Aquel día me levanté con buen ánimo casi como siempre,aunque tenía una reunión un poco nebulosa para mí y eso me traía un poco inquieto. Pocos días antes mi amigo y director general del canal donde trabajo no me quiso decir mucho al respecto, pero me dijo: acércate a ellos y me cuentas qué opinas. En camino al encuentro revisaba algunas notas sobre el lugar y su espacio geográfico, aunque de manera muy escueta. Siempre que tengo oportunidad de conocer lugares nuevos dentro de esta hermosa ciudad me entusiasma vivir la improvisación que genera el espacio y el deleite del ruido que,aunque solemos mencionarlo como uno solo, como la sonoridad de la Ciudad, está conformado por muchos que —unidos de forma armónica— caracterizan s
Siempre suelo hacer plática con el taxista y esta no fue la excepción, pero me llamó la atención cuando a la mitad del camino, exclamó: «¡Ah, vamos al mero centro de Santocho!». Le confesé que no conocía muy bien y que solo una vez, acompañado de unos amigos de la Escuela Nacional de Antropología e Historia, había entrado a comerme unos tacos después de una fiesta.
He tenido la fortuna de haber vivido en muchos lugares de la Ciudad de México y mientras más me acercaba al Sur, venían memorias de cuando viví sobre División del Norte y Miguel Ángel de Quevedo, para luego pensar por añadidura en mis aventuras por Ciudad Universitaria y la Unidad Integración Latinoam
La primera sensación que experimenté fue la de estar en una ciudad oaxaqueña, se sentía la fuerza en la gente al mismo tiempo que notabas las miradas desconfiadas observando a un extranjero, inmediatamente entendí que había entrado en un barrio bravo, pues esta misma sensación la tuve hace años cuando recorrí Tepito haciendo un documental, sin embargo, nunca me sentí inseguro o atacado y comprendí que esas miradas son las de quienes cuidan su espacio, quienes con dignidad resguardan la integridad por la que han luchado por años. Finalmente llegué al punto de encuentro: la escuelita Emiliano Zapata.
Me sorprendió ver que no parecía una escuelita sino, más bien, un centro ceremonial en donde destaca de manera imponente un mural con la silueta de Zapata, cuya forma corporal invitaba a entrar a través de su hermosa puerta enrejada que permitía ver al fondo otro gran mural, me sentía en una ciudad dentro de la Ciudad. Contemplativo, me acerqué al policía del lugar para explicarle que tenía cita, me pidió un minuto y poco después fueron a recibirme.
Por alguna extraña razón, cuando el maestro Fernando Díaz Enciso se presentó conmigo, mi mente viajó a la imagen de Don Juan, descrita por Carlos Castaneda, al encontrarse por primera vez con él: un ser de mirada profunda, sonriente y con un muy profundo caminar con el que —a pesar de los años— podía escalar montañas con solo pensarlo; lo acompañaban María Fernanda Nieves como fiel escudera, a la cual se le notaba una gran emoción por este encuentro, así como Emilio Torres, dos jóvenes estudiantes enamorados y comprometidos con el barrio. Me encaminaron a una cafetería hermosa llena de libros en donde conocí a Rosa. Lo que aconteció en ese café solo podría describirlo como un resurgimiento de mi esperanza, redescubrí que la lucha por la dignidad y la sobrevivencia pueden traer grandes historias de amor y de fortaleza.
Este año, la Escuelita Emiliano Zapata cumplió 50 años de haber sido creada en el centro de Santo Domingo, se erige firme como un pilar que sostiene a su barrio, que también cumple medio siglo de haber sido creado a partir de la necesidad, de las lágrimas, del sudor, de las risas infantiles y los gestos de esfuerzo de cientos de mujeres y hombres que construyeron su historia con piedras y en piedras; lugar donde demuestran el amor regalándote una piedra o aventándotela si no eres grato.
En esas horas de plática descubrí el comunitarismo a la mexicana, existiendo en medio de un supuesto progresismo, y mientras más me adentraba en la historia del barrio caía en cuenta de que el verdadero progreso está ahí dentro. Historias, encuentros y luchas iban marcando cada paso de la historia que me relataron con el alma y que poco a poco iba atrapando la mía. Cuando todo esto terminó yo estaba en una conciencia alterada, en un éxtasis eufórico y entre libros, revistas y sonrisas que me habían presentado. Simplemente dije: hagamos un documental, el cual comenzamos a realizar 5 días después.
Llevarlo a cabo nos sumergió en un mundo muy profundo de grandes aventuras, en donde a pesar de ver las carencias y la falta de muchos recursos básicos, todos los que caminan diariamente por sus calles lo hacen con la cabeza en alto, donde a nadie le da pena decir de donde es, ese pedregal aunque es un ombligo ya de piedra, esa lava que lo formó sigue activa, pues al caminar sus calles uno ve que viven con mucho fuego, con el corazón ardiendo y con gran orgullo gritan a los cuatro vientos: ¡Soy del barrio de Santo Domingo, ¡de Santo Domingo, mi amor!


