Óscar Balderas / @oscarbalmen
El capo del narcotráfico Miguel Ángel Félix Gallardo estaba a punto de desmayarse. Llevaba horas en ese cuarto oscuro, maloliente, ubicado en algún lugar de México, donde los agentes Cipriano Martínez y Roberto Sánchez lo torturaban desde hace varias horas.
Lo ponían de pie y le golpeaban los genitales; lo obligaban a sentarse y aspirar por la nariz una botella completa de agua mineral, que lo asfixiaba y le quemaba el tabique. Él resistía, ponía su mejor rostro para aquel momento que encontraba inexplicable.
¿Cómo es que había llegado a esto? Hace unas horas se encontraba en casa de Budy Ramos, quien era su enlace con su amigo Guillermo Calderoni, ex director de la División de Investigación contra el Narcotráfico. Era el 8 de abril de 1989 y el líder del Cártel de Guadalajara estaba tranquilo hasta que un grupo de policías entraron por él y lo esposaron en el suelo.
Luego de torturarlo, lo trasladaron a los separos del Reclusorio Sur, en la Ciudad de México, hasta que su sentencia por ser el autor intelectual del homicidio de Enrique Camarena, agente de la Agencia Antidrogas de Estados Unidos, lo llevó al penal de alta seguridad del Altiplano en Almoloya, Estado de México, donde aún permanece.
Su caída del olimpo del narcotráfico provocó una ruptura en la organización que dirigía desde 1980 junto con Rafael Caro Quintero y Ernesto “Don Neto” Fonseca. Por un lado, el Cártel de Tijuana dirigido por los hermanos Arellano Félix; por otro, los sinaloenses Héctor “El Güero” Palma, Adrián Gómez y Joaquín “El Chapo” Guzmán.
Por el origen de sus líderes, la prensa y las corporaciones policiacas les llamaron El Cártel de Sinaloa. Se convirtieron en los principales exportadores de marihuana y cocaína a Estados Unidos y modernizaron los lazos con otras organizaciones criminales extranjeras como el Cártel de Medellín en Colombia.
Ni las detenciones de “El Güero” (1995) y “El Chapo” (1993) – posteriormente fugado del penal de Puente Grande (2001) – minaron a la organización: a principios del siglo XXI se aliaron los hermanos Zambada García y dominaron más de la mitad del trasiego de estupefacientes en el país. Abrieron los lazos y enviaron droga también a Centro y Sudamérica.
Hasta 2005 eran omipresentes. Cada estado tenía una célula de halcones/sicarios/jefes de plaza/ que pagaban a policías municipales/federales/
Marihuana, cocaína, drogas de diseño, trata de personas, tráfico de armas, secuestros, extorsiones y hasta protección a negocios –principalmente giros negros– se convirtieron en las principales vías de financiamiento del cártel, lo que llevó al “Chapo” a convertirse en uno de los hombres más ricos del mundo.
Pero el estrellato comenzó a decaer. Los hermanos Zambada midieron su músculo y pensaron que podían iniciar un negocio por su cuenta, así que en el ocaso del sexenio de Vicente Fox se separaron del Cártel de Sinaloa.
Con esa alianza debilitada, a la organización liderada por los sinaloenses comenzaron a aparecerle grupos que –en el reacomodo de fuerzas que significó la guerra contra el narcotráfico de Felipe Calderón de 2006– atentaron contra su poderío.
“Los Zetas”, su principal enemigo, empezó a devorar territorios que antes controlaban. Los Beltrán Leyva dieron batalla. El Cártel de Juárez peleó contra ellos, lo mismo que el Cártel de Tijuana; como aliados momentáneos están Los Caballeros Templarios, Los Matazetas y el Cártel del Golfo.
Su poderío ha sido abollado desde entonces: 705 operadores del Cártel de Sinaloa fueron aprehendidos en Estados Unidos en 2009; uno de sus principales operadores, Ignacio Coronel, fue abatido por militares mexicanos; y más escisiones han salido de Sinaloa: el Cártel de Colima, el Cártel de Sonora, el Cártel del Milenio y el Cártel Jalisco Nueva Generación.
Pese a ello, aún tienen presencia en 18 estados, son liderados por el aún narcotraficante más poderoso del país con una riqueza que alcanza para comprar mucha seguridad y, según reportes de la Procuraduría General de la República, el Cártel de Sinaloa ya lava dinero y tiene negocios ilícitos en todos los continentes, excepto Oceanía.
Entregan metanfetaminas en Asia, cocaína en África, heroína en Europa, marihuana en Estados Unidos y Latinoamérica; tienen aviones, avionetas, submarinos, buques, autobuses, trenes y una flotilla de automóviles incontable para las autoridades. Nadie conoce cuántos integrantes activos hay, pero recluta desde niños hasta ancianos secuestrados que trabajan como esclavos en los campos de droga.
Se les considera “pioneros” en la decapitación como una manera de castigar a los traidores en sus filas o aquellos que no obedecen sus órdenes, que suele ser no pagar el derecho de piso o pagarlo a otra organización criminal.
Y es tal su violencia, sus ganancias y su dominio internacional, que la página “Insight Crime: Crimen organizado en las Américas” lo ha considerado “la organización de narcotráfico más grande y más poderosa en el hemisferio occidental”.
Primero en el mundo. Hecho en México.

