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El hablar certero del Papa Francisco

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Antes de su llegada a nuestro país, el papa Francisco había ya anticipado que vendría como un misionero de misericordia y paz, anunciando que “Jesús nos quiere mucho”. A decir verdad son palabras de gran inocencia, que ni siquiera tienen la pesadez o pretensión propias de declaraciones “políticamente correctas”.

La verdad es que su papel como misionero de misericordia y paz sólo puede entenderse si nos replanteamos los significados de misericordia y de paz.

La misericordia de la que habló el papa semejaba más a una misericordia divina que no consiste en la infinita comprensión e indulgencia que Dios tiene para con los seres humanos, dentro de un marco religioso; sino de una misericordia efectiva y materializada en condiciones de vida. Así, la misericordia resultó ser más el deseo de Dios de encontrar a sus hijos en condiciones de bienestar, lo que nos lleva a la segunda palabra: paz. Sin seguir alargando la presente idea, resulta claro que el papa vino a México a hablar de paz social, y no de un mero concepto agradable y etéreo.

Francisco encontró la manera de siempre basar su discurso en preceptos religiosos, en la Biblia; sin embargo, esto no obstó para que se pronunciara en temas que atañen al bien público y al desarrollo de una nación como la nuestra. El obispo de Roma colocó el dedo en la llaga en cada uno de sus discursos.

Ante el anuncio de que no se reuniría con víctimas en específico, muchos sentimos como el escepticismo alrededor de esta visita papal se generaba en nuestras mentes e insisto: con esas declaraciones de que vendría a decirnos que “Jesús nos quiere mucho”, llegamos a esperar, si acaso, algunos señalamientos de los vicios de los que adolece México, pero siempre retóricamente suavizados. No fue así; el papa se pronunció desde su llegada frente al patético presidente de este país y todo su séquito orgulloso, adinerado e indiferente. El resto el viaje no fue la excepción.

En Palacio Nacional, frente a la clase política que ya mencioné, el punto clave fue lo vicioso y perjudicial que resulta el acaparamiento de riqueza y privilegios a costa de la mayoría de la población.

En la Catedral Metropolitana lo fue el error del alejamiento de la jerarquía católica y su deber de generar acción social y atender los dolores de la población que conforman la feligresía.

En la basílica de Guadalupe logró utilizar la figura de la Virgen de Guadalupe para hablar de la inclusión de los marginados.

En Ecatepec habló del respeto a la dignidad humana y lo atroz que resulta descartar al otro por favorecerse a sí mismo.

En San Cristóbal de las Casas reivindicó el valor de las culturas indígenas y de su milenaria sabiduría, y condenó la explotación irracional y contaminante de los recursos naturales.

En Morelia habló del peligro de la resignación que paraliza e impide transformar, así como del valor de la juventud, que no debe ser usada como carne de cañón o instrumento para la riqueza de pocos.

En Ciudad Juárez expresó que la rehabilitación social no ocurre solamente en las cárceles, sino desde el mejoramiento de las condiciones de vida; igualmente habló de la inclusión ciudadana en los asuntos públicos y de la necesidad de políticas públicas con fines de bienestar social.

Frente a representantes del sector empresarial y del sector obrero, también en Ciudad Juárez, enfatizó el papel deshumanizante que tiene la actual mentalidad económica y política y condenó la explotación laboral y el descarte de los trabajadores.

Si bien muchos hubieran esperado que pasara todos los días de su visita asediando a los gobernadores y al presidente de la república en sus caras, la verdad es que gran parte de su mensaje se encaminaba a ellos, y el resto se encaminaba al pueblo.

Cuando el papa dijo en Ecatepec, por ejemplo, “la riqueza, adueñándonos de bienes que han sido dados para todos y utilizándolos tan sólo para mí o ‘para los míos’. Es tener el ‘pan’ a base del sudor del otro, o hasta de su propia vida…”, ¿podríamos pensar realmente que estas palabras van encaminadas a la población de Ecatepec? o ¿podríamos pensar que al decir “Dios pedirá cuenta a los esclavistas de nuestros días”, se refirió a los pequeños y medianos empresarios que con esfuerzo salen adelante y generan empleo? Me parecería insensato sostenerlo. Nadie sabe mejor que los mexicanos la situación en la que vivimos, sabemos perfectamente quienes son los que hacen su riqueza adueñándose de los bienes que nos corresponden a todos, en México sabemos quienes tienen casas blancas; sabemos quienes explotan nuestras tierras con irresponsabilidad ambiental y quienes explotan a nuestra gente por ser mano de obra barata.

El papa señaló a la población los grandes vicios, muchos que han sido señalados por la oposición, por la izquierda. Desafortunadamente es difícil que ese mensaje sea percibido de esa manera.

Los católicos devotos podrían caer en la tentación de quedarse con las bendiciones; los izquierdistas de quedarse con los saludos protocolares a los gobernantes; los de la derecha con pensar que el papa dijo cosas bonitas y sensatas, pero que no hablaba enserio.

Es cierto que esta visita causó mucho revuelo y muchas críticas, pero las palabras ahí quedan para ser aprovechadas como se quiera.

Al menos por lo que hace a la comunidad católica, el papa los invistió de su autoridad para reclamar a la corrupta y pretenciosa jerarquía católica mexicana un desempeño drásticamente distinto: un comportamiento humano, humilde y social que nunca se desentienda de los que sucede fuera de los templos; ya será problema de los obispos y curas arreglárselas para actuar dentro de los límites que las normas mexicanas les imponen.

Por lo pronto, insisto, el papa instruyó a la Iglesia mexicana para ser un factor de cambio y transformación. Fue a lo clérigos en Morelia a quienes dijo, en el contexto de los padecimientos sociales como el narcotráfico, que la resignación era la mayor tentación. A los obispos les instruyó a salir a las calles y enfrentarse con la realidad del pueblo. Francisco quiere una Iglesia activa y sería miope negar la importancia de esta institución en nuestro país.

Así, por lo que respecta a la izquierda mexicana, me parece que debemos saber reconocer aliados. Las formas del papa no son y nunca han sido las del activista o el congresista; es insensato imaginar al papa sosteniendo la antorcha que quemara las puertas del Palacio Nacional. La mayoría de las críticas que he leído o escuchado por parte de mis compañeros con quien comparto trinchera en el quehacer político, parten de desacreditar a priori: por el hecho de ser el supremo jerarca de la Iglesia ya lo descalifican y lo privan de toda autoridad para decir lo que dijo, pero insisto: las palabras ahí están.

La verdad de las cosas la visita de un papa nunca bastaría para cambiar nuestro país; pero, siendo México un país donde la religión más profesada es la católica, resulta afortunado que al menos este papa se haya pronunciado sobre los grandes males de nuestra nación, y que no se haya limitado a hablar de asuntos estrictamente espirituales. Como dije, cada quien se queda con su versión, ojalá que los señalamientos claros del pontífice no sean desechados por el anticlericalismo o por el mismo fanatismo religioso, sino que en verdad sean un referente más para seguir luchando por la transformación de México.

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