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Comer moscas en tiempos mundialistas

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Andrés Piña / @AndresLP2

(12 de junio, 2014).- Siéntase con la plena libertad de levantarse un día sin ninguna presión y no como Julieta cuando se despertó y vio a Romeo; la cama es ese lugar mítico que nos remite a parte del inconsciente en donde, se presume, fuimos manta o quizá sábana de algún fantasma; no el de Canterville, claro, pero seguramente andábamos por esa línea.

Ahora bien, mantenga la calma, el hambre en la mañana es como en las películas de Jorge Negrete, es decir: “canija”. Así que no desespere, primero ubique si hay otra persona allí que le pueda preparar un desayuno diferente al de comer moscas; si no encuentra a nadie, no vuele por la ventana, ni tampoco se acueste sobre posición fetal a llorar; piense que la soledad trae sus cosas mágicas, si no recuerde a Thoreau y consuélese, de largos paseos sin acompañante salen libros y poemas. Sepa que al menos no está perdido en un bosque y si esto no lo saca de la depresión, cante una tonadita de la infancia, o en dado caso, una pieza clásica de la madurez, como es: “Desde el cielo bajó una caguama”.

Después, ya con un semblante más compuesto, guarde el más profundo y absoluto silencio; ya que lo hizo, ponga atención. Primero escuchará un zumbido que subirá y bajará levemente, casi como la marea. Diríjase a la cocina, por lo general allí y en el baño es donde andan pastando las moscas. Como cazador en busca del gran búfalo, véase astuto y cace las que pueda, a mano limpia como los hombres, que uno se convierte en lo que come.

Al termino de tan dulce y bella hazaña como la de comer moscas, en plena primavera mundialista, ponga al santito de cabeza, que ningún rezo hace daño a la hora de los partidos del mundial; no caiga en el juego de perder de vista todo, entérese de unas cosas y salga a pelear por otras, un gol se disfruta más en un país libre; eso quiere decir que por el momento no descuide el hogar, ya lo he dicho, son tiempos mundialistas y el sancho anda suelto.

Coma moscas si siente que todo se viene abajo, se juega en el campo, en el espacio y en la playa de Ipanema;  pero  es en el estadio dónde el balón como la vida, se revuelve de un lado a otro, dejando que lo acaricien; un toque aquí, otro allá, la mirada expectante y de repente todo cambia, sucede algo tan bello y al mismo tiempo tan extraño, que uno pensaría que cosas así sólo suceden cuando uno desayuna moscas.

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