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El odio como método, ¿qué sigue?

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Se profundizan las campañas de odio; se viraliza la calumnia y el acoso sistemático a todo lo que tenga que ver con el presidente Andrés Manuel López Obrador, su movimiento y su entorno. Se ensaya lo que vendrá hacia 2024: la multiplicación de la propaganda negra y del insulto para apostarle de nuevo al miedo y a la desmovilización social.


Sin duda en varios sectores de la oposición observamos la frustración ante la falta de argumentos y simpatías populares que se refleja en la rabia discursiva. No han podido ganar el debate en el cual los colocó López Obrador; representan el pasado y la corrupción y no son una opción viable para el presente ni el futuro.


Por eso lo que no pueden obtener con el convencimiento, tratan de arrancarlo con ofensas y vulgaridades. ¿Pero cómo habrán de convencer ante la falta de ideas, arraigo popular y con el regreso al pasado como único proyecto?


No es la primera vez que embisten contra Beatriz Gutiérrez Müller,  conocedora y amante apasionada de la historia de México como pocas investigadoras y alejada de la frivolidad de las primeras damas de los sexenios anteriores. Debe ser señal de alerta que el acoso en su contra se intensifique y multiplique mediante las redes sociales. ¿Hasta dónde piensan llegar? ¿Cuáles son sus límites? ¿Los tienen?


Operan los mismos que, dedicados a los golpes bajos, y sin ningún tipo de honor por los adversarios, ni por sus familiares, han desatado campañas inhumanas e ilegales también contra Jesús Ernesto, el hijo menor del presidente López Obrador.


En sus acciones, se desvelan actos de impotencia y de cobardía: lo que no se atreven a pronunciar de frente al presidente, lo canalizan contra su familia. A pesar de que el presidente ha sido enfático: no es con ellos, sino con él.


En julio de 2020, López Obrador fue así de explícito ante sus adversarios:


“Quiero aprovechar para decirles que es conmigo, no con ellos, mi esposa no va a ser candidata a nada. Ella no es primera dama, es una mujer independiente y con criterio. Lo que ella expresa es lo que piensa y yo no censuro, no limito su libertad porque la han emprendido contra ella, desde luego contra mi hijo. Entonces es conmigo, yo soy el que está conduciendo el proceso de transformación”.


Bajo la misma desesperación, estos grupos más radicalizados de la oposición han decidido lanzar una campaña contra la jefa de gobierno de la Ciudad de México, Claudia Sheinbaum, a quien ven despuntar como una de las posibles candidatas presidenciales de Morena y cometen el mismo agravio de utilizar a su hija, Mariana Imaz Sheinbaum, a quien trataron de criminalizar por obtener una beca del Conacyt para estudiar en el extranjero.


Optaron por la estrategia de buscar “igualar el marcador” y de decir “todos son iguales”, al asegurar que esa beca había sido obtenida por “influyentismo o tráfico de influencias”. Pero el argumento se les derrumbó súbitamente cuando Sheinbaum informó que Mariana obtuvo la beca desde 2016, cuando el peñismo se dedicaba a acosar al obradorismo espiando con Pegasus tanto a López Obrador como a la entonces alcaldesa de Tlalpan.


Todas éstas en el fondo son señales, avisos y ensayos de lo que vendrá con miras a la sucesión presidencial. Y las preguntas siguen siendo inquietantes. Si ya se lanzan ahora sin recato contra familiares: ¿Cuáles son sus limites? ¿Los tienen? ¿Les queda algo de misericordia y honor hacia los rivales políticos? ¿Van por la destrucción del adversario “haiga sido como haiga sido” como en 2006? ¿Empiezan a desechar la vía democrática para tratar de reconstruir al régimen de corrupción? ¿Por eso ya también desprecian la revocación de mandato?
Lo que no pueden ganar en las urnas no lo obtendrán viralizando insultos en las redes sociales. Aún así, se radicalizan cada día más. ¿Qué sigue? ¿A qué más se atreven? No tengo las respuestas, pero está claro que el pueblo está atento y despierto.
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