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El oficio de las cajas en la Central de Abastos (Fotos)

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Por Freddy G. Camacho Basaldúa

(27 de mayo, 2014).- Las cinco de la mañana es una hora pico para el mercado más grande de América Latina: La Central de Abastos de la Ciudad de México (CEDA). Las entradas están abarrotadas, pues recibe diariamente a miles de comerciantes que distribuyen a nivel nacional e internacional. Los tráileres y camionetas avientan sus carrocerías, de tal modo que los manuales de manejo y los modales de los choferes quedan olvidados. Y en todo ese universo de productos se encuentra el Mercado de Envases Vacíos que utiliza cajas de madera, mejor conocidas como guacales, donde se transportan invariables alimentos y además contribuyen a la ecología de la ciudad y el país entero debido a que se reutilizan.

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José Carmen Camacho ve al mercado, como un padre a su hijo. Lo observó desde que nació, creció y no sabe lo que el futuro le depara. Con su mirada incrustada en la ciudad de madera comenta en entrevista a Revista Hashtag el inicio de este negocio: lejana era la fecha de 1968 cuando él y su hermano llegaron a la Merced, después de un largo peregrinaje de oficios, hallaron el trabajo al que le dedicarían toda su vida: la compra, venta y reparación de cajas de madera y cartón; quienes se dedicaban a este oficio se les nombraba “cajeros”.

“Cuando llegamos a la Merced ya había siete cajeros: Julio Camacho, Agustina Ramírez, Tribilín, Petra, José, Don Cleto y Don Chayo. Vivimos injusticias por parte de las autoridades, nos movían de lugar las veces que querían y nos cobraban `mordidas´; al ya no tolerar los malos tratos, hicimos una organización y después una federación que al poco tiempo comandaría Leonardo Salas”, señala en entrevista para Revista Hashtag.

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Transcurrieron 15 años de largo trabajo en la Merced y después el señor Salas le propuso a la federación cambiarse a la Central de Abastos –objetivo que no fue nada fácil, ya que el gobierno capitalino no los quería dejar entrar, por ser pocos comerciantes y ser un negocio no conocido–. Posteriormente, se entregó el primer mercado de envases vacíos en 1983, con 180 locales; pasó un lustro y el segundo fue con 176 locales, ocupando 1.7 hectáreas desde 1988 a la fecha. En 43 años un negocio en el que iniciaron siete comerciantes, ahora lo ocupan más de 300.

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La luna sigue en lo alto cuando los patrones y los trabajadores arriban al mercado. Las pocas lámparas que aun sirven iluminan tenuemente el paso. Allí, todos, antes de comenzar sus actividades, piden al tamalero un café y una “guajolota” que, como una regla no escrita, la mayoría siguen al pie de la letra. Ese alimento, humilde pero que llena el estómago, representa la primera energía que sus cuerpos recibirán para una larga jornada laboral.

Los obreros, con el tiempo, se van especializando en un ramo. Los que se dedican a reconstruir las cajas, los cargantes y estibadores, así como los multiusos; mientras que los “reclavadores”, como les dicen, desenfundan sus martillos y con maestría colocan las tablas y clavos necesarios para que una caja quede como nueva. A lo largo del día, el brazo se les va agotando, los martillazos disminuyen de potencia y en algunas ocasiones de exactitud.

Las cajas de madera y de cartón tienen sus medidas específicas, se utilizan para diversos productos, desde la manzana de Chihuahua hasta el mango ataulfo de Chiapas. No hay frutas, verduras y hortalizas que no puedan ser empaquetadas, ya que todo producto necesita un sólido empaque para que llegue a su destino sano y salvo.

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Arnulfo Ramírez Bautista, oriundo de Toluca, desde los 13 años ha dedicado su vida al trabajo en la Central de Abastos; hoy, a sus 31 años, relata que ha construido su casa, mantiene a su esposa e hijos y, con una sonrisa, señala que también tiene su carro. “El que le echa ganas sale adelante, el chiste es no caer en vicios porque muchos se gastan su lana en alcohol y en eso se les va la vida”; en tanto, “El Flaco” –como le dicen los amigos y colegas– se dedica a todo, es reclavador, estibador (los que acomodan las cajas en los camiones), cargante y chofer. “No me quejo de mi salario, aparte me dan mi almuerzo, desayuno y comida, pero un aumento no le viene mal a nadie”, expresa con una fuerte carcajada.

También está Héctor Méndez, quien presume su fortaleza y equilibrio con una larga sonrisa, ya que puede cargar 50 kilogramos sobre su cabeza sin ningún esfuerzo; o “El orejas”, que corre de un lado al otro, al que su posición de todólogo hace que no tenga casi tiempo para darse un respiro, originario de Veracruz, se ha dedicado a trabajar desde que terminó la secundaria. El campo y la obra habían sido su sustento hasta que llegó a la CEDA. “Llevo dos años en la Central, pero en temporadas me voy con mi familia; al principio con mi primera patrona “La Petra”, me regañaba un buen, pero porque estaba empezando, tampoco ganaba bien pero como fui aprendiendo me fueron pagando mejor”, comenta. Según dice, el trabajo no es difícil, pero sí muy cansado, “hay veces que cargamos muchísimo y parece que los brazos se nos van a caer, terminas entumecido, simplemente quieres dormirte todo el día pero… chamba es chamba”.

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En el mercado de envases vacíos no sólo se utilizan cajas de madera, también hay de cartón para frutas, como plátano, guayaba, durazno, manzana, pera, entre otros. Éstas también se reparan; el procedimiento es “parcharlas”, lo cual consiste en unir las partes rotas con cinta canela, pero se pueden vender armadas o desarmadas. Al igual que el negocio de las tarimas, pocos son los que manejan este producto ya que no cuentan con el suficiente espacio para almacenarlas; cada tarima llega a pesar 15 kilogramos, por eso utilizan montacargas para que el trabajo sea más fácil y eficiente.

Sin embargo, el futuro es incierto, algunos de los comerciantes creen que va a desaparecer debido a que las cajas de plástico han incrementado su mercado, algunos únicamente trabajan con plástico y cartón nuevo, la reparación ya no les interesa, prefieren comprar productos directos de la fábrica para comercializar.

Leonardo Camacho reclama que sería un grave error que el futuro de las cajas sea el plástico, dado que es un contaminante más, además que la vida útil del empaque es de dos usos, ya que cuando se rompen no tienen reparación.

“Es mejor reparar las cajas de madera y reforestando al mismo tiempo, que poner fábricas de plástico que producen más contaminantes y repercute a toda la sociedad”, apunta mientras sale de su oficina con una mirada cansada que se pierde en la oscuridad. Sus pasos son lentos. Y aunque su mente y sus piernas no lo quieran, simplemente las fuerzas que ha brindado a su trabajo le han cobrado factura, sabe que tiene que ir a descansar.

En ese escenario donde la noche ha caído, los trabajadores y los patrones se despiden por unas horas, ya que la Central los tendrá de regreso para un nuevo día.

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