Mientras la directora gerente del Fondo Monetario Internacional (FMI), Christine Lagarde, afirma que se terminaron ya “los tiempos de las vacas gordas”, Enrique Peña Nieto está molesto porque nos negamos a “percibir los avances” logrados durante los más de dos años que lleva en Los Pinos y tampoco queremos “ver las cosas buenas que aparecen a nuestros ojos”. Es comprensible el punto de vista de ambos, pues su tarea principal como representantes de la plutocracia internacional, Lagarde, y de la cúpula oligárquica “mexicana”, Peña Nieto, es justificar con la más burda demagogia el fracaso del modelo económico que después de tres décadas puso al mundo al borde de una tercera guerra mundial.
Hasta ahora sabemos que América Latina ha vivido una época de “vacas gordas”. Debió habérnoslo dicho antes, porque a final de cuentas quienes se beneficiaron durante los años de precios “altos” de las materias primas que producen los países latinoamericanos, fueron los acaparadores de éstas, favorecidos con las reformas estructurales que ordenó implementar el FMI conjuntamente con el Banco Mundial (BM). ¿No fue ese el móvil de las reformas al artículo 27 constitucional en el sexenio de Carlos Salinas de Gortari? ¿No es ese precisamente el objetivo de la reforma energética que promovió Peña Nieto y por lo que fue ampliamente felicitado por Barack Obama en la Cumbre de las Américas?
En el mismo tono, Jim Yong Kim, presidente del Banco Mundial, señaló que fueron “sorprendentes” los avances de América Latina en las últimas dos décadas. Lo “sorprendente” es que haya aumentado la pobreza extrema, flagelo que reconoció el funcionario como un grave problema, en medio de “los avances” que resulta imposible observar en las grandes ciudades y menos aún en las áreas marginadas. Previo a la reunión anual de ambos organismos, tanto Lagarde como el economista coreano se muestran preocupados por las calamidades que se avecinan por la desaceleración de China, el motor de la economía mundial los últimos tres lustros, y por la nada remota posibilidad de que la Reserva Federal estadounidense suba las tasas de interés.
Lástima que no hayamos podido disfrutar de la “bonanza”, que según la directora gerente del FMI vivimos los pueblos latinoamericanos las últimas dos décadas. En cambio una pequeña minoría logró colarse al primer mundo, sobre todo en nuestro país, porque previendo el arribo de las “vacas gordas”, los tecnócratas tomaron las providencias necesarias para que de ellas disfrutaran sus amigos, compadres y familiares, con la aprobación y aplausos de los organismos financieros internacionales y de los gobiernos más beneficiados con las reformas estructurales, como Estados Unidos, Alemania y Gran Bretaña. Ahora, sobre las clases mayoritarias se cierne la amenaza de tiempos aciagos, porque las élites no aceptarán de ningún modo perder uno solo de sus privilegios, mucho menos enfrentar con la sociedad en su conjunto la temporada de penurias que se avecina.
Lo más injusto es que los que se aprovecharon de las “vacas gordas”, que a final de cuentas son los causantes de los gravísimos problemas estructurales de las llamadas economías emergentes, pasarán la factura a los más pobres, lo que a su vez agravará los problemas sociales de por sí dramáticos en la actualidad. Es previsible entonces que aumente el desempleo, la informalidad, la improductividad. Paralelamente, habrá mayor presión social, más violencia en las calles, todo porque las clases dominantes, los grandes intereses trasnacionales, no quieren compartir aunque sea un poco los costos de los problemas estructurales que ellos mismos causaron con su voracidad, que justifican asegurando que sólo así ha sido posible crear riqueza para luego distribuirla. El caso es que llevamos más de tres décadas con los mismos planteamientos y programas impulsados por el FMI y el BM, con resultados contrarios a lo que nos aseguran se habrían de lograr.
Pusieron al mundo de cabeza después de la gran tragedia universal que fue la Segunda Guerra Mundial, y siguen por la misma ruta. Así lo deja ver la persistencia de Estados Unidos en doblegar a los gobiernos latinoamericanos que se empeñan en servir a sus pueblos. Como Dilma Roussef no se pliega a los designios de Washington, ha orquestado un importante movimiento contra la corrupción en su gobierno, fenómeno que es apenas un juego de kínder comparado con la corrupción de las altas esferas del poder en México.

