el fin de una era*

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El siguiente análisis sobre el significado del asesinato de Luis Donaldo Colosio en el contexto de las profundas transformaciones sociales experimentadas por México durante la década de los noventa en los planos político, social y económico parte de la premisa de que el atentado contra el candidato del Partido Revolucionario Institucional a la Presidencia de la República fue ordenado o permitido por quien era titular del Poder Ejecutivo al momento de cometerse el crimen, Carlos Salinas de Gortari.

* Artículo de opinión

(20 de marzo, 2014).- La historia es conocida. Se acabó la Revolución y el bando constitucionalista se hizo del poder. Carranza asesinó a Zapata, Obregón asesinó a Carranza y a Villa, Calles asesinó a Obregón. Pero Calles tenía mucho aprecio por su vida y decidió poner fin a ese peculiar método sucesorio. Convocó a la Familia Revolucionaria y la sentó a la larga mesa del Partido Nacional Revolucionario. En adelante, los conflictos se resolverían dentro del Partido, no con levantamientos militares ni magnicidios.

El sistema era efectivo por su simpleza: mientras todos aceptaran las decisiones del Partido –es decir, de Calles–, podían contar con que les tocaría una parte del reparto. En vez de jugarse el todo por nada levantándose en armas para obtener la Presidencia, un general inquieto podía tener la certeza de que tarde o temprano le tocaría una Secretaría, un escaño en el Congreso o la gubernatura de su estado.

El tiempo en que este acuerdo fue dirigido por Plutarco Elías Calles se conoce como maximato, un sexenio en el que se sucedieron tres titulares del ejecutivo –Emilio Portes Gil, Pascual Ortiz Rubio y Abelardo L. Rodríguez–, quienes ocuparon la Presidencia sin poder real, subordinados al Jefe Máximo.

Sin embargo, Calles cometió un error de cálculo que le costó el poder al subestimar el carácter y las capacidades del general Lázaro Cárdenas, quien puso fin al maximato presentándole sus opciones al santo patrono del priismo infinito: “Al destierro, al encierro o al entierro”, como le gustaba contar la anécdota al inigualable maestro Juan Brom.

Calles optó por la primera opción y se marchó a los Estados Unidos. Desde entonces, cada presidente se conformó con designar a su propio sucesor y dejó a éste designar al suyo. No faltó quien se arrepintiera: Díaz Ordaz se preció siempre de ser “feo pero no pendejo” y resintió la traición de Echeverría al hacer recaer en él toda la responsabilidad por la masacre del 68.

Pero una vez que Fidel Velázquez había develado la identidad del tapado –ritual priista como pocos–, no había marcha atrás. La designación del candidato presidencial del partidazo ponía fin al sexenio en turno, pues todas las decisiones del presidente saliente eran ya las del futuro Preciso, a quien se dirigían de inmediato las lisonjas y peticiones.

Cárdenas mudó el nombre del Nacional Revolucionario por Partido de la Revolución Mexicana en 1938; y en 1946 Manuel Ávila Camacho dio por muerta la Revolución designando como sucesor a Miguel Alemán Valdés y dándole su nombre definitivo al Partido Revolucionario Institucional. Ya sin Calles, pero con dignos sucesores suyos, el acuerdo siguió funcionando durante el siguiente medio siglo.

Así, hasta que el 23 de marzo de 1994 el presidente electo –elegido por Salinas, todavía no por las urnas, pero ni falta que hacía– Luis Donaldo Colosio Murrieta recibió dos impactos de bala al retirarse de un evento de campaña en Lomas Taurinas, Tijuana. De repente, la historia retrocedió casi siete décadas. Tras 66 años de paz interna, el PRI volvía a dirimir sus diferencias mediante el asesinato político.

Pero el asesinato de Colosio fue tanto una vuelta al pasado como un salto al futuro. Simbolizó el fin del partido de Estado como centro de la vida política del país, pero no a favor del pueblo sino de la fusión completa entre las clases política y empresarial, cambio plasmado también en el inicio de la larga simbiosis entre el PRI y el Partido Acción Nacional (PAN) que, debemos recordarlo, obtuvo su primera gubernatura gracias a un pacto con Salinas conocido como la concertacesión.

Como expresó Arnaldo Córdova, la alternancia política con llegada del PAN a Los Pinos no fue un triunfo de la democracia sino del gran pacto urdido una década atrás: “Salinas fue previsor: ya no habría fuerzas partidarias aliadas en el gobierno de la nación, sino las fuerzas que de verdad cuentan, las que poseen el poder económico”.

Por eso el asesinato de Colosio pasó a ser trágica expresión del reacomodo político que tuvo lugar con el salinismo: como la prioridad del partido-gobierno ya no era el mantenimiento de su estabilidad interna sino la garantía de que se velaba por los intereses supremos del capital, quedó roto el pacto que alumbró al priismo y el sucesor pasó otra vez a ser prescindible. 

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