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De la alegría a la frustración; de la frustración al desmadre (Fotos)

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Alfredo López Casanova / Proyecto Diez

(30 de junio, 2014).- El Zócalo de la ciudad de México está casi a reventar. Juega la selección de Holanda contra la mexicana. Es un hervidero de pasión futbolera: puro bullicio.

Cara alegres y felicidad cuando a los 48 minutos, Giovanni dos Santos anota de un zurdazo el gol que pone a México en cuartos de final. Falta ya poco para hacer historia… Al menos eso dicen los comentaristas de la tele…

Cornetines hacen ruido. También varios aficionados que, mostrando un gran respeto por las personas, gritan a una señora: “¡Pinche vieja, baje el paraguas que no deja ver!”

Hace calor. México está jugando bien, dominando el partido al menos en el primer tiempo.

Doy una caminada a las orillas de la plancha del Zócalo, por la calle Brasil, cruzando Madero hasta 5 de Mayo. Me encuentro con el cura Hidalgo, un hombre que desde el 2010 personifica al padre de la Patria. Trata de hacer conciencia de la situación del país. Dice que de un tiempo para acá nadie lo pela. Y menos ahora, en medio de la pasión futbolera y el fervor patriotero. Le tomé una foto y me pidió algo: “súbela a ‘feis’, para que sirva de algo.”

En el sonido de las bocinas, los comentaristas deportivos aúllan de emoción: “Señores, esto se acaba porque se acaba y México, nuestra gloriosa selección se va a cuartos de final”. Otro completa: “Es histórico lo que estamos presenciando, ¡estamos haciendo historia! ¡Nadie nos para y quizás lleguemos a donde nunca hemos llegado!”

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La muchedumbre gritaba: “¡Olé, olé, olé!” ¡Vamos México!” Se escucha el tan cuestionado grito de “¡…Putoooo!”

Tanto en Brasil como en el Zócalo de la ciudad de México, y quién sabe en cuántos lugares más, los espectadores creen tener la victoria asegurada. “Somos bien chingones, somos los mejores,” grita un sombrerudo que parecía estar en los festejos del 16 de septiembre.

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La frustración

Y de repente: lo impensable, lo imposible, lo imperdonable…

Minuto 88: Wesley Sneijder desbarata el sueño mexicano con un potente disparo a media distancia. La multitudinaria afición cambia la alegría por preocupación.

El juego sigue. La cara del Piojo Herrera se congela en la pantalla gigante y tanto en la cancha brasileña como en el Zócalo capitalino, crecen los insultos. Vuelve con más fuerza el tan cuestionado: “Eh…, putooo!” contra el arquero holandés y contra tres aficionados holandeses (dos mujeres y un hombre) que se encuentran viendo el partido en la plancha del Zócalo: “¿Por qué nos agreden si nosotros no estamos jugando?, ¿Por qué lo hacen si nosotros no hicimos lo mismo cuando nuestro equipo iba perdiendo? No, no lo entiendo” Dice una de las holandesas en un español entrecortado.

¿Por qué la agresión? Yo también me lo pregunto. Hay policías enfrente. Días antes, en las redes sociales, frente a las agresiones verbales de los aficionados mexicanos contra cualquier portero rival, un grupo de niños holandeses de una primaria le deseaba a la selección mexicana buena suerte, en una lección incuestionable de civilidad y respeto.

Pero esto no se acaba hasta que se acaba.

Falta de Rafael Márquez, dentro del área. Silbato del árbitro. Brazo extendido señalando el punto penal. Nos quedamos sin hacer historia. O quizá, mejor dicho: haciendo la misma historia de siempre.

Aparecen los rostros llorosos y la rabia de los aficionados. Otra vez la maldición: el ya merito. ¿A quién echar la culpa? ¿A los árbitros? ¿Al jugador holandés que “se hizo el güey” y se echó un clavado?

La televisión y sus comentaristas alimentan la rabia y hacen que vuelvan las agresiones, ahora mayores, contra tres indefensos holandeses que nada tienen que ver con la “polémica jugada en el área chica que marcó el 2-1”.

Les gritan “¡putoooos!”, los empujan, les dicen “¡váyanse, culeros!” Las chicas se ponen rojas, nerviosas; el chavo, ante las agresiones responde con una sonrisa y pide calma.

Al partido le faltan breves minutos, pero la gente empieza a retirarse, a guardar las banderas entre maldiciones. Unos las tiran: se van de prisa. Otros se quedan esperando el milagro que no llega.

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El desmadre

El partido termina. Mucha gente se va en silencio, se dispersa. Una familia que minutos antes se mostraba sonriente, ahora se despinta la cara y se quita las pelucas tricolores. Se dirigen a la calle Madero en medio de un río de camisas verdes.

La gente se apretuja. Va encabronada, frustrada. Algunos gritan: “¡Vámonos al Ángel!” Pero no parece convencer. “¿A celebrar que perdimos? Ni madres”.

El grito se hace más fuerte y empieza a contagiar a la gente que quiere convertir su frustración en desmadre. Y vuelven los gritos y el desfogue contra Holanda y contra los árbitros. El insulto como descarga, como purificación de la impotencia.

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Poco a poco se va congregando gente a la altura de Bellas Artes. La decepción se convierte en relajo y alguien grita: “Somos un desmadre, somos un desmadre”. A la altura de la Alameda, el coro “culeros y putos”, justo en el lugar donde apenas el sábado pasado la marcha anual por el derecho a la diversidad sexual pedía tolerancia y respeto.

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A la altura de avenida Insurgentes, aparece un ‘clon’ del Piojo Herrera. Las multitudes lo siguen. Se toman fotos con él. Le piden una explicación del partido y éste la da asumiendo su papel de técnico ‘pirata’:

“Fueron cinco malditos minutos y nos fuimos a la chingada, pero así es esto. No importa, vamos para adelante México”.

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Aprovecha sus breves minutos de fama. Da una vuelta a la glorieta del Ángel con la bandera y luego desaparece, se esfuma como llegó.

Dos mujeres invitan a protestar en la Procuraduría General de la República (PGR) contra la detención del doctor Mireles, quien fuera tomado preso por atreverse a tomar el poblado de La Mira, en Michoacán. Casi nadie sabe quién es o no le importa. Como tampoco muchos no saben, entre otras cosas, que en días recientes se descubrieron dos fosas clandestinas llenas de cadáveres en un país que también se llama México, que se cae a pedazos, y no por un gol de penal en tiempo de compensación.

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