Andrés Piña / @AndresLP2
(16 de junio, 2014).- Eran las cinco de la tarde, como en el poema de Lorca. Y por el ojo del mundo cruzó un balón de un lado a otro y se abrazó a la red. Seguramente habrá más suerte en otras conquistas, pero no tanta como en ésta. Barrio contra barrio; un niño del instituto con zapatos nuevos ha metido gol, no tiene padre pues dicen que murió en la guerra. Entre la multitud que festeja, hay hermanos alzando los brazos y alentando al público, el niño mira abajo y se da cuenta que los zapatos ya no son nuevos, al contrario se ven opacos casi viejos. El tiempo se vuelve un recuerdo, una memoria dulce que en ese momento es el único instante verdadero. Es el desempate, es el gol que inspira lo mejor de todos nosotros. Es aquella victoria de un hombre que muere en todas sus vidas, con el rostro mirando al sol. Por la tarde ese mismo niño atravesará las calles, dónde en las esquinas los viejos suelen vender baratijas del sur y verá a los jóvenes argelinos servir café a extranjeros, mientras un viejo faquir recita un proverbio sufí. Catalina sale apresurada, no hay dinero para pagarle las clases de regularización al maestro, todo se fue en los zapatos, no sabe qué decir y abraza al niño, era las cinco de la tarde y el balón voló por todas partes, vuela desde Argelia y pasa por Francia. Albert mira al futuro como mira sus zapatos viejos, al derecho y al revés Sísifo canta desolado sobre una piedra. Camus lo mira y sonríe, todo rueda como un balón.


