Nizcub Vásquez Cerero / @nizcub3_0
(08 de febrero, 2014).- Actualmente los medios de comunicación, seamos conscientes o no, determinan muchos de los comportamientos que tenemos en sociedad e incluso nuestras conductas en el ámbito privado.
Ya sea radio, prensa, cine, televisión, espectaculares, internet y cualquier otro medio de comunicación, reproducen ideas que a su vez son imitadas infinitamente por las personas.
Entonces, resulta viable recibir de vez en cuando una sacudida que permita cuestionarnos hasta qué grado, a nivel individual, nos hemos convertido en reproductores de un sistema que beneficia a ciertos sectores hegemónicos.
El ejemplo más burdo, pero a la vez el más significativo, es la idea que nos presentan de imagen “ideal” de hombres y mujeres. Aquella construcción del cuerpo que muchas veces es ajena a nuestra condición.
Esta idea contribuye en mucho a una construcción generalizada de qué es un hombre y qué es una mujer, definiendo así, a manera de la ideología occidental, un modelo que encasilla en dos sectores a las personas, “o eres hombre o eres mujer”
Dejando de lado las preferencias sexuales, que serían motivo de otro texto, lo anterior se convierte en lo más aceptado, en lo “normal”. ¿Pero qué sucede cuando esa normalidad hegemónica y rígida tan aceptada es cuestionada por un grupo no reducido sino invisibilizado?
Del tan nombrado grupo LGBTTTIQ, las últimas cinco letras que corresponden a Transgénero, Transexual, Travesti, Intersexual y Queer. Estas (otras) formas de vivirse han desafiado en condiciones particulares la línea que divide en dos al mundo.
Con su propio cuerpo han borrado la idea cerrada que la mayoría tiene de vivirse y asumirse, una idea que por cierto, no se sabe exactamente quién la ha dictado (aquí no pueden decir que la naturaleza porque hay hechos científicos que con bases pueden tirar ese argumento)
Al final, la lección más importante que se puede aprender al abrir la mente a estas nuevas formas de género (que no sólo son dos) es el cuestionar lo establecido para caminar hacia un mundo donde el derecho de algunos no esté por encima del derecho de otros.
En otras palabras, el cuerpo, que es lo único que realmente poseemos (o así debería ser), se convierte en un espacio que hace frente a diversas desigualdades, no sólo de género, sino de otras situaciones históricas que al final la sociedad comienza a incluir en su cotidianidad haciendo visible su existencia.


