La red de protección social y las transferencias de ingresos en México mostraron un crecimiento histórico durante los últimos cinco años. Según los datos más recientes de la Encuesta Intercensal (EIC) 2025, elaborada por el Instituto Nacional de Estadística y Geografía (INEGI), la proporción de hogares que reciben ingresos monetarios de fuentes distintas al trabajo —como programas sociales, becas y transferencias— pasó de 38.5 por ciento en 2020 a 50.1 en 2025.
De este universo, la proporción de hogares con ingresos recibidos a través de los programas de gobierno pasó de 25 por ciento en 2020 a 41.4 por ciento en 2025. El también informe refleja el impacto del envejecimiento poblacional y la consolidación de los sistemas de retiro, al registrarse un incremento en el número de hogares con integrantes pensionados o jubilados, cifra que subió de 13 por ciento a 16.6 por ciento.
En términos generales de ingresos extra, en la mayoría de las entidades federativas se registró un incremento respecto de 2020, lo que refleja una mayor presencia de apoyos externos en los hogares del país durante el periodo analizado.
Pese al aumento en la cobertura de apoyos gubernamentales e ingresos no laborales, las estadísticas revelan que la restricción presupuestaria continúa siendo un obstáculo crítico para el bienestar diario de millones de familias, particularmente en el rubro del acceso a la alimentación.
La mayoría de los hogares no cayó en la privación total de alimentos, pero 19.2% de menores enfrentó hambre
En el rubro de alimentación, el INEGI detalla que, durante los tres meses previos a la aplicación de la encuesta, 6.5 por ciento de los hogares en el país experimentó restricciones en el acceso a la alimentación por falta de dinero o recursos.
En términos absolutos, 7.2 millones de hogares registraron falta de acceso a alimentos o al menos hubo un integrante adulto con limitaciones en su dieta. Esto, a su vez, implica que el 93.5 por ciento restante no registró privación de acceso a la alimentación por falta de recursos económicos
Sin embargo, el impacto entre la población adulta se manifiesta en distintos niveles de severidad. Por una parte, 16 por ciento de los hogares con adultos debió basar su dieta en muy poca variedad de alimentos, mientras que un 11.5 por ciento reportó que alguna persona comió menos de lo que consideraba necesario.
Asimismo, 7.1 por ciento se vio en la necesidad de saltarse alguna comida del día (desayuno, comida o cena) y, en las situaciones más críticas dentro de los hogares con privaciones, el 31 por ciento de las personas adultas sintió hambre pero no comió, mientras que el 27.9 por ciento comió solo una vez al día o dejó de comer durante todo un día.
Si bien en la Encuesta Intercensal (EIC) 2015 no hay datos que permitan comparar las cifras actuales con las obtenidas en el ejercicio anterior, es posible inferir que prevalecen las afectaciones cualitativas sobre las severas; sin embargo, estas últimas no se han erradicado por completo.
Menores de edad: la mayor vulnerabilidad
El panorama resulta aún más delicado en los 3.8 millones de hogares con restricciones de recursos donde residen menores de 18 años. En este sector, las limitaciones económicas obligan a ajustar la calidad y cantidad del sustento diario de niñas, niños y adolescentes.
Respecto a este eje, el INEGI señaló que el 55.1 por ciento de estos hogares ofreció una alimentación basada en muy poca variedad de alimentos a las personas menores de edad, así como el 37.7 por ciento redujo la ingesta a niveles inferiores a los requeridos y el 36.9 por ciento disminuyó la cantidad servida en los platos.
De forma crítica, en el 19.9 por ciento de los casos los menores sintieron hambre sin poder comer, el 19.2 por ciento se acostó con hambre y el 17.4 por ciento comió una sola vez o ayunó un día entero debido a la falta de ingresos familiares.
Los datos de la Encuesta Intercensal 2025 plantean un escenario complejo para las políticas públicas del país: si bien las transferencias monetarias y los programas sociales han logrado llegar a la mitad de las familias mexicanas, el costo de la canasta alimentaria y la vulnerabilidad económica aún representan severas limitaciones en la mesa de los hogares más desfavorecidos.









